San Sabino de Asís: Obispo Mártir y Testigo Invencible de la Verdad de Cristo

Historia

San Sabino fue obispo de Asís a comienzos del siglo IV, en uno de los períodos más crueles de persecución contra la Iglesia, desatada por los emperadores Diocleciano y Maximiano. En aquellos años, el poder imperial se había convertido en instrumento de odio contra el nombre cristiano, obligando a los fieles a sacrificar a los ídolos bajo amenaza de muerte.

Promulgado el edicto de persecución en el año 303, Maximiano Hérculeo ordenó que todos los cristianos fueran arrestados y forzados a ofrecer sacrificios a los dioses paganos. En cumplimiento de estas órdenes, el prefecto Venustiano inició una búsqueda sistemática de los fieles en Umbría, y pronto fue descubierto San Sabino, célebre por su elocuencia y por su vida santa.

Conducido prisionero a Asís junto a sus diáconos Exuperancio y Marcelo, San Sabino compareció ante el tribunal. Al ser interrogado sobre su identidad, respondió con humildad: “Yo soy Sabino, pecador, colmado de la gracia de nuestro Señor Jesucristo”. Confesó sin temor su condición de obispo y siervo de Cristo, rechazando toda adoración a los falsos dioses.

En el curso del juicio, el prefecto mandó traer una estatua de Júpiter, ricamente adornada, y desafió al santo a reconocerla como divinidad. San Sabino, después de orar brevemente, tomó la estatua y la arrojó al suelo, reduciéndola a pedazos, demostrando la impotencia de los ídolos frente al Dios verdadero. Este acto provocó la furia del juez.

Como castigo, San Sabino fue cruelmente mutilado: le amputaron ambas manos ante la multitud. A pesar del dolor extremo, consoló a sus diáconos, exhortándolos a no temer los tormentos y a confiar en la corona eterna prometida por Cristo. Poco después, Exuperancio y Marcelo fueron sometidos a atroces suplicios y arrojados muertos al río, sellando su martirio.

En la cárcel, una piadosa viuda llamada Serena recogió las manos amputadas del obispo y cuidó de él. Por medio de la oración de San Sabino, Dios obró un gran milagro: un sobrino ciego de Serena recobró la vista. Este prodigio llevó a la conversión y al bautismo de varios presentes, manifestando la fuerza de la fe incluso en la prisión.

El prefecto Venustiano, aquejado luego por una grave enfermedad de los ojos, mandó llamar a San Sabino. El santo lo exhortó a la penitencia y a la fe en Jesucristo. Tras recibir el bautismo, Venustiano recuperó milagrosamente la vista, pero poco después fue ejecutado por orden imperial junto con su familia.

Finalmente, San Sabino fue azotado bárbaramente hasta la muerte en Espoleto. Su cuerpo fue sepultado junto con sus manos amputadas, y su martirio quedó consignado en las actas auténticas de la Iglesia. El Martirologio Romano celebra su memoria el 30 de diciembre, junto a sus compañeros mártires.

Lecciones

1. La verdad de Cristo no se negocia
San Sabino enseña que ningún poder humano, por violento que sea, puede obligar al cristiano a renegar de la verdad revelada.

2. La fe sencilla vence a los ídolos del mundo
Al destruir la estatua de Júpiter, el santo mostró que toda idolatría es vana frente al poder del Dios vivo.

3. El pastor verdadero da la vida por sus ovejas
Incluso mutilado y encarcelado, San Sabino sostuvo y fortaleció a sus diáconos y a los fieles con palabras de esperanza eterna.

4. El sufrimiento ofrecido puede convertir los corazones
Su martirio fue instrumento de conversión, llevando incluso a su perseguidor a la fe y al bautismo.

“San Sabino nos enseña que la fidelidad a Cristo vale más que la vida, y que ningún tormento puede vencer al que confía en el Dios.

Fuentes: FSSPX

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