Santo Tomás de Aquino: El Doctor Angélico que iluminó al mundo

Historia

Santo Tomás de Aquino nació en marzo del año 1225 en el castillo de Rocaseca, cerca de la ciudad de Aquino. Su padre, Landulfo, pertenecía a la noble casa de los condes de Aquino, y su madre, Teodora, descendía de los príncipes normandos. Antes de su nacimiento, un santo ermitaño anunció a su madre que el niño vestiría el hábito de Santo Domingo y sería honra de su linaje y luz para el mundo. Con estas palabras proféticas comenzó la historia de quien llegaría a ser una de las mayores lumbreras de la Iglesia.

Desde muy pequeño mostró señales extraordinarias de inteligencia y de amor a Dios. Cuando tenía apenas cinco años fue enviado al famoso monasterio de Monte Cassino para ser educado entre los monjes. Allí sorprendía a todos con una pregunta que repetía con frecuencia: “¿Qué cosa es Dios?”. Esta pregunta, tan profunda para un niño, revelaba el ardiente deseo de su alma por conocer al Creador, y en ella estaba ya como en semilla la gran sabiduría que más tarde iluminaría a la Iglesia.

Con el paso de los años fue enviado a Nápoles para estudiar gramática, retórica, filosofía y otras ciencias. Su inteligencia sobresalía tanto que pronto superó a todos sus compañeros. Sin embargo, su grandeza no estaba sólo en su talento, sino también en su virtud: era silencioso, obediente, modesto y dedicado a la oración, a la cual dedicaba largas horas cada día. Su corazón se inclinaba cada vez más hacia las cosas del cielo y despreciaba las vanidades del mundo.

En Nápoles conoció a los frailes dominicos, cuya vida santa despertó en él el deseo de abrazar la vida religiosa. Pero su familia, que esperaba para él una vida de honores mundanos, se opuso con fuerza. Su madre mandó incluso a sus hermanos soldados para capturarlo cuando viajaba hacia París. Lo llevaron prisionero al castillo familiar, donde permaneció cerca de un año. Sin embargo, en aquella prisión no perdió el ánimo: dedicó su tiempo al estudio de la Sagrada Escritura y a la oración.

Durante ese tiempo sus enemigos intentaron hacerle perder la virtud de la castidad enviándole una mujer para tentarlo. Santo Tomás, armado de valor, tomó un tizón encendido del fuego y persiguió a la mujer hasta que huyó avergonzada. Después, con aquel mismo tizón, dibujó una gran cruz en la pared y se quedó dormido. Entonces, según la tradición, dos ángeles le colocaron un cordón en señal de la gracia de la pureza perpetua que Dios le concedía.

Finalmente logró escapar del castillo y regresar a los dominicos. Fue enviado a estudiar en Colonia bajo la dirección de San Alberto Magno. Al principio sus compañeros lo llamaban burlonamente “el buey mudo de Sicilia” por su silencio. Pero un día, al explicar una difícil cuestión teológica, mostró tal profundidad de inteligencia que su maestro exclamó: “Este buey dará tales bramidos que se oirán por todo el mundo”. Y así fue.

Santo Tomás llegó a ser uno de los más grandes teólogos de la Iglesia. Escribió numerosas obras para defender la fe contra los errores y para explicar las verdades cristianas con claridad admirable. Entre todas destaca su obra inmortal, la Suma Teológica, considerada una de las mayores obras de pensamiento humano. Su doctrina iluminó a la Iglesia durante siglos y fue alabada por papas, concilios y doctores.

Después de una vida de estudio, oración y enseñanza, enfermó mientras se dirigía al Concilio de Lyon. En un monasterio comprendió que allí terminaría su vida. Recibió los sacramentos con gran devoción y, el 7 de marzo de 1274, entregó su alma a Dios. Más tarde fue canonizado y proclamado Doctor de la Iglesia, siendo conocido para siempre como el Doctor Angélico, luz incomparable de la fe católica

Lecciones

1. Buscar a Dios con toda la inteligencia

Santo Tomás nos enseña que la fe y la razón no se oponen, sino que juntas conducen a la verdad.

2. Defender la pureza con valentía

El santo defendió su castidad incluso en medio de fuertes tentaciones.

3. Unir el estudio con la oración

Antes de resolver una dificultad, acudía primero a la oración.

4. Buscar sólo a Dios como recompensa

Cuando Cristo le preguntó qué deseaba por su trabajo, respondió: “Nada sino a Vos, Señor”.

Santo Tomás de Aquino nos enseña que el uso más alto de la inteligencia es buscar y conocer a Dios, y que la verdadera sabiduría nace de la oración.”

Fuentes: FSSPX; El Santo de cada día

Scroll al inicio