
Historia
San Canuto IV, rey de Dinamarca, fue puesto por la Providencia en el trono en una época de profundas tinieblas morales y religiosas. Su patria, apenas evangelizada, se hallaba aún debilitada por guerras, abusos y supersticiones que habían corroído la vida cristiana del pueblo. Desde su juventud, Canuto se distinguió por una piedad sincera, gran modestia, caridad con el prójimo y celo ardiente por la religión, signos claros de la misión que Dios le confiaba.
Hijo del rey Suenón II, fue testigo desde joven de un hecho decisivo: el arrepentimiento público de su padre tras un grave crimen cometido incluso en las puertas de una catedral. Aquella escena, marcada por la firmeza del obispo y la penitencia del rey, dejó una huella profunda en el alma de Canuto, enseñándole que ninguna autoridad está por encima de la ley de Dios y que el poder solo se legitima en la justicia y la conversión.
Tras la muerte de su padre, Canuto fue elegido rey en 1080. Desde el inicio de su reinado se propuso una reforma profunda del orden civil y religioso. Combatió la blasfemia, el libertinaje, el crimen y la corrupción, restauró el respeto a los templos, fomentó las vocaciones sacerdotales y protegió con firmeza los derechos de la Iglesia frente al poder civil. Su gobierno fue severo, pero justo, guiado siempre por el bien común y la ley divina.
San Canuto no solo gobernó con rectitud, sino que vivió como un verdadero penitente. Dedicaba largas horas a la oración, practicaba ayunos rigurosos y, aun rodeado de abundancia, se contentaba con hierbas y agua. Su palacio comenzó a parecerse más a un monasterio que a una corte real, y su ejemplo arrastró a muchos a una vida más virtuosa.
Movido por su celo apostólico, quiso extender el Reino de Cristo en las regiones vecinas y limpiar los mares del norte de piratas. Aunque algunas de estas empresas fracasaron por traiciones humanas, Canuto supo aceptar la humillación sin resentimiento, interpretando los acontecimientos como llamadas de Dios a una purificación más profunda.
La prueba decisiva llegó cuando intentó restaurar la justa recaudación de los diezmos eclesiásticos, abandonados por la relajación del pueblo. Esta medida, legítima y necesaria para la vida de la Iglesia, provocó una violenta rebelión. Engañado por falsas promesas de paz, licenció sus tropas y quedó prácticamente indefenso.
Cuando supo que los rebeldes marchaban contra él, San Canuto no huyó. Se retiró a la iglesia de San Albano, donde asistió a la Santa Misa, se confesó, comulgó y perdonó de corazón a sus enemigos. Postrado ante el altar, con los brazos en cruz, se preparó serenamente para el sacrificio.
Allí fue asesinado el 10 de julio de 1086, mientras oraba, sellando con su sangre su fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Dios glorificó pronto a su siervo con milagros obrados en su sepulcro, y la Iglesia lo proclamó santo, reconociéndolo como protomártir de Dinamarca, ejemplo luminoso de rey cristiano y mártir de la justicia.
Lecciones
1. La autoridad verdadera nace de la obediencia a Dios
San Canuto enseña que ningún poder humano es legítimo si no se somete a la ley divina y al orden cristiano.
2. La reforma de la sociedad comienza por la santidad personal
Antes de corregir a su pueblo, el santo rey se corrigió a sí mismo con oración, penitencia y sacrificio.
3. La fidelidad a la Iglesia exige a veces la sangre
Defender los derechos de Dios y de su Iglesia puede costar la vida, pero conduce a la gloria eterna.
4. El martirio es la corona de la caridad
San Canuto murió perdonando, orando y unido al Sacrificio de Cristo, mostrando el camino perfecto del discípulo.
“San Canuto nos enseña que es mejor perder un reino en la tierra que traicionar a Cristo, Rey eterno del Cielo.”
