
Historia
San Macario Alejandrino, llamado el Mozo para distinguirlo de San Macario el Grande, nació en Alejandría y pasó gran parte de su vida en el mundo antes de recibir el Bautismo, que recibió recién a los cuarenta años. Ejercía el humilde oficio de vendedor de dulces y frutos entre los habitantes de la ciudad. Pero Dios, que mira el corazón más que las apariencias, encendió en él un deseo ardiente de conversión radical, penitencia y soledad, llamándolo a dejarlo todo para buscarle en el silencio del desierto.
Impulsado por esta gracia, abandonó la ciudad y se dirigió a la Tebaida para encontrarse con San Antonio Abad. Aquel encuentro marcó decisivamente su vida: el patriarca del monacato, reconociendo la obra del Espíritu Santo en su alma, profetizó que Macario recibiría grandes gracias. Desde entonces, San Macario eligió la vida anacorética, retirándose a las regiones más inhóspitas entre Nitria y Esitia, donde el hombre vive solo ante Dios, sin otro apoyo que la fe y la oración.
Como verdadero anacoreta, habitó en soledad extrema, en cuevas y celdas apartadas, lejos de todo consuelo humano. Allí llevó una vida de austeridad heroica: ayunos prolongados, vigilias continuas, durísimas mortificaciones corporales y un combate constante contra el demonio. Su existencia se convirtió en una liturgia silenciosa ofrecida a Dios, donde cada sufrimiento era asumido como penitencia y reparación.
Aunque abrazó la soledad, su santidad atrajo a otros. Sin abandonar su vocación anacorética, fundó el primer monasterio en el desierto de Esitia, sirviendo de guía espiritual a quienes buscaban a Dios, pero retirándose siempre que la fama amenazaba perturbar su unión interior con el Señor. Su autoridad no provenía de palabras, sino de la radicalidad de su vida escondida.
Dios confirmó su fidelidad con numerosos milagros. Sanó enfermos, expulsó demonios y consoló a los afligidos. Cuando el demonio intentó tentarlo con la vanagloria y el orgullo espiritual, Macario lo humilló cargando pesados sacos de arena bajo el sol del desierto, enseñando que la humildad es el arma más eficaz contra el enemigo del alma.
Vivió más de sesenta años en el yermo, perseverando hasta la vejez en la vida anacorética sin buscar alivio ni reconocimiento. Su corazón permaneció siempre desprendido del mundo, fijo únicamente en Dios, a quien servía en el silencio, la penitencia y la oración continua.
Murió en paz hacia fines del siglo IV, dejando a la Iglesia el ejemplo luminoso de un anacoreta consumido por el amor de Cristo, testigo de que la soledad vivida con Dios fecunda silenciosamente a toda la Iglesia.
Lecciones
1. Nunca es tarde para convertirse: San Macario nos enseña que la gracia puede transformar una vida en cualquier momento, incluso después de muchos años en el mundo.
2. La penitencia purifica el alma: Su vida muestra que el combate espiritual serio exige sacrificio, dominio del cuerpo y perseverancia constante.
3. La humildad vence al demonio: Macario derrotó las tentaciones no con exhibiciones externas, sino humillándose y reconociendo su total dependencia de Dios.
4. La santidad fecunda a la Iglesia: Desde la soledad del desierto, su vida dio origen a monasterios, conversiones y una herencia espiritual que perdura hasta hoy.
“San Macario Alejandrino nos enseña que quien muere al mundo por amor a Cristo, comienza ya en la tierra a vivir para el Cielo.”
