
Historia
Hacia la mitad del siglo V, en la humilde aldea de Salenqui, en Picardía, nació San Medardo. Vino al mundo en un hogar bendecido, hijo de Nectardo, un noble leudo de la corte del rey Childerico, quien abandonó las sombras de la gentilidad gracias a los ejemplos y oraciones de su piadosa esposa, Protagia. Desde la cuna, Medardo compartió sus días con su hermano gemelo, Hildardo ; ambos nacieron el mismo día, recibieron juntos la consagración episcopal y, tras una vida de perfecta conformidad, volaron juntos al reino de los cielos.
Colocado desde muy joven bajo la sabia dirección de los monjes, el santo niño dio tempranas muestras de una ardiente inclinación a la piedad y de una inteligencia viva , manifestando incluso el don celestial de la profecía al vaticinar con exactitud el futuro episcopado de uno de sus condiscípulos. Las lecciones de sus maestros y las virtudes de sus padres encendieron en su alma una caridad heroica. Cierto día, mientras custodiaba los caballos de su padre en el prado, se compadeció de un soldado desolado cuyo corcel había muerto, regalándole sin vacilar uno de los animales de la familia. Al instante, ante una violenta tempestad, el Cielo mismo intervino enviando un águila real que cubrió al niño con sus alas extendidas para protegerlo de la lluvia , obrando además el milagro de que, al contar el ganado, no faltara caballo alguno ante los ojos de su atónito padre.
Alcanzada la madurez y habiendo recibido las sagradas órdenes junto a su hermano Hildardo de manos del obispo Alomer , Medardo comenzó a ejercer su ministerio en Salenqui con un celo pastoral verdaderamente admirable. Deseoso de promover las virtudes cristianas entre sus ovejas, instituyó la célebre “fiesta de la rosa”, desprendiendo una parte de sus tierras patrimoniales para dotar anualmente a la joven más virtuosa de la comarca, siendo su propia hermana la primera en recibir dicha corona. Su desprecio por los bienes terrenales corría parejo con su confianza en la custodia divina; así se vio cuando un ladrón quedó milagrosamente atrapado toda la noche en su viña sin hallar la salida , u otro que fue severamente atormentado por las abejas tras hurtar sus colmenas. A ambos malhechores, el santo les otorgó la absolución y el perdón con una mansedumbre que conmovió sus corazones.
Pero el celo de Medardo no conocía la debilidad cuando se trataba de defender los derechos conculcados de la Santa Iglesia. Cuando el ejército de los francos, capitaneado por el rey Clotario, osó saquear las iglesias y monasterios de Noyon, la justicia divina inmovilizó de repente los caballos que transportaban el botín ilícito. Los soberbios guerreros y sus jefes se vieron obligados a postrarse de hinojos ante el santo varón. Con palabras encendidas de elocuencia y santa energía, Medardo los reprendió hasta arrancarles la firme promesa de restituir íntegramente todo lo robado, devolviendo la marcha a los animales solo cuando se hubo reparado la ofensa al Altísimo.
A la avanzada edad de 73 años, tras la muerte de Alomer, el clamor unánime del clero y del pueblo exigió que este siervo de Dios ocupara la sede episcopal de Vermand. Aunque su profunda humildad le llevó a rehusar tan tremenda carga, debió someterse a lo que era una manifiesta voluntad del Cielo, recibiendo la consagración de manos de San Remigio. En tiempos aciagos, marcados por las devastaciones de los vándalos y los hunos, Medardo se vio precisado a trasladar la sede a las murallas seguras de Noyon. Poco después, por disposición pontificia y ante las necesidades de la época, asumió también la dirección de la sede de Tournai, unificando ambas iglesias bajo su báculo pastoral.
Su episcopado fue un combate incansable por la regeneración de un pueblo que apenas abandonaba la barbarie. Soportando con inquebrantable constancia las amenazas de muerte y los malos tratos de los infieles, el santo obispo logró triunfar sobre la pertinacia de los idólatras, multiplicando los bautismos y haciendo resplandecer la luz del cristianismo. En este período de esplendor apostólico, la reina Santa Radegunda acudió a sus pies huyendo de las vanidades de la corte para pedirle el velo religioso. Desafiando con soberana majestad las violentas amenazas de los nobles francos que invadieron la basílica, Medardo colocó el velo sagrado sobre la reina, anteponiendo el santo temor de Dios a las presiones de los poderes de la tierra.
Al presentarse la última enfermedad que pondría fin a sus fatigas e introduciría su alma al descanso eterno, la conmoción se extendió por todo el reino. Millares de fieles, e incluso el propio rey Clotario, acudieron a Noyon para inclinar sus cabezas bajo la mano bendita del agonizante prelado. Medardo entregó plácidamente su espíritu el 8 de junio de 545 , legando al mundo el testimonio de una oración que se consumaría en el Empíreo. Aunque sus hijos de Noyon deseaban custodiar sus sagrados restos, el monarca ordenó el traslado del cuerpo a Soissons, en un trayecto triunfal jalonado por numerosos milagros.
Al llegar al lugar de la sepultura, el féretro quedó milagrosamente inamovible hasta que el rey Clotario prometió bajo juramento donar la mitad de sus posesiones para edificar allí una magnífica iglesia. Así se levantó un célebre monasterio benedictino que honró la memoria de este pontífice insigne. San Medardo y su hermano Hildardo permanecen en la historia eclesiástica como un admirable testimonio de conformidad en la virtud, dejando un severo contraste para aquellos hermanos que se apartan del camino recto, y gozando hoy de iguales coronas en la sempiterna gloria del Cielo.
Lecciones
1. La guarda de los derechos de la Iglesia frente a las potestades terrenas: San Medardo nos enseña que el ministro de Dios debe oponerse con firmeza y santa elocuencia ante los atropellos de los gobernantes que osan saquear el patrimonio sagrado del altar.
2. La caridad evangélica que confunde y convierte al pecador: El trato misericordioso del santo hacia los ladrones de sus bienes demuestra que la mansedumbre sacerdotal, unida a la reprensión paterna, es el medio más eficaz para suscitar el verdadero arrepentimiento en las almas extraviadas.
3. La primacía del temor de Dios sobre las amenazas humanas: Al consagrar a Santa Radegunda frente a la furia de la nobleza armada, el santo nos instruye sobre el deber ineludible de cumplir los designios divinos sin doblegarse jamás ante los respetos humanos o el miedo a la violencia del mundo.
4. La santa emulación de la virtud en el seno de la familia cristiana: La perfecta uniformidad de vida, santidad y muerte entre San Medardo y su hermano San Hildardo es un testimonio de cómo los lazos de la sangre deben santificarse y convertirse en un mutuo estímulo para alcanzar la perfección eclesiástica.
“San Medardo enseña que la impiedad del mundo se vence únicamente ante la pureza del alma, el santo temor de Dios y la caridad heroica.”
