
Historia
En los turbulentos tiempos que siguieron a las invasiones bárbaras y a las persecuciones contra la Iglesia, Dios suscitó en la Galia Bélgica un pastor según Su Corazón: San Eleuterio. Nacido hacia el año 456 en Tournai, de padres nobles y cristianos —Serenio y Blanda— descendientes de mártires, creció en una ciudad que renacía entre ruinas materiales y espirituales. Desde niño brilló por su virtud, su inteligencia y su piedad, siendo admirado por cuantos lo trataban.
Educado en las escuelas reabiertas bajo dominio franco, estudió junto a quien sería después San Medardo. Este, movido por inspiración profética, le anunció que llegaría a ser obispo de aquella ciudad. Eleuterio, lejos de envanecerse, se aplicó con mayor fervor al estudio de las ciencias eclesiásticas y a la práctica de una vida irreprensible, pasando por todos los grados del estado clerical y llenando Tournai del buen olor de sus virtudes.
Cuando nuevas persecuciones amenazaron a los cristianos, su familia se refugió en Blandain, donde se organizó una fervorosa comunidad que edificó una modesta iglesia dedicada a San Pedro. Allí creció la cristiandad y, al necesitarse un obispo, los fieles pusieron los ojos en Eleuterio. Tras la muerte del obispo Teodoro, fue finalmente elegido y confirmado por la autoridad eclesiástica, recibiendo la misión de gobernar la sede de Tournai.
Como obispo, se consagró con celo ardiente a predicar las verdades salvadoras. Después de la conversión de Clodoveo, bautizó en una sola semana a once mil personas. Instituyó una fiesta anual en acción de gracias por los frutos abundantes de su ministerio. Dios confirmaba su predicación con signos extraordinarios, pues en aquellos tiempos era necesario abatir la dureza de los bárbaros con manifestaciones visibles del poder divino.
Un hecho singular marcó su apostolado: la resurrección de la joven pagana Blanda. Tras una tentativa de seducción frustrada por la firmeza del santo, la joven murió repentinamente. Movido por caridad pastoral, Eleuterio prometió devolverle la vida si su familia pedía sinceramente el bautismo. Al principio, la falta de sinceridad impidió el milagro; pero cuando el arrepentimiento fue verdadero, el santo obispo llamó tres veces a la joven en nombre de Jesucristo, y ella se levantó viva, como Lázaro. Convertida, recibió el bautismo.
Su caridad hacia los pobres fue nota característica de su episcopado. En la catedral devolvió la vista al ciego Mantilio trazando sobre sus ojos la señal de la cruz, y curó milagrosamente al leproso Pericio después de administrarle el bautismo. Su trato afable, su ternura con los necesitados y su firmeza doctrinal le hicieron verdadero padre del pueblo cristiano.
Pero los últimos años de su pontificado estuvieron marcados por la lucha contra las herejías arrianas, apolinaristas y nestorianas que se infiltraban en la región. Consultó a Roma y, confirmado por el Papa, convocó un sínodo en 527 donde refutó con caridad pero con firmeza los errores. Al persistir los herejes en su mala fe, los excomulgó públicamente y los expulsó de la ciudad, defendiendo así la pureza de la fe católica.
No pudiendo vencerlo con argumentos, sus enemigos atentaron contra su vida. Fue brutalmente apuñalado al salir de la catedral. Sobrevivió cinco semanas, tiempo en el cual intercedió por sus agresores para que se les perdonara la pena capital. Murió hacia el año 531, después de treinta y cinco años de episcopado, habiendo derramado su sangre por Cristo. Así conquistó la doble aureola de confesor y mártir.
Lecciones
1. La firmeza en la pureza y en la virtud.
Ante la tentación, no dialogó con el mal: lo rechazó en nombre de la Santísima Trinidad.
2. La fe exige sinceridad.
El milagro no se obró mientras el corazón permaneció hipócrita. Dios no se deja engañar.
3. Caridad con los pobres y afligidos.
Fue padre del ciego, del leproso y de los necesitados, reflejando la misericordia de Cristo.
4. Defensa valiente de la fe católica.
Prefirió el martirio antes que tolerar el error doctrinal que ponía en peligro la salvación de las almas.
“San Eleuterio nos enseña que la caridad debe ser tierna con los pobres, pero firme e inflexible cuando se trata de defender la verdad de Cristo.”
