
Historia
San Juan Bautista de la Concepción, gloria de la Iglesia hispana, blanco lirio por su pureza, fragante rosa por su amor y violeta escondida por su mortificación. Entre las flores que embellecen el jardín de España católica, resplandece este reformador providencial, suscitado por Dios para devolver el primitivo fervor a la Orden de la Santísima Trinidad.
Nació en Almodóvar del Campo, en la diócesis de Toledo, de padres piadosos que le dieron sólida educación cristiana. Desde niño se mostró serio, recogido, amante del silencio y de la oración. Frecuentaba la iglesia y pasaba largos ratos hablando con Dios. Visitaba a los enfermos en el hospital y practicaba penitencias rigurosas. A los nueve años, comprendiendo lo que hacía, hizo voto de guardar la pureza, movido por su amor a la virtud angelical.
Santa Teresa de Jesús, al verle siendo niño, anunció proféticamente que sería santo, padre de muchas almas y reformador de una orden religiosa. Estudió en Baeza con gran aprovechamiento la Sagrada Teología. Deseaba ser carmelita descalzo, pero en la Catedral de Toledo, orando ante la imagen de la Santísima Virgen, oyó interiormente por tres veces: “Si no quieres engañarte, elige la Orden de la Santísima Trinidad.” Reconoció en ello la voluntad de Dios.
Ingresó en el convento trinitario de Toledo en 1580 y profesó al año siguiente. Su ciencia y virtud pronto llamaron la atención; incluso fue alabado por Lope de Vega como uno de los más hermosos ingenios de España. Pero su sabiduría estaba coronada por la penitencia: se privaba de lo necesario para socorrer a los pobres, llevando vida austerísima que afectó su salud.
Ordenado sacerdote, demostró heroica caridad durante la peste de 1590 en Andalucía. Recorrió la región asistiendo material y espiritualmente a los enfermos, consolando a los abandonados y preparándolos para bien morir. Evangelizó también a los moros de Jaén, y su predicación, ardiente y llena de unción, movía a muchos a abrazar la fe de Jesucristo. Cuando predicaba, parecía —según testimonio— más ángel que hombre.
La Orden Trinitaria había perdido el primitivo fervor. Juan Bautista comprendió que Dios lo llamaba a reformarla. Se lanzó a la empresa con valentía sobrenatural. No faltaron contradicciones, calumnias y persecuciones. Viajó a Roma para obtener la aprobación pontificia; sufrió naufragio, perdió a su compañero y fue acusado injustamente de ladrón. Incluso el Papa Clemente VIII se dejó influir por sospechas contra él. Abandonado y probado, pensó refugiarse entre los carmelitas, pero Dios lo sostuvo.
Finalmente, en 1599, Clemente VIII autorizó oficialmente la reforma. Nacieron así los Trinitarios Descalzos. Fundó conventos, sufrió resistencias, venció oposiciones con paciencia y caridad. Elegido provincial, se distinguió por su celo, vigilancia y paternal solicitud. Añadió el nombre “de la Concepción” en honor al privilegio de la Virgen Inmaculada, a quien profesaba tierna devoción.
Después de años de luchas, fundaciones y trabajos apostólicos, entregó su alma a Dios el 14 de febrero de 1613. Dejó tras de sí una orden renovada, numerosos conventos reformados y una estela luminosa de santidad. Fue verdadero jardinero del Señor, cultivando flores destinadas al jardín celestial, perfumadas por la pureza, la humildad y la mortificación.
Lecciones
1. La pureza se defiende desde la infancia.
El voto hecho a los nueve años nos enseña que la santidad comienza temprano y exige decisión.
2. La reforma empieza por uno mismo.
Antes de renovar estructuras, renovó su propia vida con penitencia y oración.
3. La contradicción purifica la obra de Dios.
Calumnias, naufragios y abandono no destruyeron su misión, sino que la confirmaron.
4. La verdadera reforma busca la gloria de Dios.
No ambicionó cargos ni honores; incluso hizo voto de no aceptar dignidades sin mandato del Papa.
“San Juan Bautista de la Concepción enseña que quien permanece fiel en la prueba, termina siendo instrumento de la renovación que Dios quiere para su Iglesia.”
