
Historia
En los tiempos en que España extendía la fe católica por el Nuevo Mundo, nació en la región gallega de Gudina, en 1502, Sebastián de Aparicio. Hijo de padres pobres pero profundamente piadosos, creció en un hogar donde la mayor riqueza era la fe. Desde niño fue probado por el sufrimiento: a los doce años contrajo una grave enfermedad y fue aislado en una choza. Allí, abandonado humanamente, Dios obró un prodigio: un lobo le abrió el tumor y lo curó completamente, manifestando que aquel niño estaba destinado a grandes designios.
Restablecido, trabajó como labrador y sirviente, entregando su jornal íntegro a su familia. En diversas casas tuvo que luchar contra peligros para su pureza, y prefirió abandonar comodidades antes que poner en riesgo su virginidad. Finalmente logró establecerse por cuenta propia, dedicándose al campo con sencillez, laboriosidad y profunda vida interior, siendo modelo de virtud para todos.
Movido por el impulso que llevaba a tantos españoles hacia las Indias, llegó en 1533 a Veracruz y pronto se estableció en Puebla de los Ángeles. Allí comenzó una obra que marcaría la historia civil de América: organizó las primeras carretas de transporte, abrió caminos al tráfico rodado y facilitó el comercio entre Veracruz, México y Zacatecas. Fue verdadero pionero, trabajando como ingeniero y peón, enseñando a indios y españoles.
Durante años recorrió aquellos territorios transportando mercancías y personas, incluso minerales de plata. Entre los indios chichimecas, considerados bárbaros, ganó respeto y amistad gracias a su caridad y liberalidad. Les ayudaba con limosnas, buenas obras y trato afable, logrando lo que las armas no conseguían: conquistar los corazones con la bondad cristiana.
Devoto de Nuestra Señora de Guadalupe, no pasaba ante su santuario sin entrar a orar. A pesar de su prosperidad, vivía con austeridad sorprendente: dormía en el suelo, comía como los pobres y rezaba diariamente el rosario. Su casa era refugio de necesitados: daba dotes a doncellas, pagaba deudas ajenas, liberaba presos y perdonaba préstamos, contentándose con haber hecho el bien.
Ya anciano, tras superar una grave enfermedad, contrajo matrimonio por necesidad de cuidado, pero vivió con sus esposas con pureza ejemplar; ambas murieron poco después. Comprendiendo que Dios lo llamaba a mayor perfección, ingresó como terciario franciscano, distribuyó sus bienes entre los pobres y dio generosas sumas para fundaciones religiosas. Más tarde profesó como hermano en la Orden de San Francisco, sirviendo en los oficios más humildes.
Como limosnero recorría nuevamente los caminos con su carreta y sus bueyes, ahora santificados por su vida religiosa. Dormía al raso, sufría frío y calor, soportaba burlas y reprensiones con paciencia heroica. Dios confirmó su santidad concediéndole dominio admirable sobre animales bravíos y obrando milagros por su intercesión.
En 1600, a los 98 años, después de prepararse con fervor para la muerte, besando una imagen de Cristo, entregó su alma a Dios. Su cuerpo resplandeció tras la muerte, y numerosos milagros confirmaron su santidad. Fue beatificado por el Papa Pío VI en 1789, quedando como gloria de España y de América.
Lecciones
1️⃣ La pureza vale más que cualquier prosperidad.
Prefirió abandonar trabajos y comodidades antes que arriesgar su alma.
2️⃣ El trabajo puede ser camino de santidad.
Santificó caminos, carretas y haciendas con espíritu de oración y caridad.
3️⃣ La caridad conquista donde la fuerza no puede.
Ganó el corazón de pueblos enteros con limosnas, dulzura y misericordia.
4️⃣ Nunca es tarde para entregarse totalmente a Dios.
A los setenta años dejó todo para abrazar la vida religiosa.
“Beato Sebastián de Aparicio enseña que el trabajo humilde, la pureza y la caridad abren caminos hacia el Cielo.”
