San Matías: El Elegido por Dios para Restaurar el Número Santo de los 12

Historia

En el siglo I, después de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, el Colegio Apostólico quedó herido por la traición de Judas. Pero los designios de Dios no podían quedar incompletos. Entre los discípulos fieles que habían seguido al Señor desde el bautismo en el Jordán hasta el monte de los Olivos se encontraba San Matías, testigo de toda la vida pública del Salvador. Aunque no fue contado entre los Doce durante la vida mortal de Cristo, estaba destinado por la Providencia a ocupar el lugar del traidor.

El número de los Doce no era casual. Estaba prefigurado por los doce patriarcas, los doce príncipes del pueblo de Israel y otras figuras del Antiguo Testamento. San Juan contemplará más tarde en el Apocalipsis la Jerusalén celestial con doce fundamentos que llevan los nombres de los doce apóstoles. Era necesario, pues, que el número sagrado fuese restaurado para que el edificio de la Iglesia permaneciera completo.

Después de la Ascensión, los apóstoles, reunidos en el Cenáculo con la Santísima Virgen María y perseverando unánimes en la oración, comprendieron que debían completar el Colegio Apostólico antes de la venida del Espíritu Santo. Inspirado por Dios, San Pedro tomó la palabra y declaró que debía cumplirse la Escritura. Se propusieron dos varones: José, llamado Barsabás, y Matías, ambos discípulos fieles y testigos de la Resurrección.

Tras fervorosa oración —“Señor, Tú que conoces los corazones de todos, muéstranos cuál has elegido”— echaron suertes, según la costumbre, para dejar la decisión en manos de Dios. La suerte cayó sobre Matías, y así fue agregado a los once apóstoles. De este modo, el Colegio de los Doce quedó nuevamente constituido por elección divina.

Diez días después, en la mañana de Pentecostés, descendió el Espíritu Santo con ruido como de viento impetuoso y lenguas de fuego. Matías, ya miembro pleno del Colegio Apostólico, recibió también la plenitud del Espíritu y comenzó a hablar las maravillas de Dios. La Iglesia nacía públicamente y la ley de gracia reemplazaba a la ley del temor.

Desde entonces, San Matías se entregó a la predicación del misterio de la Cruz con santidad de vida, fervor y doctrina celestial. La tradición refiere que insistía particularmente en la mortificación de la carne, en refrenar las pasiones y en acrecentar la fe viva, la esperanza firme y la caridad ardiente. Enseñaba que nadie, cualquiera fuese su edad o condición, está dispensado de la lucha contra las concupiscencias.

En cuanto a sus misiones, la historia conserva pocos datos ciertos. Se le atribuye la evangelización de Judea y también de Etiopía. Algunos testimonios afirman que allí padeció el martirio, ya sea por lapidación, crucifixión o decapitación. Lo que sí es seguro es que fecundó la Iglesia con su sangre o con su vida entregada totalmente al Evangelio, como verdadero campeón y amigo de Dios.

Su nombre figura desde los primeros siglos en el Canon de la Misa. La Iglesia celebra su fiesta el 24 de febrero y lo representa con una hacha —símbolo de su martirio— o con una cruz en forma de tau. Patrono de carpinteros y artesanos del hierro, permanece como testimonio de que Dios elige a los humildes y fieles para sostener los fundamentos de su Iglesia.

Lecciones

1️⃣ La fidelidad silenciosa es preciosa ante Dios.
Matías siguió a Cristo desde el principio sin buscar honores, y fue elegido cuando llegó la hora de Dios.

2️⃣ La Iglesia es obra divina, no humana.
Su elección por la suerte, precedida de oración, manifiesta que es Dios quien elige a sus ministros.

3️⃣ Sin el Espíritu Santo nada podemos.
Matías esperó en oración hasta Pentecostés para recibir la fuerza de lo alto.

4️⃣ No hay santidad sin mortificación.
Predicó la necesidad de refrenar las pasiones y vivir una fe viva acompañada de esperanza y caridad.

“San Matías enseña que la fidelidad humilde, sostenida por la oración y la mortificación, es fundamento firme de la Iglesia de Cristo.”

Fuentes: FSSPX; El Santo de cada día

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