Jesús, ocúpate Tú de todo

La crisis espiritual de nuestro tiempo

Uno de los males espirituales más graves de nuestra época es la ausencia del verdadero abandono en Dios. Muchos bautizados rezan, piden ayuda al Señor y se acercan a los sacramentos, pero viven como si todo dependiera exclusivamente de ellos. Dios es invocado, pero no obedecido; se le pide auxilio, pero no se le entrega el control total de la vida.

Este cristiano moderno, (Católico tibio / corazón endurecido) o deformado por el espíritu del mundo, planifica todo hasta el mínimo detalle, se apoya excesivamente en su inteligencia, en sus estrategias, en el dinero o en la ansiedad constante. Reza, pero no se entrega; pide, pero no confía; invoca a Cristo, pero rechaza la Cruz.

Tarde o temprano, este modo de vivir conduce al cansancio interior, a la frustración espiritual y a la pérdida de la paz, porque contradice el orden querido por Dios. El alma fue creada para vivir sostenida por la Providencia, no por la autosuficiencia. Por eso la Escritura advierte: Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia.” (Proverbios 3,5).

El engaño moderno del control

El católico modernista ha sido educado para controlar, prever, calcular y dominar su vida como el mundo se lo enseña. Esta mentalidad, legítima en el orden técnico, se vuelve mortal cuando se traslada al orden espiritual. El bautizado comienza a confiar más en sus planes que en la Providencia, confunde prudencia con preocupación obsesiva y cree que pensar sin descanso es responsabilidad. Incluso cuando reza, sigue mandando él.

Conviene decirlo con claridad: rezar no siempre es abandonarse; se puede rezar y lamentablemente resistir la voluntad de Dios. Pedir no es necesariamente confiar; muchos piden para que Dios confirme decisiones ya tomadas. Pensar obsesivamente en lo que uno quiere que suceda no es prudencia, sino una forma de incredulidad en Dios. Nuestro Señor lo dijo con sencillez: “¿Y quién de vosotros puede, por mucho que se afane, añadir un codo a su estatura?” (Mateo 6,27). Este espíritu de control es una forma de orgullo – soberbia, porque coloca al hombre en el centro y reduce a Dios a un colaborador de lo que el hombre quiere que suceda. Por eso el profeta advierte: “Maldito quien pone su confianza en el hombre, y se apoya en un brazo de carne, mientras su corazón se aleja de Yahvé. (Jeremías 17,5)

Qué es el verdadero abandono cristiano

El abandono cristiano no es pasividad, ni resignación fatalista, ni irresponsabilidad. Tampoco es una espera mágica de soluciones humanas. El abandono es un acto sobrenatural de fe por el cual el alma se rinde y abandona a Dios; es un acto de humildad por el cual reconoce su impotencia; y es un acto de obediencia por el cual acepta la voluntad divina incluso cuando contradice sus propios planes.

Abandonarse es dejar de explicarle a Dios cómo debe actuar y aprender a decir con verdad: venga tu reino ; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mateo 6,10). Cristo no prometió comodidad, fama o éxitos en el mundo, sino salvación del alma. “Y a todos les decía: “Si alguno quiere venir en pos de Mí, renúnciese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. (Lucas 9,23). Abandonarse es aceptar el sufrimiento permitido por Dios, la humillación que purifica, la Cruz que santifica y el tiempo de espera que educa la fe. “Os he dicho estas cosas, para que halléis paz en Mí. En el mundo pasáis apreturas (tribulaciones – sufrimientos), pero tened confianza: Yo he vencido al mundo” (Juan 16,33). Como enseña Santo Tomás de Aquino en La Suma de Teológica, el hombre debe someterse libremente al gobierno perfecto de la Providencia divina (S. Th. I, q. 22, a. 2).

El verdadero abandono no elimina el esfuerzo humano, sino que lo ordena. El cristiano cumple su deber según su estado de vida, trabaja, decide y actúa, pero sin ansiedad, sin apego al mundo y sin idolatrar los resultados. Por eso exhorta San Pedro: “Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él mismo se preocupa de vosotros”” (1 Pedro 5,7)

IMPORTANTE: Este abandono se aprende y se sostiene solo mediante:

El abandono auténtico no promete éxito humano, pero garantiza lo esencial: paz interior, libertad del miedo, fortaleza en la prueba y fidelidad hasta la muerte. Decir con el corazón «Jesús, ocúpate Tú de todo» no es huir de la lucha, sino dejar de combatir contra la Providencia para comenzar a cooperar con ella.

