
Historia
En el año 1580 nació en Sevilla el Beato Pedro de Zúñiga, hijo de don Álvaro Manrique de Zúñiga, marqués de Villamanrique y virrey de México. Educado entre grandezas humanas, prefirió desde joven las riquezas eternas. Terminados sus estudios, renunció a las esperanzas del siglo y a los honores de su linaje, profesando en el convento de los Ermitaños de San Agustín de Sevilla el 24 de octubre de 1604, ligándose a Dios con votos perpetuos.
Ordenado sacerdote tras completar sus estudios de teología, conoció al padre Diego Guevara, misionero del Japón. Al oír relatar los martirios de aquellos apóstoles, ardió su corazón en deseos de imitarles. Pidió licencia para partir a las misiones, y aunque su familia intentó impedirlo, nada pudo quebrantar su firme determinación de dar la vida por la salvación de los infieles.
Llegó a Manila en 1610 con otros misioneros agustinos. No pudiendo entonces pasar al Japón por la vigilancia de las autoridades, trabajó durante ocho años en Pampanga, en Porag y Sesmoan, con admirable celo. En 1618 logró entrar en Japón disfrazado de comerciante, junto al padre Bartolomé Gutiérrez, viviendo oculto entre los cristianos, administrando sacramentos en medio de persecuciones y continuos peligros.
Descubierto por denuncia, fue apresado. Aunque un comisario quiso salvarle por su noble origen, facilitándole la huida, más tarde regresó voluntariamente al Japón movido por las súplicas de los fieles perseguidos. En 1620 embarcó nuevamente, pero su nave fue apresada por corsarios protestantes ingleses y calvinistas holandeses, enemigos declarados del catolicismo y causantes en gran parte de la persecución japonesa.
Encerrado en lóbregas prisiones, padeció hambre, desnudez y crueles tormentos. Le colgaron morteros con pólvora, lo ataron para hacerle tragar agua hasta enfermar gravemente y lo sometieron a múltiples interrogatorios. Durante quince meses soportó todo con heroica paciencia. En cartas desde la prisión manifestaba su alegría por sufrir por Cristo y su abandono total a la voluntad divina.
Finalmente, reconocido como sacerdote, fue juzgado en Nagasaki junto al padre Luis Flores y el capitán Joaquín Firayama O’Díaz, ferviente cristiano. Condenaron a muerte a los misioneros y a doce marinos. Ni promesas ni amenazas lograron hacerles apostatar. Ante una multitud inmensa, abrazándose con ternura, se alentaban mutuamente a morir por Cristo y besaron los postes donde serían atados.
El 19 de agosto de 1622 fueron ejecutados. Los doce marinos fueron degollados; los tres restantes, entre ellos el Beato Pedro, quemados vivos lentamente. Atados con cuerdas de paja, permanecieron firmes cuando el fuego consumió sus ataduras. Predicaban y se animaban mientras las llamas los envolvían. El Beato Pedro murió el último, con el rostro vuelto al cielo. Cristianos y aun paganos quedaron atónitos ante tanta fortaleza.
Sus restos fueron venerados como reliquias, y el Beato Pedro de Zúñiga fue beatificado por Pío IX el 7 de mayo de 1867. Su memoria permanece gloriosa en la Iglesia, y la Orden Agustiniana celebra su fiesta el 2 de marzo.
Lecciones
1. La nobleza verdadera no está en la sangre, sino en la fidelidad a Cristo.
2. El misionero auténtico no huye del peligro cuando las almas lo necesitan.
3. La fortaleza en el tormento es fruto de la obediencia y del abandono en Dios.
4. El martirio es victoria, no derrota, para quien muere confesando la fe.
“Beato Pedro de Zúñiga nos enseña que el amor a Cristo vale más que la vida y que el martirio nos abre las puertas del Cielo.”
