
Historia
Nacido en la villa de Fuenllana en 1488, Santo Tomás creció bajo el ejemplo insigne de sus padres, conocidos popularmente como los santos limosneros por su constante generosidad con los pobres y su vida profundamente cristiana. Ya desde su más tierna infancia, el santo manifestó un desprendimiento extraordinario de los bienes terrenos, regalando su merienda escolar, sus prendas de vestir e incluso los animales de su casa a cuantos mendigos tocaban a su puerta en busca de socorro.
Dotado de una inteligencia preclara, cursó sus estudios superiores en la Universidad de Alcalá y posteriormente ejerció la docencia como catedrático en Salamanca, donde su palabra encendida y su ejemplo de vida perfecta comenzaron a atraer a numerosos jóvenes hacia el camino de la perfección evangélica. Decidido a abandonarlo todo para consagrarse enteramente a Dios, ingresó a los veintiocho años en la Orden de los Ermitaños de San Agustín, tomando el hábito en la festividad de la Presentación de Nuestra Señora y abrazando con fervor la regla conventual.
Ordenado sacerdote, su primera misa celebrada en la Navidad estuvo marcada por arrebatos de éxtasis místico al contemplar el profundo misterio del Verbo hecho carne por amor a los hombres, una unión con lo divino que caracterizaría toda su existencia sacerdotal y religiosa. A pesar de su legítima inclinación al retiro y a la oración silenciosa en su celda, sus superiores le confiaron importantes cargos de gobierno como prior y provincial, desempeñándolos con una mansedumbre ejemplar y una férrea defensa de la observancia regular.
Reacio a los honores del mundo, el emperador Carlos V propuso su nombre para ocupar la sede arzobispal de Valencia en 1544, un nombramiento que el santo intentó rechazar por todos los medios posibles hasta que la estricta obediencia a sus superiores le obligó a aceptarlo. Hizo su entrada solemne en la diócesis vistiendo el mismo hábito pobre y remendado de su orden, negándose rotundamente a aceptar lujos, tapicerías o comodidades palaciegas que desentonaran con su voto de pobreza religiosa.
Encontrando un clero diocesano debilitado por el abandono pastoral, emprendió una profunda obra de reforma basada principalmente en la santidad de su propia vida, la predicación incansable y la convocación oportuna de sínodos para restaurar la disciplina eclesiástica. Destinó la mayor parte de sus rentas arzobispales a la manutención de los hospitales, escuelas y de los cientos de pobres que acudían diariamente a su palacio, multiplicando los auxilios y obrando milagros patentes por la fuerza de su fe.
Su celo por las almas le llevó a utilizar métodos heroicos para la conversión de los pecadores obstinados, llegando a disciplinar sus propias espaldas ante un crucifijo para impetrar de la divina misericordia la enmienda de aquellos sacerdotes que resistían sus paternales amonestaciones. Exigía con rigor a sus sacerdotes la dignidad en el rezo del breviario, el aseo escrupuloso de los altares, la meditación de la Sagrada Escritura y el rechazo absoluto de la pereza y de las novedades mundanas.
Sentirse investido de tan alta dignidad episcopal le causaba un temor constante por su salvación eterna, por lo que suplicaba incesantemente al Señor que lo librase de carga tan pesada, siendo escuchado en su oración cuando el propio Cristo le reveló en una visión que descansaría en la festividad de la Natividad de su Santísima Madre. Aquejado por una grave enfermedad en el verano de 1555, recibió los últimos sacramentos con inmenso gozo y ordenó que se repartieran entre los mendigos todos sus bienes restantes, pidiendo incluso que le prestaran una cama humilde o le dejaran morir sobre el duro suelo.
Entregó su alma al Creador el 8 de septiembre de ese mismo año, dejando tras de sí una estela inborrable de santidad que fue solemnemente reconocida por la Iglesia cuando el Papa Alejandro VII lo elevó a los altares en 1658, consagrando su memoria como modelo indiscutible de pastor celoso y limosnero.
Lecciones
1. El desprendimiento radical de los bienes: La generosidad desmedida desde la infancia enseña que el alma verdaderamente católica considera las riquezas terrenales únicamente como un medio para socorrer al prójimo y glorificar a Dios.
2. La reforma del clero mediante el ejemplo: Su intransigencia con la disciplina y su austera forma de vida episcopal demuestran que la verdadera renovación de la Iglesia se logra imitando rigurosamente a Cristo y no adoptando las costumbres del mundo.
3. La penitencia vicaria por los pecadores: Su disposición a flagelarse por la conversión de los sacerdotes remisos ilustra la profundidad de la caridad sobrenatural y la eficacia del sacrificio oculto en la milicia cristiana.
4. La humildad ante las dignidades: Su profunda resistencia a los honores y su anhelo constante por la sencillez conventual recuerdan que la autoridad en la Iglesia es exclusivamente un servicio exigente consagrado a la salvación de las almas.
“Santo Tomás de Villanueva enseña que la renuncia al mundo, la austeridad en el ministerio y la caridad hacia los necesitados transforman a un pastor en un santo.”


