
Historia
San Esteban, cuyo nombre en griego significa coronado, fue el primero en recibir la corona del martirio por Cristo. Diácono de la Iglesia naciente y protomártir, vivió en Jerusalén en los primeros años del cristianismo, y ya desde el comienzo fue reconocido por los Padres de la Iglesia como un varón excepcional, digno de toda alabanza por su fe, su pureza y su fortaleza.
Poco se conoce de sus primeros años, pero se cree que descendía de familias judías establecidas en las provincias del antiguo imperio griego. Se formó en Jerusalén, donde florecían prestigiosas escuelas de la Ley de Moisés. Entre ellas sobresalía la del fariseo Gamaliel, doctor venerado del Sanedrín, bajo cuya enseñanza se formaron figuras insignes como Saulo de Tarso, San Bernabé y el mismo San Esteban.
Bajo tan eminente maestro, Esteban aprendió profundamente las Sagradas Escrituras y se distinguió por su celo, ciencia y pureza de costumbres. Algunos Padres sostienen que fue uno de los setenta y dos discípulos del Señor; otros, que abrazó la fe tras las primeras predicaciones de San Pedro después de Pentecostés. En cualquier caso, pronto se hizo notar por su sabiduría y su ardor apostólico.
Cuando surgió en Jerusalén una queja por el descuido de las viudas helenistas, los Apóstoles, guiados por el Espíritu Santo, instituyeron el diaconado. Esteban fue elegido el primero de los siete diáconos, descrito por la Escritura como varón lleno de fe, sabiduría, gracia, fortaleza y del Espíritu Santo. Así tuvo lugar la primera ordenación diaconal de la Iglesia.
Como diácono, San Esteban se entregó plenamente al servicio de los pobres y a la predicación de la Palabra. Obraba grandes milagros, confirmando con signos la verdad del Evangelio, y muchos judíos se convertían a Cristo. Su palabra, inspirada por el Espíritu Santo, era imposible de refutar, lo que despertó la envidia y el odio de sus adversarios.
Acusado falsamente de blasfemia, fue llevado ante el Sanedrín. Mientras comparecía, su rostro resplandecía como el de un ángel. En lugar de defenderse, dio un valiente testimonio de la historia de la salvación, proclamó a Jesucristo como el Mesías y denunció con firmeza la dureza de corazón de sus acusadores.
Arrebatado por la multitud, fue conducido fuera de la ciudad y lapidado. Mientras caían las piedras, Esteban oraba de pie, confiado en haber combatido el buen combate, y clamó: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Luego, de rodillas, imitó a su Maestro diciendo: “Señor, no les imputes este pecado”. Así, el 26 de diciembre del año 35, entregó su alma a Dios.
Su muerte no fue estéril: a los pies de su martirio estaba Saulo de Tarso, que más tarde se convertiría en el gran apóstol San Pablo. Como afirma San Agustín, si Esteban no hubiese orado, la Iglesia no tendría a San Pablo. Su memoria fue venerada desde los primeros tiempos, y Dios glorificó su cuerpo con innumerables milagros tras el hallazgo y la traslación de sus reliquias.
Lecciones
1. La caridad nace de una fe llena del Espíritu Santo.
San Esteban nos muestra que el verdadero servicio a los pobres brota de un corazón lleno de fe, gracia y amor a Dios.
2. La verdad se proclama con valentía, aunque cueste la vida.
No buscó salvarse callando, sino glorificar a Cristo proclamando la verdad ante sus jueces.
3. El martirio es la cumbre del amor cristiano.
Su perdón a los verdugos revela que la caridad perfecta vence incluso al odio y a la muerte.
4. La sangre de los mártires es semilla de la Iglesia.
De su oración brotó la conversión de San Pablo, mostrando que el sacrificio ofrecido a Dios nunca es estéril.
“San Esteban nos enseña que la fidelidad a Cristo, vivida hasta el perdón de los enemigos, es la verdadera corona que conduce al Cielo.”
