
Historia
San Teodosio nació hacia el año 423 en Capadocia, en una aldea llamada Marisa o Magariaso, en una época decisiva para el monaquismo oriental. Desde joven fue dotado de gran inteligencia y profundo amor por la Sagrada Escritura. Mientras ejercía como lector de las divinas letras, oyó interiormente la voz de Dios que, como a Abraham, le pedía dejar su patria y su familia. Obedeciendo con prontitud, partió hacia Palestina para venerar los Santos Lugares y entregarse por completo a Cristo.
En su camino pasó junto a la columna de San Simeón Estilita, quien, sin conocerlo, lo llamó por su nombre y le profetizó que sería padre y guía de innumerables monjes. Confirmado en su vocación, Teodosio llegó a Jerusalén y, tras un tiempo de peregrinación y oración, abrazó la vida monástica bajo la dirección del anciano recluso Longino, formándose en la obediencia, la oración continua y la mortificación del cuerpo.
Llevó durante años una vida de extrema austeridad: ayunos prolongados, alimento frugal, silencio y oración incesante, hasta el punto de que sus labios seguían rezando aun mientras dormía. Su fama de santidad atrajo discípulos, y retirándose a la gruta llamada Catisma, antigua morada de los Reyes Magos, comenzó a formar una pequeña comunidad. Allí enseñaba sobre todo con el ejemplo y mantenía viva en los monjes la memoria de la muerte como medio de perseverancia en la virtud.
Por inspiración divina fundó un gran monasterio cenobítico cerca del torrente Cedrón, dando origen a una verdadera ciudad monástica, donde se vivía en común la oración, el trabajo y la caridad. Acogía pobres, peregrinos, enfermos y sacerdotes ancianos, sirviéndolos como si fueran Cristo mismo. Dios bendijo esta caridad con milagros abundantes, como la multiplicación de los panes en tiempos de escasez.
San Teodosio fue amigo íntimo de San Sabas, y juntos se convirtieron en columnas del monaquismo oriental. Hacia el año 492, el patriarca de Jerusalén lo nombró Cenobiarca, es decir, cabeza de todos los monjes que vivían en comunidad. Gobernaba con humildad, mansedumbre y firmeza, corrigiendo más con el ejemplo que con palabras, y manteniendo una regla rigurosa de oración, silencio y disciplina.
En los años de la herejía monofisita, bajo el emperador Anastasio I (491–518), San Teodosio se alzó como valiente defensor de la fe católica y del Concilio de Calcedonia. Rechazó honores y dádivas imperiales, repartiendo las limosnas a los pobres y proclamando públicamente la verdad. En el año 513, junto a San Sabas, sostuvo a los fieles y obispos perseguidos, aun a costa del destierro.
Ya anciano, continuó predicando la fe verdadera con celo apostólico. Tras la muerte del emperador perseguidor, volvió triunfante del destierro. Pasó los últimos once años en profunda penitencia, aceptando con paciencia una dolorosa enfermedad, sin pedir alivio, convencido de que el sufrimiento purifica el alma y prepara para la gloria eterna.
San Teodosio murió en paz hacia el año 529, a la edad de 105 años, después de haber enviado al cielo a cientos de discípulos. Su muerte estuvo acompañada de numerosos milagros, y su tumba se convirtió en lugar de veneración. La Iglesia lo honra el 11 de enero como modelo de vida común, fortaleza doctrinal y abandono total en Dios.
Lecciones
1. Obedecer sin demora a la voz de Dios: aun cuando implique dejarlo todo.
2. La santidad se forja: en la oración, el sacrificio y la vida disciplinada.
3. La caridad auténtica nunca empobrece: porque confía plenamente en la Providencia Divina.
4. La fe verdadera debe defenderse: con valentía, incluso frente al poder y la persecución.
“San Teodosio Cenobiarca nos enseña que quien confía sin reservas en Dios nunca carece de lo necesario para cumplir su misión.”
