Santa Juana de Arco

“Yo no tengo miedo, nací para esto.” Santa Juana de Arco

La Doncella de Dios y Martillo de la Iniquidad

Juana no fue una revolucionaria ni una iluminada. Fue una campesina sencilla, imbuida de la piedad tradicional de la Francia medieval. A los trece años, en el jardín de su padre, comenzó a recibir las visitas de San Miguel Arcángel, escoltado por Santa Catalina y Santa Margarita. No eran proyecciones de su mente, sino mandatos reales: Dios se compadecía del “gran dolor que había en el reino de Francia” y enviaba a una virgen para salvarlo.

Contra toda lógica humana, Juana convenció a los capitanes y llegó ante el Delfín Carlos en Chinon. Allí realizó el milagro de reconocerlo entre la multitud, revelándole un secreto que solo Dios y el Rey conocían. Su misión era clara y doble: levantar el sitio de Orleans y llevar al Rey a ser consagrado en Reims.

El Reinado Social de Jesucristo Este es el punto central que resalta la película y que todo fiel tradicionalista debe grabar en su corazón: Juana hizo que el Rey Carlos le entregara el Reino de Francia. Una vez que ella fue la “dueña” legal del reino, se lo entregó formalmente a Jesucristo, declarando que Él es el verdadero Rey de Francia, y que los monarcas de la tierra son solo sus lugartenientes. Es la encarnación perfecta de la doctrina que defendemos: la subordinación del poder civil al divino.

Juana transformó un ejército de mercenarios en una verdadera Milicia Cristiana. Bajo su estandarte, que llevaba los nombres de “Jesús y María”, prohibió la blasfemia, expulsó a las mujeres de mala vida de los campamentos y exigió la confesión y la comunión a sus soldados. Su victoria en Orleans no fue solo táctica, fue un milagro de la fe que rompió el orgullo inglés.

Como todo santo que sigue a Cristo, Juana fue entregada a sus enemigos. La película explica magistralmente que su juicio fue una prevaricación. Clérigos mundanos y políticos intentaron atraparla con trampas teológicas, pero su respuesta fue siempre de una lucidez celestial: “De Jesucristo y de la Iglesia, yo digo que es todo uno”.

El 30 de mayo de 1431, fue quemada viva. En medio de las llamas, sus voces no la rescataron del fuego, sino que la sostuvieron en la fidelidad final. Murió gritando siete veces el nombre de JESÚS, mientras un soldado inglés, al verla, exclamó aterrorizado: “¡Estamos perdidos, hemos quemado a una santa!”.

La vida de Juana de Arco es un reproche a la apostasía de las naciones modernas. Ella nos enseña que Dios no es indiferente a la política ni a la patria. En estos tiempos de oscuridad en la Iglesia y el mundo, Juana es el faro que nos recuerda que, aunque los enemigos parezcan invencibles, la victoria final pertenece a Dios y a quienes le obedecen sin reservas.

  • JUANA de ARCO Versión íntegra
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