
Historia
Nacido en Cupertino, en el Reino de Nápoles, el año 1603, José vino al mundo en un humilde establo debido a la extrema pobreza y a la persecución de los acreedores que asviaban a su familia. Su madre, una mujer de fe recia y temple viril, le impartió una sólida educación cristiana que el propio santo valoraría más tarde como el mejor de los novicios. De salud enfermiza y constitución endeble, sufrió en su infancia una penosa enfermedad cutánea de la que fue milagrosamente curado por la intercesión de la Santísima Virgen de las Gracias.
Aunque mostraba muy pocas aptitudes para las letras y fracasó rotundamente en sus primeros intentos por aprender un oficio o adaptarse a la vida regular de los capuchinos debido a su proverbial torpeza manual, su corazón ardía en deseos de consagrarse enteramente a Dios. Tras múltiples pruebas y el rechazo inicial por parte de varios conventos que juzgaban su escasa instrucción, su madre logró que fuera admitido como oblato terciario en el convento de Santa María de Grotella.
Los superiores, dotados de mayor penetración espiritual, no tardaron en reconocer en aquel joven humilde, obediente y mortificado un auténtico tesoro del espíritu. A pesar de sus enormes dificultades con el estudio y la lengua latina, la Providencia intervino de manera admirable en el examen para el diaconado, permitiéndole superar la prueba gracias a aquel único pasaje del Evangelio que dominaba a la perfección.
El 4 de marzo de 1628 fue ordenado sacerdote, fecha a partir de la cual intensificó aún más su rigor penitencial, absteniéndose durante años de pan, vino y de toda comodidad terrenal. Su alimentación se reducía a hierbas amargas y raíces, mientras castigaba su cuerpo con disciplinas continuas y silicios de hierro, demostrando que la verdadera fortaleza radica en la absoluta mortificación de la carne.
Los dones sobrenaturales comenzaron a manifestarse de forma extraordinaria, multiplicándose los éxtasis hasta el punto de que bastaba oír el nombre de Jesús o contemplar una imagen sagrada para quedar suspendido en los aires ante el asombro de los fieles. Esta inmensa popularidad y los prodigios constantes atrajeron sobre él la desconfianza de algunos eclesiásticos, lo que motivó que fuera denunciado e investigado rigurosamente por el Tribunal de la Inquisición.
Sometido a inquisitoriales interrogatorios en Nápoles y posteriormente confinado en diversos conventos solitarios por orden de los Papas, el santo soportó con paciencia heroica los traslados y el aparente abandono espiritual. Su humildad inquebrantable y la franqueza de su doctrina desconcertaron a sus jueces, quienes comprobaron la absoluta pureza de su fe y la autenticidad de los carismas con los que Dios adornaba su alma.
Entre los múltiples prodigios obrados durante sus peregrinaciones destaca la conversión de un príncipe luterano de la casa de Brunswick, quien, al presenciar la rigidez de la Sagrada Forma en las manos del santo y su consiguiente elevación extática, abjuró de sus errores y abrazó la fe católica. Su vida entera se convirtió en un faro luminoso que desmentía las pretensiones de los incrédulos y del naciente jansenismo que negaban la acción directa de Dios sobre la naturaleza.
Los últimos años de su peregrinación terrenal transcurrieron en el convento de Ósimo, donde vivió retirado del mundo en constante oración y fervor místico. Conociendo de antemano el día de su tránsito y debilitado por las fiebres persistentes, recibió los últimos sacramentos y entregó su alma al Creador el 18 de septiembre de 1663, dejando a la Iglesia un legado imperecedero de sencillez angélica y amor extático.
Lecciones
1. La sabiduría infusa de la oración: La profunda comprensión de los misterios divinos en un alma desprovista de ciencias humanas enseña que la verdadera teología nace de la intimidad con Dios.
2. La paciencia ante las incomprensiones y sospechas: La mansedumbre con la que San José soportó los juicios de la Inquisición y los destierros recuerda que el camino de la santidad pasa por la cruz de la contradicción.
3. El dominio absoluto de las pasiones mediante la penitencia: Los ayunos rigurosos y el desprecio de las comodidades ilustran que la carne debe ser severamente doblegada para permitir el vuelo del espíritu hacia las cosas celestiales.
4. La humildad como fundamento de todo carisma: Su constante anonadamiento a pesar de los portentosos milagros demuestra que Dios exalta a los pequeños y confunde la soberbia del mundo.
“San José de Cupertino enseña que la humildad, la mortificación y la docilidad a la gracia elevan el alma por encima del mundo hasta la unión con Dios.”


