
Historia
San Francisco Caracciolo. Nacido bajo el nombre de Ascanio el 13 de noviembre de 1563 en Villa Santa María, en el seno de la más rancia nobleza napolitana, este bienaventurado niño dio destellos tempranos de su alto destino mediante una tiernísima devoción a la Santísima Virgen y una acusada inclinación a las mortificaciones voluntarias. Alejado por completo de los entretenimientos mundanos, su mayor delicia consistía en consagrar largas horas a la oración a solas, recitando con fervor el Santo Rosario y el oficio parvo, mientras custodiaba con celoso recato una angelical pureza y ejercitaba su caridad hacia los desvalidos.
Al cumplir los veintidós años, la Divina Providencia acrisoló su alma permitiendo que una horrible enfermedad, semejante a una asquerosa lepra, arrebatara repentinamente su juventud, belleza y fuerzas corporales. En medio de tan terrible tribulación, el joven noble elevó su mirada al Cielo y prometió solemnemente consagrarse por entero al servicio de Dios si era curado de aquella dolencia. Escuchada su oración, las llagas desaparecieron milagrosamente sin dejar el menor rastro, ante lo cual Ascanio, fiel a su promesa, distribuyó toda su cuantiosa fortuna entre los pobres y marchó a Nápoles para estudiar sagrada teología, siendo ordenado sacerdote en 1587 con un extraordinario fervor que lo llevó a ingresar en la cofradía de los Penitentes Blancos para asistir a los galeotes, menesterosos y condenados a muerte.
El año de 1588 marcó el inicio de su gran obra fundacional a través de un equívoco providencial: mientras oraba, recibió una carta dirigida a su nombre que en realidad correspondía a otro pariente, en la cual se le invitaba a reunirse con su tío Don Fabrizio y con el noble genovés Augusto Adorno para proyectar una nueva orden. Al presentarse e inclinarse incondicionalmente ante ellos, los caballeros reconocieron la indudable voluntad divina en aquel error postal y se retiraron juntos al convento de los camaldulenses para madurar el instituto en el silencio y la penitencia más rigurosa. Allí establecieron un turno diario donde uno ayunaba a pan y agua, otro tomaba la disciplina y un tercero llevaba el cilicio, instituyendo además la santa guardia de la adoración perpetua ante el Santísimo Sacramento, relevándose cada hora para desagraviar al Divino Prisionero del altar.
Con el fin de obtener la aprobación apostólica, Ascanio y Augusto emprendieron un viaje a pie hacia la Ciudad Eterna, mendigando el sustento diario de puerta en puerta y rechazando con humildad los dignos hospedajes que sus nobles parientes romanos les ofrecían. Aunque la comisión de tres cardenales nombrada por el Papa Sixto V manifestó reparos y rechazó unánimemente el articulado inicial del proyecto, los santos peregrinos perseveraron en humilde paciencia y oración durante dos meses. Finalmente, el 1 de julio de 1588, el Sumo Pontífice expidió la bula que instituía la orden de los clérigos regulares mínimos, regresando los fundadores a Nápoles con igual pobreza para emitir sus votos solemnes el 9 de abril de 1589, momento en el cual el santo tomó el nombre de Francisco por su extrema devoción al serafín de Asís.
Impulsados por un ardiente celo de almas, los fundadores emprendieron un penoso viaje a pie hacia España, donde tras sufrir severas oposiciones en la corte de Madrid y recibir el anuncio profético de un ermitaño en Valencia sobre el florecimiento de la orden, se embarcaron de regreso a Italia. Durante la travesía, una horrorosa tempestad amenazó con sepultar la nave en las entrañas del mar, pero las fatigosas e incesantes oraciones de Francisco y Augusto alcanzaron del Cielo la milagrosa salvación del navío. Para rehuir de las espontáneas muestras de veneración de la tripulación agradecida, los siervos de Dios se internaron en un dilatado bosque costero donde anduvieron errantes y desfallecidos durante cuatro días, hasta que el Señor multiplicó su providencia enviándoles una cabra y un pan moreno para restaurar sus exhaustas fuerzas.
