
Historia
Nacido en Sevilla el 20 de marzo de 1533, el Beato Juan de Ribera fue desde su infancia un alma elegida. Hijo del duque de Alcalá, creció rodeado de honores humanos, pero Dios lo preservó con un corazón sencillo, inclinado desde temprano a la piedad, al estudio y a la virtud. Educado con esmero, destacó pronto por su inteligencia y, sobre todo, por su profunda vida interior.
En la Universidad de Salamanca se formó bajo la guía de grandes maestros, especialmente el Beato Juan de Ávila, cuya dirección espiritual marcó toda su vida. Allí conservó con heroísmo el lirio de la virginidad, sosteniéndolo con penitencias rigurosas, oración constante y un amor ardiente a la Virgen Santísima. Su habitación era más un oratorio que un aposento de estudiante.
Ordenado sacerdote y doctorado con universal elogio, su vida se caracterizó por una intensa unión con Dios. Se levantaba antes del amanecer para orar largamente, celebraba la Santa Misa con abundantes lágrimas y pasaba largas horas en adoración. Su devoción al Santísimo Sacramento fue el centro de toda su existencia sacerdotal.
Aunque rehusó dignidades, la obediencia lo llevó al episcopado. Fue consagrado obispo de Badajoz en 1562 y ejerció su ministerio con espíritu de verdadero pastor. Administraba personalmente los sacramentos, llevaba el viático a los enfermos y vivía con austeridad monástica, más como religioso que como prelado.
Su caridad con los pobres fue heroica. Vendió en más de una ocasión su vajilla de plata para socorrer a los necesitados en tiempos de hambre. Amó entrañablemente a los humildes y fue padre solícito de su pueblo, predicando incansablemente la verdad del Evangelio.
Nombrado Patriarca de Antioquía y luego Arzobispo de Valencia, continuó gobernando con firmeza y mansedumbre. Fundó el Real Colegio del Corpus Christi para honra del Santísimo Sacramento, sin escatimar medios para embellecer la casa de Dios y fomentar la adoración eucarística en tiempos de graves ataques contra la fe.
Como pastor, enfrentó con dolor y prudencia el problema de los moriscos, procurando su conversión mediante catequesis, predicación y normas pastorales sabias. Solo cuando se hizo evidente la apostasía y el grave peligro para la fe y la patria, apoyó la expulsión como último recurso, obrando —según reconoció la Iglesia— con caridad heroica y celo apostólico.
Murió santamente el 6 de enero de 1611. Al recibir el Viático, se arrodilló humildemente ante el Santísimo Sacramento, pidiendo perdón por haber hecho venir al Señor hasta su lecho. Su fama de santidad fue confirmada por numerosos milagros, y fue beatificado por el Papa Pío VI en 1796.
Lecciones
1. La verdadera grandeza nace de la humildad
El Beato Juan de Ribera, aun siendo noble y poderoso, vivió como siervo de todos, enseñándonos que la santidad no se mide por los cargos, sino por la fidelidad diaria a Dios.
2. La Eucaristía es el corazón de la vida cristiana
Su amor ardiente al Santísimo Sacramento muestra que toda reforma auténtica de la Iglesia comienza a los pies del altar.
3. El pastor debe dar la vida por su rebaño
Gobernó, enseñó, corrigió y sufrió por su pueblo, recordando que el obispo no es un administrador, sino un padre que vela por la salvación de las almas.
4. La caridad no excluye la verdad
En tiempos difíciles, supo unir misericordia y firmeza doctrinal, enseñándonos que amar de verdad es defender la fe aun cuando ello exija sacrificio y dolor.
“El Beato Juan de Ribera nos enseña que solo quien se postra humildemente ante el Santísimo Sacramento puede levantarse con autoridad para guiar a la Iglesia por los caminos de la verdad y de la salvación eterna.”
