El Fiel: Testigo y Oferente junto al Sacerdote

El lugar del fiel en el drama litúrgico

Cuando se habla de la Misa tradicional, algunos podrían pensar que el fiel ocupa un papel secundario, casi pasivo. Sin embargo, el Libro El Drama Litúrgico del Licenciado Pablo Marini lo aclara con fuerza: “El fiel no es un mero espectador; participa uniendo su vida al sacrificio del altar”.

Esto significa que la liturgia no es solo “del sacerdote”, sino que implica a toda la Iglesia. Cristo es el oferente principal; el sacerdote actúa en su nombre; y los fieles se unen espiritualmente, ofreciendo también sus vidas al Padre.

Así, la Misa es un misterio de comunión: Cristo se entrega, el sacerdote lo ofrece, y el pueblo se asocia a esa ofrenda.

El fiel como testigo del Sacrificio

El Libro afirma: “El fiel es testigo del Sacrificio, porque contempla el drama litúrgico y se deja transformar por él”.

Asistir a la Misa no es lo mismo que asistir a un espectáculo humano. El fiel no “mira” para entretenerse, sino que contempla un misterio que lo toca personalmente. Es como estar al pie del Calvario, viendo con los ojos de la fe lo que sucede en el altar.

Este testimonio silencioso es ya participación: el fiel se deja penetrar por la grandeza de lo que acontece y guarda en su corazón lo que contempla.

El fiel como oferente junto al sacerdote

El Libro es claro: “La participación activa del laico consiste en ofrecerse con Cristo y con el sacerdote”.

Esto significa que el fiel no se limita a “ver”, sino que se convierte en oferente. Su vida entera —trabajos, penas, alegrías, familia— se coloca espiritualmente sobre el altar para ser ofrecida junto con la Víctima divina.

De esta manera, la Misa es también sacrificio del pueblo: no en el mismo grado ni modo que el sacerdote, pero sí en una unión real y profunda con la ofrenda de Cristo.

El sentido profundo de la participación activa

El libro señala: “La participación activa no consiste en multiplicar palabras, sino en unirse interiormente al sacrificio”.

Esto corrige una visión superficial: no es más “activo” quien habla más, sino quien se une más profundamente al misterio. La verdadera actividad es espiritual: ofrecer, adorar, unirse.

Por eso, en la Misa Tridentina, aunque los fieles a veces permanecen en silencio, su corazón está ardiendo de oración. Su participación es más profunda que cualquier palabra exterior.

Cada signo litúrgico como invitación al fiel

El Libro subraya: “Cada signo de la liturgia invita al fiel a entrar en el misterio de la Redención”.

Los gestos del sacerdote, los silencios, el incienso, las genuflexiones, todo está lleno de significado. No son ornamentos vacíos, sino signos visibles que llaman al alma a contemplar y unirse al sacrificio.

El fiel que aprende a leer esos signos descubre que cada detalle es catequesis viva: todo conduce al sacrificio de Cristo.

El fiel y la comunión espiritual

El Libro recuerda que la comunión del fiel no se limita al momento de recibir la hostia consagrada. Dice: “La comunión comienza ya cuando el fiel ofrece su corazón en unión con la Víctima”.

Esto quiere decir que, aunque el momento culminante sea la Sagrada Comunión, toda la Misa es comunión espiritual. El fiel vive en unión con el sacrificio, y su alma se prepara para recibir a Cristo en la Eucaristía.

El silencio del fiel: participación interior

El Libro enfatiza: “El silencio del fiel no es pasividad, sino ofrenda interior”.

El silencio en la Misa Tridentina es parte de la participación. Mientras el sacerdote reza en voz baja, los fieles oran en silencio, ofreciendo su vida. Es un silencio fecundo, que habla más que mil palabras.

Este silencio enseña al fiel a recogerse, a contemplar, a vivir de manera interior lo que exteriormente se desarrolla en el altar.

El fiel como miembro del Cuerpo Místico

El Libro recuerda: “El fiel participa porque es miembro del Cuerpo Místico de Cristo, y el sacrificio de la Cabeza es también sacrificio de los miembros”.

Esto significa que la unión no es simbólica, sino real: Cristo es la Cabeza, la Iglesia es su Cuerpo. Cuando la Cabeza se ofrece, también los miembros participan en esa ofrenda.

Por eso, la Misa es el acto más importante de la Iglesia: en ella, toda la comunidad, unida a Cristo, se ofrece al Padre.

El fiel y la Virgen María al pie del altar

El Libro hace una referencia hermosa: “El fiel está al pie del altar como María al pie de la Cruz”.

Esto quiere decir que la actitud del fiel debe ser la de la Virgen: silencio, adoración, unión, ofrecimiento. María no pronunció discursos en el Calvario; simplemente estuvo, ofreció, amó.

Así también el fiel: su participación es un “estar con María” al pie de la Cruz, participando del sacrificio de Cristo.

Los frutos espirituales de la participación del fiel

El Libro enseña: “El fiel que participa en el sacrificio obtiene gracias abundantes: humildad, caridad, fortaleza, unión con Dios”.

En efecto, la unión al sacrificio transforma la vida del cristiano. Lo hace humilde, porque reconoce su pequeñez ante Dios. Lo hace caritativo, porque ofrece también por los demás. Lo hace fuerte, porque se nutre de la gracia del sacrificio.

Cada Misa es una fuente de santidad para el fiel que participa con fe y amor.

El fiel en la vida diaria

El libro insiste: “La participación no termina en el templo; el fiel debe prolongar en su vida lo que celebró en el altar”.

Esto significa que la Misa no es solo un acto dominical, sino el centro de toda la vida. El fiel que ha ofrecido su vida en la Misa debe seguir viviendo esa ofrenda en su trabajo, en su familia, en su sufrimiento.

La vida entera se convierte en liturgia, cuando se vive unida al sacrificio de Cristo.

El fiel, oferente y testigo del sacrificio

El Drama Litúrgico enseña: “El fiel no es un simple espectador, sino oferente junto con el sacerdote y con Cristo”.

Esto significa que el laico no permanece pasivo en la Misa, pues participa con su sacerdocio bautismal en el sacrificio de toda la Iglesia. El sacerdote ordenado lo realiza sacramentalmente en el altar, y el fiel se une interiormente con fe y amor.

El fiel es testigo, porque contempla con los ojos de la fe lo que ocurre en el altar, como María y San Juan al pie de la Cruz; y es oferente, porque presenta su vida, sus trabajos y sufrimientos en unión con la Víctima divina. Conviene recordar, sin embargo, que en la Santa Misa la única ofrenda con valor redentor es la del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, ofrecidos por el sacerdote in persona Christi. La participación del fiel consiste en unirse espiritualmente a esa ofrenda perfecta, poniendo sobre el altar su oración, su vida y su sacrificio, que sólo tienen sentido en cuanto están unidos al Sacrificio de Cristo.

Así, cada Misa transforma al fiel en alma sacerdotal, llamada a vivir en comunión con Cristo y a prolongar en su vida diaria el espíritu del sacrificio.

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