
Historia
Córdoba, la de verdes lomas y casitas blancas, vio nacer hacia 1358 a uno de sus hijos más ilustres: San Álvaro de Córdoba. Hijo de noble linaje, fue bautizado en la parroquia de San Nicolás de la Villa, como lo recuerda aún una inscripción. Desde su infancia sufrió las consecuencias de las guerras fratricidas que sacudían Castilla, quedando bajo el cuidado de su tía María García Carrillo, quien le dio esmerada educación y formación cristiana.
Dotado de inteligencia despejada y bondad poco común, aquella flor delicada no estaba hecha para el zarzal del mundo. A los diez años ingresó en el real convento dominico de San Pablo, uno de los más insignes de Andalucía. Allí, en un ambiente de regularidad y virtud, pidió humildemente el santo hábito, siendo recibido con gozo universal por la comunidad.
Su vida religiosa fue ejemplar: humildad profunda, pureza angelical, obediencia ciega, amor al silencio y puntualidad exacta en los oficios divinos. Añadía a los ejercicios comunes rigurosas mortificaciones que asombraban a los religiosos más ancianos. Después de maitines, permanecía en la iglesia, especialmente ante la Virgen de las Angustias, derramando su alma en ternísimos coloquios de amor.
Ordenado sacerdote, enseñó con provecho la Sagrada Escritura en el convento de San Pablo y se graduó maestro en la Universidad de Salamanca. Pero su corazón ardía por el apostolado. Recorrió a pie Andalucía, Extremadura, las Castillas y Portugal, anunciando la penitencia y el juicio de Dios en tiempos de gran desolación, cuando el funesto Cisma de Occidente turbaba las conciencias y dividía la Iglesia.
Extendió su predicación a Francia, Saboya, Lombardía y Génova, donde se encontró con San Vicente Ferrer. Su palabra poderosa y su vida ejemplar conmovían a las multitudes. Viajó incluso a los Santos Lugares, permaneciendo más de un año en Jerusalén, recorriendo de rodillas los caminos de Nuestro Señor, besando el suelo y regándolo con lágrimas de compunción.
A su regreso, rehusó dignidades episcopales por humildad y por la incertidumbre del tiempo del Cisma, pero aceptó ser confesor de la reina Catalina. Intervino prudentemente en graves asuntos políticos, contribuyendo a evitar guerras civiles y colaborando, junto con San Vicente Ferrer, en los esfuerzos por terminar el escándalo del Cisma de Occidente.
Deseoso de retiro, fundó en 1422 el convento de Escala Coeli, en la sierra de Córdoba, lugar que recordaba los santos sitios de Jerusalén. Allí vivió en pobreza y penitencia. Subía de rodillas a una cueva que evocaba Getsemaní, donde se disciplinaba con rigor extraordinario ante una imagen de la Virgen de las Angustias tallada por él mismo. Su caridad fue recompensada con prodigios: el Cristo que apareció en lugar del mendigo, y las rosas que sustituyeron al pan escondido en su escapulario.
Agotado por los trabajos y mortificaciones, recibió el santo Viático de rodillas y, tras bendecir a sus hijos espirituales, entregó su alma a Dios a los 72 años. Las campanas tocaron solas en señal de duelo y gloria. Córdoba entera lloró su muerte. El Papa Benedicto XIV ratificó su culto y fijó su fiesta el 19 de febrero.
Lecciones
1- La verdadera nobleza es la santidad
No fue su linaje lo que dio gloria a su nombre, sino su humildad y fidelidad a la vocación religiosa.
2- Sin penitencia no hay reforma
En tiempos de corrupción y cisma, predicó el juicio de Dios y llamó a la conversión con su palabra y con su ejemplo.
3- El amor a Cristo Crucificado transforma el alma
Su vida entera giró en torno al Calvario, a Jerusalén y a la Virgen de las Angustias.
4- La caridad atrae milagros
El Cristo aparecido y las rosas del escapulario muestran que Dios recompensa la misericordia con signos de su predilección.
“San Álvaro de Córdoba nos enseña que el amor ardiente al Crucificado y la penitencia son el camino seguro para salvar el alma y reformar el mundo.”
