
“Ojalá supiesen los hombres qué cosa es poseer la divina gracia, qué preciosa es, cuántas riquezas encierra, cuántos tesoros, cuántos júbilos y deleites; sin duda alguna pondrían todo su cuidado y diligencia en buscar penas y aflicciones… Ninguno se engañe; esta es la única y verdadera escala del Paraíso, y fuera de la Cruz no hay otro camino por donde se pueda subir al Cielo.” Santa Rosa de Lima
Isabel Flores de Oliva, rodeada por las insistentes pretensiones vanas de una sociedad virreinal seducida por el acomodamiento temporal, experimenta una radical conversión interior que la impele a despreciar las vanidades del mundo. La cinta retrata con austero rigor no solo el choque frontal contra las incomprensiones de su propia familia, sino la inquebrantable milicia de una joven virgen que erige un huerto de penitencia para ofrecer a la Divina Majestad la mortificación continua de sus sentidos.
- El núcleo ardiente de la trama se manifiesta cuando la Santa, guiada por un celo intransigente contra la apostasía y la tibieza de los hombres, decide abrazar el estado de Tercera Dominica y la vida eremítica en el seno de su propio hogar. Su entrega alcanza una dimensión fuertemente reparadora al ofrecer intensos ayunos, cilicios y desgarradoras vigilias, constituida en hostia viva de expiación para aplacar la ira de Dios sobre los pecados de la ciudad virreinal y alcanzar la conversión de las almas que caminan a la perdición.
- Su principal arma estratégica contra las acechanzas del infierno y el escepticismo de la sociedad es una pureza angélica unida a una sumisión filial y eclesial sin fisuras. Con impecable firmeza dogmática y una humildad irreprochable, desarma las rigurosas sospechas del Santo Oficio y las indagaciones teológicas de sus examinadores, demostrando que la verdadera doctrina católica florece en las almas que crucifican la carne con sus pasiones.
- La paulatina consumación física de su salud por el fuego del amor divino y las atroces pruebas cruentas que padece se presentan como la firma indeleble de sus desposorios con el Divino Esposo. Cada desprecio humano, cada noche de oración agónica y el martirio silencioso de sus dolencias corporales actúan como un tesoro de méritos sobrenaturales con el que la Santa paga la rescisión de las deudas espirituales de los pecadores, confirmando la verdad inmutable de que la restauración de la Fe exige la efusión de la propia vida en holocausto.
- La lección: ante el avance del espíritu mundano y la pérdida del sentido del pecado, solo la penitencia rigurosa, el rezo fervoroso y la adhesión incondicional a la Cruz de Cristo pueden quebrantar el dominio del demonio y sostener la Iglesia en el más absoluto abandono exterior.
“Declaro con total sinceridad ante Dios que nada de lo que he escrito lo copié de algún libro ni lo leí en ninguna parte. Al contrario, son gracias que el Señor todopoderoso ha hecho directamente en mí, una simple pecadora, sin que yo haya aportado nada más que mi propia debilidad e imperfección.” Santa Rosa de Lima


