
Historia
San Juan Crisóstomo nació en Antioquía entre los años 344 y 347, en el seno de una familia cristiana noble. Quedó huérfano de padre siendo apenas un niño, y fue su madre Antusa —modelo de viudez cristiana— quien lo formó con admirable virtud, renunciando a un segundo matrimonio para consagrarse enteramente a Dios y a la educación de su hijo.
Dotado de una inteligencia extraordinaria, Juan se destacó muy pronto en el estudio de la retórica bajo el célebre pagano Libanio, quien llegó a admirar profundamente tanto al discípulo como a la madre cristiana que lo había formado. Inició la carrera de abogado y comenzó a saborear los aplausos del mundo, la gloria humana y la vanidad de los teatros.
Providencialmente, la amistad con Basilio, cristiano fervoroso, fue el instrumento que Dios utilizó para atraer su alma a la verdad del Evangelio. Por su ejemplo y exhortaciones, Juan recibió finalmente el Bautismo en el año 369, y desde ese día su vida dio un giro radical hacia la virtud, la pureza de palabra y la rectitud de costumbres.
Deseoso de una entrega total, quiso retirarse al desierto para abrazar la vida monástica, pero las lágrimas de su madre lo retuvieron un tiempo en casa. Ordenado lector por San Melecio, y más tarde diácono y sacerdote, se convirtió en el gran predicador de Antioquía, exponiendo con claridad la moral evangélica y defendiendo a los pobres frente a los abusos de los poderosos.
En el año 397, tras la muerte del obispo Nectario, fue elegido Patriarca de Constantinopla casi contra su voluntad. Su vida episcopal fue un modelo de austeridad monástica: ayuno, pobreza, oración, celo por la Eucaristía y una incansable predicación que atrajo multitudes y provocó numerosas conversiones.
Como pastor, reformó al clero, combatió los abusos, defendió la fe católica contra herejes y poderosos, y no dudó en corregir incluso a la emperatriz Eudoxia cuando actuaba injustamente. Esta valentía evangélica le granjeó enemigos que urdieron contra él falsas acusaciones.
Condenado injustamente en el llamado “Conciliábulo de la Encina”, fue desterrado para evitar un derramamiento de sangre. Aunque rehabilitado brevemente, fue expulsado nuevamente y enviado a un durísimo exilio, donde continuó guiando a las almas mediante cartas llenas de fe, paciencia y abandono en la Providencia.
Agotado por los sufrimientos, murió en Comana en el año 407, pronunciando palabras de total entrega a Dios. Sus reliquias fueron luego veneradas en Constantinopla y Roma. Doctor de la Iglesia, Patrono de los predicadores, San Juan Crisóstomo dejó a la Iglesia un tesoro de doctrina, santidad y ejemplo pastoral que sigue iluminando a las almas.
Lecciones
1. La formación cristiana en el hogar es semilla de santidad
La virtud heroica de su madre Antusa preparó el terreno para una vocación que daría frutos para toda la Iglesia.
2. La elocuencia sin verdad conduce a la vanidad
Solo cuando puso su talento al servicio de Cristo, su palabra se volvió verdaderamente fecunda.
3. El pastor debe decir la verdad, aunque le cueste el destierro
San Juan enseña que la fidelidad a la fe está por encima del favor del mundo y del poder político.
4. La cruz aceptada en silencio es la corona del verdadero doctor
Su muerte en el exilio sella una vida enteramente ofrecida por la Iglesia.
“San Juan Crisóstomo nos enseña que el verdadero predicador habla para agradar a Dios y no para buscar aplausos humanos.”
