
Historia
San Casimiro nació el 5 de octubre de 1458, tercero de los hijos del rey Casimiro IV de Polonia y de Isabel de Austria, princesa santísima y devotísima. Criado en el seno de la ilustre dinastía de los Jagellones, resplandeció desde niño como un sol entre estrellas por su inclinación a la virtud. Sus padres cuidaron con esmero su educación, confiándolo a maestros piadosos y sabios, como el canónigo Duclos, llamado Longinos. Desde su infancia mostró señales inequívocas de santidad.
Dotado de excelente ingenio y costumbres purísimas, adelantó tanto en las letras como en las virtudes cristianas. No se envanecía de ser hijo y hermano de reyes; antes bien, tenía por mayor dignidad la de ser ciudadano de la corte celestial. Despreciaba los vestidos ricos y los regalos del palacio, y hallaba su alegría postrado ante los altares, donde pasaba largas horas en oración, diciendo que allí encontraba mejores recreos que en los juegos y cacerías.
Fue rigurosísimo consigo mismo: se disciplinaba, ayunaba y mortificaba su carne para huir del vicio e imitar a Cristo en sus dolores. Aun enfermo, no quebrantaba la abstinencia mandada por la Iglesia. Dios le concedió la gracia de que ni la penitencia agravara su mal, ni la enfermedad entibiara su fervor. Puesto totalmente en manos de la divina voluntad, soportaba los dolores con paciencia admirable.
Elegido rey de Hungría cuando apenas contaba doce años, al principio rehusó la corona. Obedeciendo a su padre, partió con ejército; pero al saber que el Papa Sixto IV apoyaba al rey destronado y que la empresa era injusta, se alegró de poder desistir. Más tarde, cuando nuevamente le ofrecieron aquella dignidad, la rechazó resueltamente, prefiriendo la justicia y la paz a los honores terrenos.
Su corazón ardía en devoción a la Pasión de Cristo. Al meditar los sufrimientos del Señor, lloraba y aun caía desmayado. Sólo con mirar un crucifijo quedaba arrebatado en éxtasis. Estaba más tiempo en la iglesia que en el palacio y trataba más con religiosos que con príncipes. Fue ternísimo hijo de la Santísima Virgen, a quien saludaba diariamente de rodillas con el himno “Omni die dic Mariae”, lleno de amor y súplica confiada.
Su pureza fue virginal y angélica. Rehusó el matrimonio aun cuando los médicos afirmaban que su vida peligraba si no se casaba. Respondía que no quería prolongar la vida temporal con menoscabo de la eterna. Fue espejo de modestia y enemigo de toda murmuración; corregía con caridad a los que hablaban mal y defendía con celo la honra de Dios y del prójimo.
Tuvo gran ardor por la fe y la obediencia a la Sede Romana. Procuró la conversión de herejes y la reducción de cismáticos, velando para que no se edificaran iglesias fuera de la obediencia al Pontífice. Su caridad fue inmensa: socorría a los pobres, consolaba a los afligidos, protegía viudas y huérfanos, y buscaba personalmente a los necesitados para ayudarlos.
Tras una vida tan pura, el Señor le envió una enfermedad que le preparó dulcemente para el cielo. Recibidos los sacramentos, con los ojos fijos en un crucifijo, entregó su alma en Vilna el 4 de marzo de 1483, con sólo 24 años. Fue canonizado en 1521. Su cuerpo fue hallado incorrupto y muchos milagros confirmaron su santidad, incluso apariciones gloriosas en defensa de su patria y la resurrección de una joven por su intercesión. Es invocado especialmente como protector de la castidad.
Lecciones
1. La pureza puede florecer aun en medio de palacios y grandezas humanas.
2. La obediencia a la Iglesia y al Romano Pontífice es camino seguro de santidad.
3. Vale más perder un reino que perder la gracia de Dios.
4. La verdadera nobleza consiste en vivir como ángel en la tierra para reinar en el cielo.
“San Casimiro nos enseña que la Pureza guardada por Amor a Cristo es un trono más alto que todos los reinos del mundo.”
