
Historia
En el año 469 o 470 nació en Langídic, en Bretaña, San Albino, en el seno de una familia rica en bienes temporales, pero más aún en virtudes. Desde su infancia mostró horror al mundo y amor ardiente a Dios. Mientras otros niños buscaban juegos y pasatiempos, él mortificaba su cuerpo y se recogía en oración, ofreciéndose generosamente al Señor. Nada quería fuera de Dios, único digno de su amor.
Desapegado de riquezas y honores, y a pesar de la oposición de sus padres, abrazó la vida religiosa en el monasterio cercano a Angers. Allí, lejos de aprovechar su noble origen para buscar privilegios, se tuvo por el último de los monjes. Buscaba las tareas más humildes, practicaba ayunos y vigilias, y creció rápidamente en perfección, destacándose por su gravedad, recogimiento y continua contemplación de las cosas divinas.
Dios comenzó a manifestar su agrado por su siervo aun antes de elevarlo a dignidades mayores. En cierta ocasión, durante una tempestad, mientras sus compañeros quedaban empapados por la lluvia, ni una sola gota cayó sobre él. Tal prodigio no hizo sino acrecentar su humildad. En el año 504 fue elegido abad, gobernando durante veinticinco años con sabiduría, severo consigo mismo, pero lleno de dulzura con sus hijos espirituales.
A los cincuenta años de vida escondida y oración, fue elegido obispo de Angers en el año 529. Tembló ante tal carga, considerándose incapaz por su poca experiencia del mundo; pero, reconociendo en ello la voluntad divina, aceptó con humilde sumisión. Desde entonces se entregó sin reserva al cuidado espiritual y corporal de su grey, predicando no sólo en domingos y fiestas, sino diariamente, porque —decía— el alma necesita sustento cada día.
Su caridad fue heroica. Daba con pródiga mano para redimir cautivos, socorrer pobres y ayudar viudas. Cuando los medios humanos faltaban, recurría a la oración, y Dios confirmaba su santidad con innumerables milagros: resucitó a un joven muerto, devolvió la vista a ciegos, curó paralíticos y liberó endemoniados con la señal de la cruz. Incluso, mientras oraba por unos presos a quienes el juez se negaba a liberar, una piedra cayó de la cárcel y les abrió salida.
Su celo por la pureza cristiana fue firme e inflexible. Combatió con energía el pecado de incesto, haciendo cumplir los decretos conciliares sin respetos humanos. En una ocasión, habiendo cedido por súplica de otros prelados en favor de un poderoso culpable, temió haber sido demasiado blando; y cuando aquel murió antes de recibir la absolución, comprendió que Dios mismo defendía la santidad de la ley divina.
Influyó santamente en el rey Childeberto I, a quien corrigió y orientó para bien del reino. Participó activamente en los sínodos que legislaban sobre la disciplina eclesiástica y la moral pública, defendiendo la autoridad episcopal y la pureza de costumbres. Su vida fue un continuo combate por la gloria de Dios y la salvación de las almas.
Murió en Angers en el año 550, a los ochenta años. Su cuerpo fue trasladado solemnemente y Dios obró innumerables milagros por su intercesión. Su fama se extendió por todo el reino, y aun siglos después fue invocado como protector contra invasiones. Espejo de virtud en vida y taumaturgo después de su muerte, San Albino permanece como modelo de pastor santo y celoso.
Lecciones
1. La santidad comienza en la infancia, cuando el alma aprende a preferir a Dios sobre los juegos del mundo.
2. La verdadera humildad huye de privilegios y busca los últimos lugares.
3. El pastor debe ser caritativo con los pobres, pero firme contra el pecado.
4. La oración perseverante obtiene de Dios lo que los hombres niegan.
“San Albino nos enseña que la humildad y el celo por la ley de Dios forman al verdadero Pastor según el Sagrado Corazón de Cristo.”
