
Historia
En los comienzos del siglo VII, cuando la Galia aún sufría los restos de barbarie, superstición e idolatría, Dios quiso levantar no solo santos en los monasterios, sino también en el corazón mismo del poder político. El Beato Pipino de Landen, nacido hacia el año 580, ocupó un lugar preeminente en la historia religiosa y política de su tiempo. Ministro y Mayor Domo de Palacio, fue tronco de una descendencia ilustre; pero más alto que su linaje terreno fue el esplendor de su santidad.
Hijo de noble familia, llevado joven a la corte de Clotario II, supo conservar su inocencia en medio de una sociedad marcada por ejemplos de crueldad y desorden moral. Ejerció el cargo de Mayor Domo con extraordinaria prudencia, llegando a ser considerado “sede viviente de sabiduría, tesoro de consejos, sostén de las leyes y antemural de la patria”. Su autoridad no se fundaba solo en la política, sino en su profunda vida cristiana.
Rodeado de santos consejeros como San Arnulfo de Metz y otros varones ilustres, conformaba sus decisiones a las normas de la Divina Justicia. Influyó poderosamente sobre el rey Clotario II y luego sobre Dagoberto I, moderando excesos, promoviendo la justicia y protegiendo a la Iglesia, a los pobres y a los oprimidos. Bajo su influencia se suavizaron leyes bárbaras y se afirmaron los derechos sagrados de los más débiles.
La política inspirada por la religión logró crear algo raro en la historia: un verdadero consejo de santos en torno al trono. Pipino, con energía y prudencia, presidía esta asamblea donde brillaban obispos y hombres de Dios. Revisó las leyes de los pueblos francos y promovió una legislación más conforme al espíritu cristiano. Repetía con frecuencia: “La justicia engrandece a los pueblos; la iniquidad los conduce a la ruina”.
Pero si grande fue el hombre de Estado, no lo fue menos el esposo y padre. Se casó con la piadosa Ida, descendiente de la nobleza de Aquitania, cuya mayor riqueza era la santidad hereditaria de su familia. Santa Ida poseía talento, corazón y virtudes que la hacían verdadera mujer cristiana. Su matrimonio fue escuela de santidad y cuna de santos.
De esta unión nacieron hijos ilustres. Su hija Santa Gertrudis consagró su virginidad a Cristo con admirable firmeza, rechazando un matrimonio noble para permanecer fiel a su voto. Su otra hija, Vega, dio origen a la línea que culminaría en Carlos Martel y Carlomagno. Así, esta familia parecía destinada por la Providencia a dar santos a la Iglesia y gobernantes al mundo.
Pipino no se contentaba con enseñar: daba ejemplo. Iba descalzo cada mañana a pedir la absolución a San Arnulfo, su confesor. Multiplicó monasterios y centros de oración, entendiendo que la oración es el sostén del trono. Fundaciones como la abadía de San Dionisio florecieron bajo su impulso, estableciendo la alabanza perpetua como defensa espiritual del reino.
Cumplida su misión, murió santamente el 21 de febrero del año 640. Fue llorado como un padre por todo el reino. Santa Ida le sobrevivió doce años; retirada al monasterio fundado junto a su hija Gertrudis, terminó su vida en paz en 652. Sus restos fueron trasladados con honor, acompañados —según la tradición— por luces que no se apagaron pese al fuerte viento. En los antiguos martirologios, Pipino es llamado Beato o Santo, y su esposa, Santa.
Lecciones
1. La política debe someterse a la Ley de Dios.
El poder es santo cuando se ejerce conforme a la justicia divina.
2. El matrimonio es camino de santidad.
En medio del mundo, se puede formar una familia que sea semillero de santos.
3. La oración sostiene a la sociedad.
Los monasterios y la alabanza perpetua fueron para Pipino la verdadera fortaleza del reino.
4. El ejemplo vale más que las palabras.
Un ministro que se confiesa descalzo enseña más que mil discursos sobre moral.
“El Beato Pipino de Landen nos enseña que la justicia fundada en Dios engrandece a los pueblos, y Santa Ida nos muestra que el matrimonio vivido en santidad transforma la historia.”
