
Historia
En el siglo XI, cuando muchas regiones de la península ibérica sufrían guerras, confusión y amenazas contra la fe cristiana, Dios quiso levantar un pastor santo para fortalecer a su Iglesia. Ese pastor fue San Olegario, gloria de Barcelona y defensor de la fe. Como una luz que disipa las tinieblas, su vida brilló en medio de tiempos difíciles para guiar a las almas hacia Dios.
San Olegario nació en Barcelona alrededor del año 1060, en una familia noble y profundamente cristiana. Su padre, también llamado Olegario, pertenecía al orden ecuestre y servía al conde de Barcelona, mientras que su madre, Guilia, era una mujer virtuosa que educó a su hijo en el santo temor de Dios y en el amor a la religión. Desde niño se distinguió por su modestia, recogimiento y profunda piedad.
Su devoción durante la oración y su atención en la Santa Misa edificaban a todos los que lo veían. Conservó siempre una pureza angelical y practicó el ayuno para mortificar el cuerpo y fortalecer el espíritu. Al mismo tiempo crecía en sabiduría y virtud, estudiando con gran provecho gramática, retórica y filosofía, lo que más tarde sería de gran ayuda para su misión apostólica.
Movido por el deseo de consagrarse totalmente a Dios, abrazó la vida religiosa en la orden de los canónigos regulares de San Agustín. Renunció a las dignidades que tenía en el mundo y se entregó a la oración, la penitencia y la humildad en el monasterio. Su vida era tan ejemplar que pronto fue elegido prior, aunque su profunda humildad le hacía huir de los honores.
Buscando mayor retiro y perfección, se trasladó al monasterio de San Rufo en Provenza. Allí vivió oculto como una “violeta escondida”, dedicado a la oración y a la mortificación. Pero la fragancia de su santidad pronto se difundió entre los monjes, que lo eligieron abad. Sus enseñanzas llenas de sabiduría y unción espiritual guiaban a muchos en el camino de la santidad.
Más tarde, el clero y el pueblo de Barcelona lo eligieron obispo. Al principio huyó por humildad, pero el Papa confirmó su elección y tuvo que aceptar el cargo por obediencia. Como pastor se entregó completamente a su misión: restauró iglesias, ayudó generosamente a los pobres, predicó con fervor y fortaleció la vida cristiana de su pueblo.
Su santidad y sabiduría hicieron que los papas lo llamaran a participar en importantes concilios de la Iglesia. También fue nombrado arzobispo de Tarragona y legado pontificio en España. Predicó en numerosos lugares, incluso en Tierra Santa, donde visitó los santos lugares con profunda devoción y edificó a muchos fieles con su ejemplo.
Después de una vida dedicada totalmente a Dios y al servicio de las almas, el Señor le reveló el momento de su muerte. Recibió los sacramentos con gran devoción y, con las manos juntas ante un crucifijo, pronunció las palabras: “En vuestras manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. Así entregó su alma a Dios el 6 de marzo de 1137. Su muerte causó gran dolor entre los fieles, que ya lo consideraban un santo.
Lecciones
1. La verdadera grandeza está en la humildad
San Olegario huyó de los honores y cargos, pero Dios lo elevó a grandes responsabilidades en la Iglesia.
2. La oración y la penitencia fortalecen el alma
Su vida de ayuno, mortificación y oración fue la fuente de su santidad.
3. Un pastor santo transforma a su pueblo
Como obispo y arzobispo restauró iglesias, predicó la verdad y condujo muchas almas a Dios.
4. La obediencia a la Iglesia es camino de santidad
Aunque deseaba la vida escondida del monasterio, aceptó el episcopado por obediencia al Papa.
“San Olegario nos enseña que el Alma que se humilla ante Dios llega a ser luz para toda la Iglesia.”
