
Historia
En la ciudad de Bresia, en los confines de Lombardía, florecieron en el siglo II dos hermanos de ilustre prosapia: Faustino y Jovita. Descendientes de noble familia, abandonaron toda vanagloria humana para convertirse en celosos predicadores de la única verdadera fe, la de Nuestro Señor Jesucristo. Siempre juntos en el apostolado, siempre unidos en la confesión del Nombre santo, anunciaban con libertad cristiana aquello que el mundo pagano no quería oír: que sólo Cristo es Dios.
Durante una persecución encarnizada, el obispo San Apolonio, oculto prudentemente, los llamó a su retiro y les confirió las sagradas órdenes: a Faustino, sacerdote; a Jovita, diácono. Aquella gracia no apagó su celo, sino que lo encendió aún más. El fuego del sacerdocio y del diaconado los hizo más ardientes predicadores del Evangelio, sin temor a las amenazas de los poderosos.
Gobernaba entonces Itálico, pagano fanático, quien acudió al emperador Adriano para denunciar que los cristianos apartaban al pueblo del culto de los falsos dioses. Adriano, aunque diplomático, mantenía la antigua jurisprudencia que consideraba sospechoso el solo nombre de cristiano. Dio amplios poderes para obligarlos a sacrificar o exterminarlos. Así comenzó la lucha abierta contra los dos hermanos.
Llevados ante el gobernador y luego ante el mismo emperador, se les exigió ofrecer sacrificio al sol. La respuesta fue firme y serena: adoraban al único Dios verdadero, Creador del cielo y de la tierra. Cuando fueron conducidos al templo del Sol, invocaron al Señor, y la estatua idolátrica quedó cubierta de negrura y terminó desmoronándose en polvo ante todos. El poder de Cristo humilló la vanidad pagana.
Irritado, Adriano los condenó a las fieras. En el anfiteatro, cuatro leones salieron rugiendo… pero en vez de despedazarlos, inclinaron sus cabezas ante los mártires. Lo mismo sucedió con los leopardos y aun con los osos enfurecidos. Las fieras se mostraron más mansas que el emperador. Muchos paganos, al ver tales prodigios, glorificaron al Dios de Faustino y Jovita.
Entre los convertidos estuvo Calocero, ministro imperial, junto con otros oficiales. Recibieron el bautismo y sellaron su fe con la sangre. Los mártires fueron también arrojados al fuego, pero salieron ilesos como los tres jóvenes del horno de Babilonia. En la cárcel, los ángeles los confortaban. Ni el hambre ni las amenazas pudieron quebrantar su constancia.
Tras nuevos tormentos en diversas ciudades, incluso arrojados al mar del cual salieron milagrosamente, fueron finalmente devueltos a Bresia. El pueblo cristiano los recibió con lágrimas de gozo; pero el conde Aureliano ordenó nuevamente su arresto. Exhortados una vez más a sacrificar, respondieron que estaban preparados para morir antes que negar a Cristo.
Condenados a la decapitación, fueron conducidos fuera de la ciudad, por el camino de Cremona. Allí, puestos de rodillas, ofrecieron su vida al Señor. La espada selló su testimonio el 15 de febrero, hacia el año 120. Bresia los venera como patronos y conserva sus reliquias, memoria gloriosa de su fidelidad hasta la muerte.
Lecciones
1. La fe no se negocia Ante halagos, amenazas o tormentos, jamás aceptaron sacrificar a los ídolos. Nos enseñan que la verdad revelada por Cristo no admite componendas con el error.
2. La unidad en el apostolado fortalece la perseverancia: Siempre juntos: en la predicación, en el juicio y en el martirio. La comunión fraterna en la fe es baluarte contra la persecución.
3. Dios glorifica a quienes lo confiesan públicamente: Las fieras amansadas y los ídolos destruidos muestran que el Señor no abandona a quienes lo defienden ante el mundo.
4. El martirio es victoria, no derrota: La espada que los decapitó no fue fracaso, sino triunfo eterno. Perdieron la vida temporal y ganaron la corona imperecedera
“Santos Faustino y Jovita hermanos mártires enseñan que la Fe firme en Jesucristo Vence al mundo y Conduce al Cielo.”
