San Severino: Apóstol de la Penitencia en Tiempos de Ruina

Historia

San Severino aparece en la historia hacia el año 454, en una de las horas más oscuras del Imperio Romano de Occidente. Nadie conoce con certeza su origen: se presenta de improviso en la provincia de Nórica, entre lo que hoy es Baviera y Austria, como enviado de Dios para preparar a los pueblos ante la inminente invasión de los bárbaros. Su primera misión no fue política ni militar, sino profundamente espiritual: llamar a la penitencia para desarmar la ira divina provocada por el pecado.

Animado por un celo apostólico extraordinario, recorrió ciudades, predicó el Evangelio sin descanso, fundó monasterios y anunció con espíritu profético los acontecimientos que estaban por venir. Hablaba con la misma libertad a reyes y vasallos, a católicos fieles, a arrianos y aun a los mismos bárbaros invasores. Su autoridad no provenía de dignidades humanas, sino de una vida interior austera, profundamente monástica y enteramente entregada a Dios.

Al llegar a Astura, vivió primero en silencio y humildad, retirado en la casa del portero de la iglesia. Pero pronto, movido por el Espíritu Santo, convocó a sacerdotes y fieles, exhortándolos a la conversión inmediata. Les anunció con claridad que, si no se entregaban a la penitencia, la ciudad sería destruida. Desoído por la mayoría, partió anunciando el día del castigo… que se cumplió con la invasión bárbara y la ruina total de Astura.

En Cumana, Severino repitió su predicación penitencial. Esta vez, tras conocer el desastre de Astura, los fieles aceptaron ayunos y oraciones. Dios confirmó su palabra con un signo visible: un terremoto sembró el pánico entre los bárbaros, que huyeron, devolviendo la paz a la ciudad. Así quedó manifiesto que la oración y la penitencia eran armas más poderosas que los ejércitos.

A partir de entonces, San Severino se convirtió en verdadero padre y protector de los pueblos, salvando ciudades del hambre, de invasiones y del desorden social. Fundó monasterios en Fabiena, Boetro e Ista, que fueron centros de vida espiritual y refugios de caridad. Durante más de treinta años, fue el alma de aquellas regiones devastadas, guiando tanto a clérigos como a seglares.

Aunque actuaba continuamente en el exterior, su corazón permanecía en la soledad y en la vida interior. Practicó las virtudes monásticas con heroísmo, especialmente la humildad, rechazando que lo llamaran taumaturgo y atribuyendo los milagros a la fe de los fieles. Su autoridad moral era tal que incluso reyes bárbaros buscaban su consejo y temían sus advertencias.

Dotado del don de profecía, anunció destinos de reyes y pueblos, como el ascenso de Odoacro, futuro rey de Italia. Supo tratar con prudencia a jefes arrianos y violentos, logrando liberar cautivos y proteger a los cristianos. En todo, buscaba no la paz aparente, sino la salvación de las almas.

Avisado por Dios de su muerte, San Severino se preparó santamente. Exhortó a los monjes, recibió el Viático y, rezando el Salmo 150, entregó su alma al Señor el 8 de enero del año 482. Su cuerpo fue venerado por sus discípulos, que lo trasladaron a Lucullano. La Iglesia lo honra como apóstol, profeta y padre espiritual de pueblos enteros.

Lecciones

1. La penitencia es el primer remedio de los pueblos
San Severino enseña que las crisis históricas no se resuelven solo con estrategias humanas, sino con conversión, ayuno y oración.

2. Dios habla por medio de sus siervos
Despreciar las advertencias de los santos conduce a la ruina; escucharlos abre caminos de salvación.

3. La vida interior sostiene la acción apostólica
Su fuerza exterior brotaba de su vida monástica, austera y contemplativa.

4. El santo verdadero busca salvar almas, no honores
Huyó de la gloria humana y atribuyó todo a la gracia de Dios.

San Severino nos enseña que las penitencias salvan pueblos enteros cuando todo parece perdido.

Fuentes: FSSPX; El Santo de cada día

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