
Historia
San Ignacio de Antioquía fue obispo de aquella ilustre Iglesia hacia el año 67, sucediendo en la sede antioquena a Evodio, inmediato sucesor de San Pedro. Vivió en los albores de la Iglesia, muy cercano a los Apóstoles, y él mismo se llamaba Teóforo, es decir, “portador de Dios”, nombre que encabezaba todas sus cartas y que expresa la intimidad de su unión con Cristo. Según indicios de sus escritos, parece haber nacido de padres paganos y haberse convertido al cristianismo siendo aún joven.
Su figura se nos revela sobre todo a través de sus epístolas, en las que deja traslucir la riqueza interior de su alma, su ardiente caridad y su profunda fe. En ellas aparece como verdadero Padre de la Iglesia, defensor del dogma y de la disciplina eclesiástica, y pastor de gran autoridad moral, al punto que las iglesias vecinas le enviaban delegados como a una persona digna de singular veneración.
No tardó la Iglesia de Antioquía en ser alcanzada por una cruel persecución. Ignacio fue condenado a morir despedazado por las fieras (leones), y se dispuso su traslado forzoso a Roma para ser allí martirizado. Durante el viaje fue custodiado por diez soldados, a quienes él mismo compara irónicamente con “diez leopardos” por su crueldad.
En su largo camino hacia Roma, por tierra y por mar, Ignacio fue fortaleciendo a las iglesias que encontraba. En Filadelfia, Esmirna y Troas, fue recibido con veneración por los fieles y por obispos como San Policarpo, antiguo compañero suyo. Allí escribió varias de sus cartas, agradeciendo el consuelo recibido y exhortando a la unidad, la obediencia y la fidelidad a la jerarquía.
Desde Esmirna redactó su célebre Carta a los Romanos, en la que manifiesta con palabras sublimes su ardiente deseo del martirio. Suplicó a los cristianos de Roma que no intercedieran por su liberación, pues temía que una benevolencia mal entendida le privara de ofrecer su vida a Cristo. “Trigo soy de Cristo —escribía— y los dientes de las fieras me molerán para hacerme pan purísimo”.
En sus epístolas combate con firmeza los errores doctrinales de su tiempo, especialmente el judaísmo residual y las doctrinas que negaban la verdadera humanidad de Cristo. Afirma con claridad la realidad de la Encarnación y exhorta a los fieles a mantenerse unidos al obispo, a los presbíteros y a los diáconos, sin los cuales —dice con energía— no hay Iglesia.
Toda su enseñanza está impregnada de un profundo espíritu eclesial y de una fe ardiente. Ignacio insiste en la concordia, en huir de las divisiones y en imitar a Cristo por la obediencia. Para él, la Iglesia es una armonía viva, como una lira bien templada, donde cada miembro unido al obispo eleva a Dios un canto agradable.
Llegado a Roma, San Ignacio fue finalmente arrojado a las fieras, consumando el martirio que había deseado con todo su ser. Murió probablemente hacia el año 110. Sus reliquias fueron veneradas primero en Antioquía y más tarde trasladadas a Roma, donde descansan bajo el altar mayor de la basílica de San Clemente. La Iglesia lo honra como mártir, Padre apostólico y testigo supremo del amor a Cristo.
Lecciones
1. El verdadero cristiano no huye del sufrimiento cuando éste es voluntad de Dios, sino que lo abraza como camino de unión con Cristo.
2. La unidad con el obispo y la jerarquía es condición esencial para permanecer en la verdadera Iglesia de Cristo.
3. La pureza de la fe debe ser defendida con claridad y firmeza frente a todo error, aunque ello cueste persecución.
4. El martirio es la expresión más alta del amor: morir por Cristo es vivir para siempre con Él.
“San Ignacio de Antioquía enseña que el Amor absoluto a Cristo se consuma en la Obediencia, la Fe íntegra y el Martirio.”
