
Tesoro Escondido
San Leonardo de Porto-Maurizio, en su obra El Tesoro Escondido de la Santa Misa, nos abre los ojos a un misterio tan grande que apenas podemos comprenderlo: la Santa Misa es el mismo sacrificio del Calvario, ofrecido de manera incruenta en nuestros altares. Cada Misa tiene un valor infinito, porque no es otra cosa que la renovación sacramental del sacrificio de Cristo.
El santo franciscano lo explica con claridad: “El sacrificio de la Misa es esencialmente el mismo que se ofreció en el Calvario, con la sola diferencia de que allí fue sangriento, y aquí incruento”. Esta verdad es el fundamento de toda la vida cristiana, pues en cada Misa se derraman de nuevo sobre el mundo los méritos infinitos del Redentor.
El sacrificio del Calvario hecho presente
San Leonardo insiste una y otra vez: “La Misa es el sacrificio del Gólgota perpetuado sobre la tierra hasta el fin de los siglos”. Cuando el sacerdote se acerca al altar, no repite un rito vacío, sino que entra en el mismo misterio del Viernes Santo. Cristo vuelve a ofrecerse al Padre, no muriendo de nuevo, sino haciéndose presente con la misma inmolación de la Cruz.
De aquí se sigue que cada Misa glorifica a Dios de un modo infinito. Ninguna obra humana, por santa que sea, puede compararse con este acto. El santo lo expresa de forma contundente: “Una sola Misa da a Dios más gloria que todas las obras de los santos, más que todos los martirios, más que todas las penitencias”.
La gloria de Dios en la Santa Misa
El alma que medita estas palabras comprende algo inmenso: cuando asiste a la Misa, está participando en el acto supremo de glorificación de Dios. Ni el cántico de los ángeles ni las obras heroicas de los mártires pueden igualar el valor de un solo Santo Sacrificio.
San Leonardo explica que la razón es simple: en la Misa, quien actúa es Cristo mismo. El sacerdote presta su voz, sus manos y su persona, pero es Jesús quien ofrece y se ofrece. Por eso, la Misa es “la obra de Dios por excelencia”, y en ella se cumple lo que dice la Escritura: “Tú eres sacerdote eterno, según el orden de Melquisedec”.
Un tesoro inagotable para el alma
La consecuencia práctica es clara: cada alma encuentra en la Misa un tesoro inagotable para su salvación. San Leonardo lo dice con ternura y fuerza: “No hay medio más eficaz para salvarse que oír la Santa Misa devotamente”.
¿Por qué? Porque en la Misa se aplican al alma los frutos de la Pasión de Cristo. El Calvario no queda lejos ni perdido en la historia, sino que se actualiza para cada fiel que se acerca con fe. Allí se obtiene perdón, fortaleza, gracia, luz y consuelo.
El santo anima al cristiano sencillo: “El que asiste a una Misa con devoción, recoge más méritos que si repartiera todas sus riquezas a los pobres o hiciera largas peregrinaciones”. La Misa es el camino más directo y seguro hacia el cielo.
El valor de una sola Misa
San Leonardo insiste con ejemplos que sorprenden y conmueven. Enseña que “una sola Misa glorifica a Dios más que si todos los hombres se hicieran santos de repente”. Y añade: “Una sola Misa, oída con devoción, tiene más valor que todas las limosnas que se pudieran dar, más que todos los ayunos más rigurosos”.
Esto no significa despreciar las buenas obras, sino colocarlas en su justo lugar. Las obras son necesarias, pero la Misa es superior, porque en ella no ofrecemos algo nuestro, sino que ofrecemos al mismo Cristo.
El santo llega a afirmar: “Si los hombres conocieran el valor de la Santa Misa, se necesitarían ejércitos enteros de policías para contener la multitud que llenaría las iglesias”. Esta frase, cargada de fuego apostólico, quiere despertar en nosotros un santo deseo: no dejar pasar un solo día sin acudir a la Misa.
El alma sacerdotal de cada fiel
San Leonardo enseña que el fiel no debe limitarse a asistir como espectador. “Todos los cristianos son llamados a ofrecerse con Cristo”, escribe. Así como María estuvo al pie de la Cruz, cada fiel está llamado a unirse al sacrificio del altar, ofreciendo su vida, su trabajo y sus penas en unión con la Víctima divina.
Este es el verdadero sentido de la participación activa: no distraerse, no estar en el templo solo de cuerpo presente, sino unirse con fe y amor al sacrificio que se renueva. De esta manera, la Misa no solo salva al mundo, sino que transforma el corazón del creyente en “alma sacerdotal”.
La Misa: mayor tesoro que el cielo mismo
San Leonardo llega a decir algo asombroso: “La Santa Misa tiene un valor mayor que el mismo cielo, porque el cielo es efecto, y la Misa es la causa”. Lo que quiso expresar con esta frase es que todo lo que gozaremos en la gloria —la visión de Dios, la felicidad eterna— proviene del sacrificio de Cristo, y este sacrificio se actualiza en cada Misa.
Así comprendemos que la Misa es el centro del universo, el sol que ilumina la Iglesia, la fuente de donde brotan todas las gracias. El mundo subsiste porque se celebra la Misa; sin ella, la tierra estaría ya perdida
Un llamado a redescubrir la Misa
Ante este tesoro escondido, San Leonardo lanza un llamado ardiente: “Oh cristianos, amad la Santa Misa, procurad oírla todos los días si podéis, porque de ella depende vuestra salvación”. Sus palabras son un eco del amor inmenso que tenía por el Sacrificio del altar.
El santo mismo daba ejemplo: celebraba la Misa con tal devoción que muchos testigos decían haber sentido en su presencia el mismo Calvario. Sus lágrimas, sus silencios y su recogimiento predicaban más que mil sermones.
Hoy, en un mundo lleno de distracciones y superficialidad, su mensaje resuena más fuerte que nunca: volver al altar, redescubrir el valor infinito de la Misa, vivir de ella y para ella.
Una verdad central
El Tesoro Escondido de San Leonardo de Porto-Maurizio nos recuerda una verdad central: cada Misa tiene un valor infinito, porque es el mismo sacrificio del Calvario hecho presente. Una sola Misa glorifica más a Dios que todas las obras de los santos y abre al alma un océano de gracias.
Quien comprende esto no vuelve a mirar la Misa con indiferencia. Cada día que se acerca al altar, descubre un tesoro eterno que le pertenece, porque Cristo se entrega nuevamente por su salvación.
“¡Oh cristiano! —dice San Leonardo—, si supieras lo que es la Misa, morirías de amor”.