
Historia
Santa Inés, virgen y mártir, sufrió el martirio en Roma hacia el año 304, durante la cruel persecución del emperador Diocleciano. Aunque su nombre verdadero se desconoce, el nombre de Inés expresa con profundidad su vocación: según la etimología griega evoca la inmolación, y según la latina, la inocencia del cordero. Desde su juventud fue contada entre las santas más ilustres de los primeros siglos, y su nombre quedó inscrito para siempre en el Canon de la Santa Misa.
Joven estudiante, de noble familia romana, fue solicitada en matrimonio por el hijo del prefecto Sinfronio. El joven, prendado de su belleza y virtud, intentó conquistarla con joyas, palacios y riquezas. Pero Inés rechazó todo con firmeza sobrenatural, confesando sin temor que ya estaba prometida a otro Esposo, Jesucristo, cuyas riquezas superaban infinitamente las del mundo y cuya alianza había sellado con el anillo de la fe.
En una respuesta admirable por su fuerza espiritual, Inés proclamó que Cristo había marcado su frente con su signo, que jamás admitiría otro amante y que permanecía casta por amor a Él. Declaró que su Esposo tenía por servidores a los ángeles, que sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos, y que, amándolo, permanecía pura, abrazándolo conservaba la virginidad y uniéndose a Él daría fruto espiritual sin dolor.
Al descubrir que Inés era cristiana, Sinfronio la hizo comparecer ante su tribunal. Allí la virgen, lejos de intimidarse, respondió con serenidad y santa ironía a las amenazas. Rechazó ofrecer sacrificios a los dioses paganos y proclamó con claridad que los ídolos eran piedras sin vida, mientras que el verdadero Dios habita en los cielos. Su juventud no fue obstáculo para su sabiduría, pues —como ella misma dijo— Dios no mira los años, sino la disposición del alma.
Amenazada con ser enviada a una casa de prostitución, Inés confesó su confianza total en Cristo, afirmando que un ángel del Señor guardaba su cuerpo consagrado. Y así ocurrió: al entrar en aquel lugar de ignominia, fue rodeada por una luz celestial que la hizo invisible, y recibió un vestido milagroso como signo de la protección divina. Aquella morada de pecado se transformó en casa de oración, y quienes entraban quedaban sobrecogidos por la presencia de Dios.
El hijo del prefecto, movido por soberbia, entró sin reverencia y cayó muerto al intentar tocar a la virgen. A petición del propio Sinfronio, Inés oró y el joven resucitó, confesando públicamente que solo hay un Dios verdadero. Este prodigio no convirtió a los sacerdotes paganos, que incitaron al pueblo contra la santa, acusándola de hechicería y exigiendo su muerte.
Arrojada a una gran hoguera, las llamas se apartaron de su cuerpo y se volvieron contra la multitud, mientras Inés alababa a Dios en medio del fuego, proclamando que ya veía lo que había creído y abrazaba lo que había deseado. Finalmente, para aplacar al pueblo, el juez ordenó que fuese atravesada con una espada en la garganta, consumando así su martirio como virgen y esposa de Cristo.
Tras su muerte, Dios glorificó a su sierva con apariciones y milagros. Se apareció a sus padres acompañada de vírgenes y de un cordero resplandeciente, asegurándoles que estaba unida eternamente a Cristo. Por su intercesión fue curada la princesa Constancia, hija del emperador Constantino, quien mandó edificar un templo en su honor. Desde entonces, Santa Inés es venerada como modelo supremo de virginidad, fortaleza y amor esponsal a Cristo.
Lecciones
1. La virginidad consagrada es una entrega real y fecunda
Santa Inés enseña que la virginidad ofrecida a Cristo no es pérdida, sino alianza nupcial con el Esposo eterno.
2. La fe verdadera no negocia con el mundo
Ni promesas ni amenazas pudieron apartarla de la verdad, mostrando que la fidelidad a Cristo exige firmeza absoluta.
3. Dios protege a quienes se consagran totalmente a Él
La custodia angélica de Inés manifiesta que el Señor defiende el cuerpo y el alma ofrecidos con pureza.
4. El martirio es victoria, no derrota
Su muerte no fue fracaso, sino coronación gloriosa y semilla de conversión para la Iglesia naciente.
“Santa Inés nos enseña que quien se entrega sin reservas a Cristo vence al mundo, al pecado y a la muerte, y alcanza el Cielo.”
