
Historia
Nacido en Galilea e hijo de Alfeo, San Mateo —conocido también en su vida anterior como Leví— desempeñaba el oficio de publicano, una ocupación aborrecida y sumamente impopular entre los judíos, quienes consideraban a los agentes del fisco romano como indignos cobradores al servicio de una dominación extranjera y pública encarnación de la codicia. Desde su despacho en Cafarnaúm, centro neurálgico de caravanas y comercio a orillas del lago de Genesaret, administraba las alcabalas y tributos, sumido en un entorno materialista donde el dinero constituía el motor principal de la vida terrenal.
A pesar de pertenecer a esta clase tan estigmatizada y execrada por el pueblo, la mirada misericordiosa pero exigente de Cristo se posó sobre él en un instante decisivo de su existencia. Al pasar Jesús junto a su mesa de recaudación tras curar al paralítico, le dirigió aquellas dos palabras inquebrantables: «Sígueme», un mandato divino al que Mateo respondió con una presteza absoluta, abandonando al instante sus intereses lucrativos, sus seguridades terrenales y su oficio para ponerse en marcha tras los pasos del Maestro.
Esta llamada provocó un gran escándalo entre los escribas y fariseos de la época, quienes se indignaron al ver que el Divino Maestro no solo elegía a un publicano para el círculo íntimo de sus apóstoles, sino que además aceptaba sentarse a la mesa en su casa junto a otros pecadores y cobradores de impuestos. Ante las murmullaciones de los fariseos autocomplacientes, el Señor proclamó con autoridad suprema la finalidad de su venida al mundo, recordando que no son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos, y que la misericordia de Dios trasciende el mero cumplimiento formal de los sacrificios exteriores.
Convertido en fiel discípulo y testigo ocular de los misterios del Verbo Encarnado, San Mateo coronó su docilidad a la gracia redactando por inspiración divina el primero de los cuatro Santos Evangelios, escrito originalmente en lengua aramea para los fieles de Palestina. Su texto se distinguió desde el principio por un propósito doctrinal capital: demostrar minuciosamente a los israelitas y al mundo entero que Jesús de Nazaret es el Mesías tan largamente prometido por los profetas, citando de manera constante los oráculos del Antiguo Testamento para confirmar el cumplimiento exacto de las escrituras.
A lo largo de las páginas de su Evangelio, el apóstol no ocultó su pasado humillante, sino que se designó a sí mismo con el epíteto de «publicano» en la lista de los doce, manifestando así una profunda humildad y resaltando la gratuidad de la gracia que lo había arrancado de las tinieblas del siglo. Su pluma recogió con majestad y sencillez los discursos más sublimes del Señor, estructurando las enseñanzas sagradas en un orden lógico que sirvió de guía inalterable para la catequesis de la Iglesia primitiva y para las generaciones venideras de católicos.
Concluida la predicación en Judea y tras la dispersión de los apóstoles, el santo evangelista extendió el fuego de la fe a lejanas regiones, combatiendo incansablemente contra la idolatría y los errores de los paganos en medio de privaciones extremas y peligros constantes por la causa del Evangelio. Su celo apostólico no conoció tregua, convirtiendo su propia existencia en una oblación continua consagrada a la extensión del Reino de Dios y a la defensa intransigente de la doctrina revelada frente a la mundanidad circundante.
La tradición cristiana, consagrada unánimemente por el testimonio de los Santos Padres y la liturgia, venera su fin heroico como un martirio sellado por la sangre, ya fuera a manos de la espada homicida al pie del altar mientras celebraba los sagrados misterios o a través de las severas pruebas sufridas en tierras de misión. Sus sagradas reliquias, custodiadas milagrosamente a lo largo de los siglos y trasladadas finalmente a la catedral italiana de Salerno, continúan siendo faro de devoción y testimonio perenne de la victoria de la gracia sobre la miseria humana.
La memoria gloriosa de San Mateo permanece grabada a fuego en la Tradición de la Iglesia como el modelo perfecto del alma que, interpelada por la voz imperiosa de Cristo, renuncia sin vacilaciones al mundo, combate el espíritu de codicia y entrega su vida entera al servicio de la verdad católica.
Lecciones
1. La prontitud ante la llamada divina: La inmediata renuncia de San Mateo a su lucrativo puesto al escuchar la voz de Cristo enseña que el verdadero discípulo no vacila ni negocia cuando Dios le exige dejarlo todo para seguirle.
2. La superación de los respetos humanos: Su decisión de sentarse con el Maestro a pesar de las críticas de los fariseos ilustra que el católico debe anteponer la fidelidad a la verdad por encima del qué dirán del mundo.
3. La humildad en el reconocimiento de la propia bajeza: El hecho de autodenominarse publicano en los escritos sagrados demuestra que el auténtico mérito espiritual radica en reconocer la miseria propia para ensalzar la misericordia de Dios.
4. La custodia fiel de la Tradición doctrinal: Su labor al redactar el primer Evangelio para probar el cumplimiento de las profecías recuerda la obligación ineludible de custodiar íntegramente el depósito de la fe frente a los ataques del racionalismo.
“San Mateo enseña que dejar atrás el apego al dinero y responder radicalmente al llamado de Dios transforma un alma mundana en un santo.”


