
Historia
Juan nació en el año 1500 en Almodóvar del Campo, en el seno de una familia virtuosa formada por Alfonso de Ávila y Catalina Chicona. Desde su más tierna infancia, a los cinco años, ya se le veía entrar en la iglesia al declinar la tarde, donde permanecía de rodillas rezando sin temor al frío ni a la soledad. Era tal su fervor que, a veces, el sueño le vencía y sus padres lo encontraban dormido al pie de los altares, demostrando desde niño que su único refugio y alegría se hallaba en la presencia del Señor.
Tras estudiar leyes en Salamanca y teología en Alcalá, Juan recibió el orden sagrado y decidió entregar toda su inmensa herencia a los pobres, deseando partir como misionero a las Indias. Sin embargo, la Providencia tenía otros planes; el arzobispo de Sevilla, al conocer su talento y santidad, le ordenó quedarse en España para predicar. Su primer sermón fue un acontecimiento celestial que conmovió a toda la ciudad, marcando el inicio de un apostolado que recorrería los pueblos de Andalucía, desde las plazas hasta los palacios, llamando a todos a la verdadera penitencia.
La predicación de Juan no era un ejercicio de retórica humana, sino un grito del alma que buscaba la salvación de sus hermanos. Con una valentía inaudita, denunciaba los vicios de los poderosos y la tibieza de los cristianos, lo que le valió ser denunciado ante la Inquisición y encarcelado. En la oscuridad de la prisión, lejos de desanimarse, compuso gran parte de su obra maestra “Audi filia”, encontrando en el sufrimiento una unión más íntima con la Pasión de Cristo y una luz mayor para guiar a las almas atribuladas.
Su influencia fue tan vasta que grandes santos de su tiempo, como San Ignacio de Loyola, San Francisco de Borja y Santa Teresa de Jesús, buscaron su consejo y dirección espiritual. Fue él quien, con una sola carta, confirmó la vocación de San Juan de Dios y quien orientó los primeros pasos de la Compañía de Jesús en España. Juan de Ávila era el consejero de los santos porque su palabra estaba sazonada con la sal de la sabiduría divina, fruto de largas horas de estudio y, sobre todo, de oración ante el crucifijo.
El celo de Juan por la formación del clero lo llevó a fundar colegios y universidades, convencido de que la reforma de la Iglesia pasaba por la santidad de sus sacerdotes. Trabajó incansablemente para que los ministros de Dios fueran hombres de doctrina segura y vida ejemplar, escribiendo memoriales para el Concilio de Trento que fueron recibidos con gran admiración en Roma. Su energía parecía inagotable, recorriendo caminos a pie bajo el sol abrasador con el único fin de llevar el consuelo de los sacramentos a los lugares más remotos.
Los últimos veinticinco años de su vida fueron un calvario de dolencias físicas que minaron su naturaleza. Padecía constantes dolores de estómago, accesos de tos e inflamación de ojos, convirtiéndose en un “varón de dolores” que ofrecía cada padecimiento por la Iglesia. Lejos de quejarse, se le oía decir con frecuencia: “Aumentad, Señor, mis sufrimientos, pero dadme a la vez la paciencia para sobrellevarlos”, enseñándonos que la enfermedad es el último y más perfecto púlpito del predicador.
Al sentir que su fin se acercaba, Juan se retiró a Montilla, donde pasó sus últimos días en una preparación intensa para el encuentro definitivo con su Esposo Divino. El 10 de mayo de 1569, rodeado del afecto de sus discípulos y con la paz de quien ha combatido el buen combate, entregó su alma al Creador. Su muerte fue llorada en toda España, pues se iba el padre de los pobres, el maestro de los santos y el apóstol que había devuelto a Andalucía el brillo de la fe católica.
Hoy, San Juan de Ávila descansa en Montilla y es venerado como Doctor de la Iglesia y patrono del clero secular español. Su vida nos recuerda que la palabra de un sacerdote solo tiene poder cuando nace de un corazón que arde en amor a Dios y que no teme al sufrimiento ni a la persecución. Que su intercesión nos alcance la gracia de una fe viva y una caridad que se traduzca en obras de verdadera santificación.
Lecciones
1. La Oración como Cimiento del Apostolado: San Juan de Ávila enseña que antes de hablar de Dios a los hombres, el cristiano debe pasar mucho tiempo hablando con Dios a solas, pues solo en el silencio del sagrario se recibe la unción necesaria para convertir los corazones.
2. La Fortaleza en la Tribulación: Su ejemplo en la cárcel instruye que las pruebas y las injusticias permitidas por Dios no son obstáculos, sino oportunidades para profundizar en la doctrina y purificar el alma de toda vanidad humana.
3. El Celo por la Santidad del Clero: Juan nos enseña que el mayor bien para una nación es tener sacerdotes santos y bien formados, instándonos a rezar y trabajar por la pureza y la doctrina de los ministros del Altar.
4. La Paciencia en la Enfermedad: Su actitud ante los dolores crónicos muestra que el sufrimiento aceptado con amor es una forma de apostolado tan eficaz como la predicación, pues une al alma con la Redención de Cristo de manera perfecta.
“San Juan de Ávila enseña que solo se habla bien cuando nuestro corazón esta crucificado con Cristo, pues el Alma fiel prefiere el dolor antes que buscar el aplauso de los hombres.”
