Homilías cristológicas y marianas

San Juan Damasceno

Descripción

Este libro reúne una selección de sermones donde la teología más profunda se funde con la lírica y la piedad más tierna. En una época de crisis e iconoclasia, San Juan Damasceno se alza como el “Orador de Oro” para defender los misterios de nuestra Redención. No encontraréis aquí frías disertaciones, sino una invitación a contemplar con ojos de fe el rostro de Cristo y la pureza de Su Madre.

  • Aprenderéis a adorar la unión de la divinidad y la humanidad en la única Persona del Verbo. El autor desglosa con maestría cómo el Invisible se hizo visible por nuestro amor, dándonos las armas doctrinales para rechazar cualquier error que intente despojar a Cristo de Su gloria.
  • San Juan es, por excelencia, el cantor de la Virgen María. En sus homilías marianas aprenderéis sobre la Dormición y Asunción de nuestra Madre, la pureza de su Concepción y su papel necesario como Corredentora y Mediadora. Sus palabras os enseñarán que el camino más corto al Corazón de Jesús es, sin duda, el Inmaculado Corazón de María.
  • Se os instruirá en la contemplación de la gloria divina de Jesús en el Tabor, para que podáis luego seguirlo con fortaleza hasta la Cruz. El autor enseña que el sufrimiento cristiano solo tiene sentido bajo la luz de la divinidad de Cristo.
  • En cada página se aprende que la fe no es algo que se inventa, sino que se recibe. San Juan os enseñará a amar la Tradición de los Padres como el tesoro más preciado de la Iglesia.

En un mundo que busca reducir la religión a un vago sentimiento humano, estas homilías os devuelven la grandeza de lo sobrenatural.

Leer este libro es como asistir a una liturgia solemne en los antiguos monasterios; ordena los afectos, aclara el intelecto y empuja al alma a la adoración.

San Juan Damasceno, llamado el “Orador de Oro” (Chrysorrhoas), fue el último de los Padres de la Iglesia Griega y es Doctor de la Iglesia. Criado en la corte del califato en Damasco, renunció a sus altos cargos y riquezas para abrazar la vida monástica en San Sabas, cerca de Jerusalén. Fue el gran defensor de las sagradas imágenes contra los emperadores herejes, sufriendo persecución y milagros por su defensa de la fe. Su pluma no fue suya, sino de la Iglesia; su genialidad consistió en organizar el pensamiento de todos los santos anteriores (como San Basilio o San Gregorio) en un cuerpo único y coherente. Es, para nosotros, el modelo del teólogo que no inventa, sino que custodia y explica el Depósito de la Fe.

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