
Historia
San Sebastián nació de padre galo, natural de Narbona, y de madre milanesa. Recibió en Milán una sólida educación cristiana y, siendo joven, abrazó la carrera militar. Su inteligencia, lealtad y valentía lo llevaron rápidamente a ocupar un puesto de honor en la Guardia Pretoriana durante el imperio de Diocleciano, sin que nadie sospechara que era cristiano.
Sebastián ocultó prudentemente su fe, no por cobardía, sino para poder socorrer eficazmente a los cristianos perseguidos. Aprovechando su cargo, visitaba las cárceles, consolaba a los confesores de la fe y los fortalecía con palabras llenas de caridad y celo apostólico en medio de la persecución más cruel.
Durante el encarcelamiento de los santos gemelos Marco y Marceliano, tentados por el llanto de sus familiares, Sebastián intervino con un discurso inflamado de amor a Cristo que los confirmó definitivamente en la fe. Su palabra fue instrumento de Dios para sostener a muchos en la hora decisiva del combate espiritual.
En esa misma ocasión, obró Dios grandes milagros por medio de su siervo. Zoe, esposa del escribano Nicóstrato, muda desde hacía seis años, recuperó la voz tras la señal de la cruz trazada por Sebastián. Este prodigio provocó una cadena de conversiones que alcanzó a familias enteras, carceleros, funcionarios imperiales y hasta al propio Cromacio, vicario del prefecto de Roma.
Sebastián no sólo convirtió con palabras, sino con hechos. Exigió la destrucción total de ídolos, instrumentos de astrología y supersticiones paganas, enseñando que no se puede servir a Cristo y a los demonios. Dios confirmó su celo con una aparición angélica que sanó a Cromacio, quien renunció a su cargo, liberó esclavos y puso sus bienes al servicio de los cristianos.
Mientras muchos huían, Sebastián permaneció en Roma, visitando cárceles, alentando a los mártires y sosteniendo a los fieles. Muchos de aquellos a quienes fortaleció derramaron luego su sangre por Cristo. Así, aunque aún vivía, su apostolado ya estaba sellado con el espíritu del martirio.
Finalmente, fue denunciado ante Diocleciano. Confesó abiertamente su fe y fue condenado a morir asaeteado por arqueros númidas. Dado por muerto, fue recogido por santa Irene y curado milagrosamente. Pudiendo huir, eligió volver y reprender al emperador por su crueldad contra los cristianos.
Diocleciano, enfurecido, ordenó que fuera azotado hasta morir y arrojado su cuerpo a una cloaca. Cristo mismo glorificó a su mártir, revelando el lugar de su cuerpo a santa Lucina para su sepultura. Así, San Sebastián consumó su testimonio como dos veces mártir, y su fama se extendió por toda la Iglesia como protector contra pestes y modelo de fortaleza cristiana.
Lecciones
1. La prudencia al servicio del bien.
San Sebastián nos enseña que la prudencia cristiana no es cobardía, sino sabiduría puesta al servicio de la caridad y de la salvación de las almas.
2. La fuerza de una fe que sostiene a otros.
No sólo fue mártir, sino sostén de mártires. Dios se sirve de almas fuertes para confirmar a los débiles en la hora de la prueba.
3. No se puede servir a Cristo y al mundo.
La destrucción de ídolos y supersticiones muestra que la conversión verdadera exige una ruptura total con el pecado y la falsa religión.
4. El verdadero soldado no huye del combate.
San Sebastián pudo salvar su vida, pero eligió la Cruz. Enseña que la fidelidad a Cristo vale más que la vida misma.
“San Sebastián nos enseña que el verdadero soldado de Cristo no huye del combate ni se avergüenza del Evangelio.”
