
Historia
San Antonio Abad nació hacia el año 251 en Como, Alto Egipto, de padres nobles en sangre y eminentes en piedad. Desde niño recibió una educación doméstica recia y austera, apartada de las escuelas paganas, creciendo entre la casa familiar y la iglesia. Sus padres, verdaderos artífices de su santidad, lo ejercitaron desde temprano en el sacrificio y la mortificación, formando en él un corazón dócil a Dios y enemigo de todo apego desordenado.
A los 18 años, Antonio quedó huérfano y responsable de una hermana menor. Poco después, escuchó en la iglesia las palabras del Evangelio: «Si quieres ser perfecto, vende cuanto tienes y sígueme». Tomándolas como dirigidas personalmente a él, repartió sus bienes entre los pobres, vendió sus posesiones y, no satisfecho del todo, volvió a despojarse de lo poco que había reservado. Encomendó a su hermana a una comunidad de vírgenes y resolvió renunciar completamente al mundo.
En aquel tiempo aún no existían monasterios organizados en Egipto. Antonio se retiró primero cerca de su aldea, bajo la guía de un santo anciano ermitaño, distribuyendo su tiempo entre el trabajo manual, la oración y el estudio de la Sagrada Escritura. Visitaba a otros solitarios para aprender de cada uno la virtud que más resplandecía en ellos, progresando tan rápidamente que llegó a ser llamado “adorador de Dios”.
El demonio, viendo el peligro que representaba su ejemplo, lo combatió con furia durante más de ochenta años. Fue tentado por la codicia, la carne y el orgullo, pero siempre venció con la oración, el ayuno y la señal de la cruz. En una lucha especialmente violenta, Satanás lo golpeó hasta dejarlo casi muerto; sin embargo, Cristo mismo se le apareció para asegurarle su asistencia y anunciarle que su nombre sería glorificado en toda la Iglesia.
Buscando mayor soledad, Antonio se internó en el desierto alrededor del año 285, encerrándose durante veinte años en una fortaleza en ruinas, sin ver a nadie, recibiendo alimento solo dos veces al año. Allí tuvo visiones, combates espirituales y profundas contemplaciones, aprendiendo que solo la humildad permite escapar de los lazos del demonio.
Hacia el año 305, multitudes comenzaron a acudir a él, rompiendo su retiro. Reconociendo la voluntad de Dios, salió del desierto para formar y guiar a numerosos monjes, convirtiéndose en padre del monacato. Fundó monasterios, exhortó a las almas, descubrió los ardides del demonio y enseñó que las armas del cristiano son la oración, el ayuno, el desprecio del mundo y la cruz.
Durante la persecución de Maximino Daza, bajó a Alejandría para sostener a los mártires, animarlos ante los jueces y acompañarlos al suplicio, aunque Dios no quiso concederle el martirio. Más tarde fue llamado por San Atanasio para combatir el arrianismo, pero siempre deseoso de volver al silencio del desierto.
San Antonio murió en paz el 17 de enero del año 356, a la edad de 105 años, dejando sus vestiduras a San Atanasio y ordenando que su sepultura permaneciera oculta. La Iglesia lo venera como modelo supremo de vida ascética, vencedor del demonio y maestro de innumerables almas.
Lecciones
1. La santidad comienza en la familia
La educación cristiana recibida en el hogar fue el fundamento de su vocación y de su fortaleza espiritual.
2. El Evangelio debe tomarse al pie de la letra
Antonio no discutió con Cristo: obedeció inmediatamente y sin reservas.
3. Nadie vence al demonio sin penitencia
La oración, el ayuno y la mortificación no son opcionales, sino armas necesarias del cristiano.
4. La verdadera sabiduría nace del silencio y la humildad
Lejos del ruido del mundo, el alma aprende a escuchar a Dios y a discernir la verdad.
“San Antonio Abad nos enseña que quien se entrega totalmente a Dios jamás será vencido por el demonio.”
