
Historia
Pedro Angelario, conocido luego como Pedro Murón y finalmente como el Papa Celestino V, nació en 1215 en Isernia, Italia, en el seno de una familia de once hermanos bendecida por el temor de Dios. Desde su juventud, su alma suspiraba por la vida eremítica, y tras un breve paso por el monasterio, se retiró a las cuevas del monte Murón. Allí, en la más absoluta austeridad, fundó la orden de los Celestinos, dejando por escrito su propia vida no por vanagloria, sino para que sus hijos espirituales encontraran en sus luchas un camino de edificación y perseverancia en la virtud.
La vida de Pedro era una oración continua, marcada por ayunos rigurosos y el estudio de las cosas celestiales, hasta que la Iglesia, tras dos años de sede vacante, puso sus ojos en aquel anciano ermitaño. Una delegación de altos dignatarios ascendió la montaña para comunicarle que había sido elegido Sumo Pontífice; Pedro, horrorizado ante la magnitud de la carga, intentó huir, pero finalmente aceptó por obediencia. Bajó de su retiro montado en un humilde asno, escoltado por reyes, para ser coronado como el vicario de Cristo en la tierra bajo el nombre de Celestino V.
Sin embargo, el palacio pontificio no era el lugar para un alma forjada en la soledad del desierto. Abrumado por las intrigas políticas y sintiendo que su falta de experiencia en el gobierno perjudicaba a la Iglesia, Pedro tomó una decisión sin precedentes: tras consultar a expertos en derecho, abdicó del pontificado apenas cinco meses después de su elección. Aquel acto de desprendimiento heroico, lejos de ser una debilidad, fue la máxima expresión de un hombre que amaba más la salvación de su propia alma y el bien de la cristiandad que el honor de ser el hombre más poderoso del mundo.
Tras su renuncia, Pedro anhelaba regresar a su cueva, pero el nuevo Papa, Bonifacio VIII, temiendo que los enemigos de la Iglesia usaran al antiguo pontífice para causar un cisma, ordenó su detención. El santo ermitaño fue capturado cuando intentaba cruzar el mar y conducido al castillo de Fumone. Allí, el que había sido el sucesor de San Pedro fue encerrado en una celda estrecha y custodiado como un prisionero; lejos de quejarse, Pedro exclamó con alegría que siempre había deseado una celda cerrada para orar, viendo en su cárcel el cumplimiento de su más antiguo anhelo.
Incluso en su cautiverio, la gloria de Dios resplandecía a través de él. Se cuenta que los soldados encargados de vigilarlo, al espiar por las rendijas de su celda durante la elevación de la Santa Misa, lo veían en éxtasis, suspendido en el aire y con el rostro radiante como el sol. Pedro conocía por revelación divina los sucesos lejanos, y en una ocasión celebró una misa de réquiem muy temprano para liberar del purgatorio el alma de un amigo cuya muerte le había sido anunciada por Dios en ese mismo instante, demostrando que su unión con el cielo no conocía de rejas ni muros.
Nueve meses vivió el santo prisionero en Fumone, redoblando el rigor de sus austeridades a medida que sentía aproximarse su fin. La enfermedad y el agotamiento no pudieron acallar su espíritu de alabanza; un domingo, tras celebrar su última misa, se sintió completamente exhausto y recibió con fervor los santos sacramentos. Su agonía no fue de tristeza, sino de expectación gozosa, manteniendo sus labios ocupados en la recitación de los salmos de David, que habían sido el alimento de su alma durante décadas de soledad y retiro.
Sus últimas palabras antes de entregar su espíritu fueron el verso final de los salmos: “Omnis spiritus laudet Dominum” (Todo espíritu alabe al Señor). El 19 de mayo de 1296, Pedro Celestino voló a la patria eterna, dejando el mundo de las sombras por la luz que no conoce ocaso. Su canonización en 1313 por Clemente V confirmó que aquel humilde ermitaño, que había preferido una celda a un trono, era en verdad uno de los tesoros más grandes que Dios había regalado a su Iglesia para ejemplo de los siglos venideros.
Hoy, San Pedro Celestino se alza como el patrón de quienes buscan a Dios en el silencio y de aquellos que saben renunciar a todo por fidelidad a su conciencia. Su vida es una lección de desapego radical: supo ser Papa sin soberbia y prisionero sin amargura, entendiendo que el único lugar donde el alma es verdaderamente libre es en el cumplimiento de la voluntad divina. Que su intercesión nos alcance la gracia de amar la humildad y de buscar, por encima de todos los honores de la tierra, la corona de gloria que Dios reserva a sus siervos más pequeños.
Lecciones
1. La Humildad en las Alturas: San Pedro enseña que el poder y los honores del mundo son cargas pesadas que solo deben aceptarse por obediencia, y que la verdadera dignidad del cristiano no depende de los títulos, sino de la pureza de intención ante Dios.
2. El Valor de la Renuncia: Su ejemplo nos instruye en que es mejor abandonar un cargo de gran importancia si se reconoce que no se posee la aptitud necesaria, prefiriendo siempre el bien de las almas y la paz de la propia conciencia antes que la vanidad del mando.
3. La Libertad del Alma Prisionera: San Pedro muestra que no hay cárcel que pueda encerrar a un corazón unido a Dios; él convirtió su injusto cautiverio en un retiro espiritual, enseñándonos a aceptar las contrariedades de la vida como oportunidades de oración.
4. La Perseverancia en la Alabanza: El santo enseña que hasta el último suspiro de vida debe ser un acto de adoración al Creador, usando la Sagrada Escritura como el lenguaje perfecto para comunicarse con el Rey de la Gloria en la hora de la muerte.
“San Pedro Celestino enseña que la máxima victoria del alma consiste en despreciar las grandezas de la tierra para abrazar la Humildad de la Cruz, encontrando en el Silencio y la Oración la Libertad de los Hijos de Dios.”