Tras la santa muerte de Augusto Adorno en 1591, Francisco asumió por unánime aclamación el cargo de superior general, dignidad que aceptó únicamente con la condición de que el plazo no excediera los tres años, redoblando desde entonces sus ayunos a pan y agua tres veces por semana, sus disciplinas diarias y llevando el cilicio clavado en sus carnes, al punto de dormir frecuentemente sobre las gradas del altar cuando el sueño lo vencía en su vigilia de amor. En sus posteriores viajes a España, logró fundar conventos en Madrid, Valladolid y Alcalá de Henares, sirviendo personalmente a los enfermos en el Hospital Italiano y derrotando la furiosa oposición del Consejo Real mediante la oración y el heroico acto de postrarse a los pies del rey Felipe II y de su más acérrimo enemigo cortesano, quien se convirtió conmovido por su santidad.
Su vida fue un continuo testimonio de anonadamiento y sumisión; en cierta ocasión, al ser reprendido por su superior por haber saludado en alta voz a una imagen de la Santísima Virgen durante el tiempo de silencio, Francisco se postró de rodillas instantáneamente y permaneció en esa humilde actitud por más de una hora hasta recibir la orden de levantarse. Mientras la orden se extendía portentosamente y el santo realizaba innumerables milagros, sanando enfermos y expulsando demonios con la sola señal de la Cruz, su desprecio por las honras del mundo lo llevó a suplicar a sus hijos que le permitiesen vivir en un mísero rincón debajo de la escalera del convento de San Lorenzo in Lucina. Fue en ese humilde escondite, a imitación de San Alejo, donde rechazó con lágrimas la mitra y el pectoral que los delegados pontificios venían a ofrecerle, alegando la inminente brevedad de sus días.
En mayo de 1608, encaminó sus últimos pasos hacia Agnone para una nueva fundación, deteniéndose en Loreto donde pasó la noche entera en oración y recibió la celestial visión de su difunto compañero Augusto Adorno, quien le anunció que la Virgen María cubría la orden con su manto y que su muerte estaba muy cercana. Al llegar a su destino, cayó enfermo con una ligera calentura el 1 de junio y, sabiendo que la hora señalada había llegado, se incorporaba en el lecho exclamando con indecible júbilo: «¡Oh paraíso, oh paraíso!». La víspera de la festividad del Corpus Christi, el 4 de junio de 1608, a la temprana edad de 44 años, tras recibir con gozo el santo viático y estrechar contra su pecho el Santo Cristo y la imagen de su Madre celestial, pronunció sus últimas palabras: «Vamos, alma mía, vamos al cielo», entregando plácidamente su alma a la divina bondad.
Lecciones
1. La aceptación providencial de la enfermedad: San Francisco Caracciolo nos enseña que las pruebas físicas y las dolencias corporales son instrumentos permitidos por Dios para desengañar al alma de las vanidades del mundo, exigiendo una respuesta de generosa conversión y desprendimiento total de los bienes terrenales.
2. La primacía de la penitencia y la adoración eucarística: El establecimiento del turno de rigurosas mortificaciones y la guardia horaria ante el Santísimo Sacramento demuestran que la fecundidad de cualquier obra apostólica nace del desagravio continuo al Divino Prisionero del altar y del sometimiento de la carne al espíritu.
3. La constancia y paciencia ante las contradicciones humanas: Frente al rechazo de las autoridades y las amenazas de expulsión civil, el santo nos instruye a no desanimarnos ni valernos de medios humanos, sino a recurrir a las armas de la oración asidua y la humilde súplica para que Dios mude los corazones.
4. El desprecio absoluto de los honores eclesiásticos: Su humilde vida en el rincón debajo de la escalera y el rechazo firme de la dignidad episcopal nos amonestan contra la soberbia y la ambición, recordándonos que la verdadera grandeza a los ojos de Dios reside en el ocultamiento propio y el anhelo constante de la patria celestial.
“San Francisco Caracciolo enseña que el desprecio de las grandezas humanas, la penitencia y la adoración al Santísimo Sacramento transforman la existencia en un camino de humildad que culmina en el Cielo”
