Santa Eufrasia: Eligió a Cristo como único Esposo

Historia

En tiempos del emperador Teodosio I, vivía en Constantinopla un noble senador llamado Antígono, conocido por su caridad con los pobres y su fidelidad a Dios. Su esposa, también llamada Eufrasia, era mujer de gran piedad y mansedumbre. Dios bendijo su matrimonio con una hija nacida hacia el año 380, a quien pusieron el mismo nombre de su madre: Eufrasia, palabra que significa “alegría”.

Poco después del nacimiento de la niña, los esposos decidieron vivir en perfecta castidad para consagrarse más plenamente al Señor. Al cabo de un año murió Antígono, dejando a su esposa y a su hija bajo la protección del emperador. Cuando la niña tenía cinco años fue prometida, según la costumbre de la época, a un joven senador. Sin embargo, su madre, fiel a Dios, rechazó nuevas propuestas de matrimonio y decidió retirarse a Egipto con su hija.

Durante el viaje hacia las tierras de Tebaida, socorrió generosamente a los pobres y a los monasterios. Allí encontró un monasterio de religiosas de gran austeridad: ayunaban continuamente, comían sólo después de la puesta del sol y llevaban una vida de oración y penitencia. La madre visitaba con frecuencia aquel lugar santo y procuraba que su hija escuchara las enseñanzas espirituales de las religiosas.

Un día, conversando con la abadesa, la pequeña Eufrasia manifestó un profundo amor por las religiosas y por su vida. Cuando le mostraron la imagen de **Jesucristo crucificado, la niña besó el crucifijo y exclamó con decisión: “Señor, vos sois mi único dueño y mi único esposo”. Comprendiendo que era una vocación verdadera, su madre la dejó en el monasterio y ofreció a Dios aquel sacrificio con lágrimas y alegría.

La joven novicia abrazó con gran fervor la vida religiosa. Tras la muerte de su madre quedó huérfana a los diez años, pero aceptó esta prueba con perfecta resignación. Cuando el emperador le escribió invitándola a la corte para cumplir el matrimonio prometido, ella respondió que ya estaba desposada con Cristo y pidió que sus bienes fueran repartidos entre los pobres, los huérfanos y las iglesias.

En el monasterio se distinguió por su humildad y obediencia. Elegía siempre los trabajos más humildes y practicaba rigurosos ayunos, llegando a pasar varios días sin alimento. En una ocasión la abadesa le ordenó trasladar grandes piedras en el jardín durante muchos días seguidos para probar su obediencia, y la santa cumplió el mandato sin quejarse jamás.

El demonio intentó muchas veces vencer su virtud con tentaciones y ataques, incluso tratando de matarla arrojándola a un pozo o desde una torre. Pero Dios protegía a su fiel sierva. La santa vencía al enemigo con oración, penitencia y obediencia. Por su santidad, Dios obró también milagros por su intercesión, como la curación de un niño paralítico y la liberación de una mujer poseída por el demonio.

Después de una vida de penitencia y unión con Dios, la abadesa recibió por revelación el anuncio de su muerte. La santa pidió aún más tiempo para hacer penitencia, pero Dios la llamó pronto a la gloria eterna. Rodeada de sus hermanas religiosas, pidió perdón por cualquier falta y entregó su alma a Dios hacia el año 410, a la edad de treinta años. Su sepulcro fue glorificado por numerosos milagros y su memoria permanece venerada en la Iglesia.

Lecciones

1. La vocación puede nacer desde la infancia.
Dios llamó a Eufrasia cuando era apenas una niña, y ella respondió con generosidad.

2. La verdadera libertad está en pertenecer totalmente a Cristo.
Rechazó honores, riquezas y matrimonio para vivir sólo para Dios.

3. La obediencia y la humildad vencen al demonio.
Su sumisión a la abadesa fue una de las armas más fuertes en su combate espiritual.

4. La penitencia y la oración conducen a una profunda unión con Dios.
Su vida austera elevó su alma a la contemplación y atrajo gracias para muchos.

Santa Eufrasia nos enseña que el Alma que se entrega totalmente a Jesucristo no teme perder el mundo, porque ya ha encontrado el tesoro eterno.

Fuentes: FSSPX; El Santo de cada día

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