Novena de Abandono a la Voluntad de Dios del Padre Dolindo Ruotolo

Día 1: ¿Por qué te confundes y te preocupas?

Imagina a Jesús hablando directamente a tu corazón: ¿Por qué te confundes y te preocupas? Déjame el cuidado de tus cosas y todo se mantendrá en calma. Te digo que todo acto de verdadera, ciega y completa rendición a mí produce el efecto que deseas y resuelve toda situación complicada.

Oh, Jesús yo me rindo a ti, me abandono a ti, ocúpate Tú de todo

Explicación (Explicación clara y práctica del abandono en Dios): En el primer día de la novena, Jesús comienza haciéndonos una pregunta directa: «¿Por qué te confundes y te preocupas?». No es una pregunta para acusarnos, sino para ayudarnos a ver la raíz de nuestro malestar. La confusión y la preocupación no nacen del problema en sí, sino de nuestra manera de enfrentarlo. Nos confundimos porque queremos entenderlo todo, preverlo todo y resolverlo todo con nuestras propias fuerzas. Cuando el alma intenta ocupar el lugar que solo corresponde a Dios, pierde inevitablemente la paz.

Jesús nos pide algo muy concreto cuando dice: «Déjame el cuidado de tus cosas y todo se mantendrá en calma». Esto significa que la calma interior no depende de que la dificultad desaparezca, sino de a quién se la confiamos. Cuando una persona quiere encargarse sola de sus problemas, se carga con un peso que no puede llevar. En cambio, cuando entrega sinceramente esa carga a Cristo, el corazón comienza a tranquilizarse, aunque externamente la situación siga siendo la misma.

Luego Jesús afirma que «todo acto de verdadera, ciega y completa rendición» produce el efecto que deseamos. Aquí nos enseña que la gracia de Dios actúa cuando dejamos de interferir con nuestra ansiedad. La rendición es “ciega” no porque sea irracional, sino porque confía sin exigir explicaciones. Mientras seguimos pensando obsesivamente, imaginando escenarios negativos o repitiendo el problema en la mente, no nos estamos rindiendo de verdad. La rendición comienza cuando dejamos de analizar y aceptamos no controlar.

Jesús insiste diciendo que esta rendición «resuelve toda situación complicada». Esto no significa que Dios siempre actúe como nosotros esperamos. A veces Él cambia las circunstancias; otras veces cambia nuestra manera de vivirlas. En ambos casos, Dios actúa para nuestro bien y para nuestra salvación. Lo que impide su acción no es la gravedad del problema, sino nuestra resistencia a abandonarlo en sus manos.

Por eso Jesús vuelve a repetir la pregunta: «¿Por qué te confundes y te preocupas?». Es una llamada a reconocer un error muy común: creer que preocuparse es ser responsable. En realidad, la preocupación constante no es prudencia, sino una falta de confianza en la Providencia. El cristiano debe hacer lo que está en su deber, pero después debe dejar el resultado en manos de Dios.

Finalmente, la oración «Oh, Jesús, yo me rindo a Ti, me abandono a Ti, ocúpate Tú de todo» es un acto concreto de fe y humildad. No es una frase para repetir mecánicamente, sino una decisión interior. Decirlo bien significa dejar de pensar el problema, renunciar a controlarlo y confiar en que Cristo sabe mejor que nosotros qué es lo que conviene.

En la vida diaria, esto se practica de una manera muy simple: cada vez que aparece una preocupación, no hay que dialogar con ella ni analizarla. Hay que cortarla de inmediato y decir con calma y fe: «Jesús, me rindo a Ti, ocúpate Tú de todo». Si el pensamiento vuelve, se repite el acto. Así, poco a poco, el alma aprende a descansar en Dios y deja espacio para que su gracia actúe.

La verdadera paz comienza cuando aceptamos nuestra pequeñez y nos abandonamos confiadamente en Aquel que todo lo puede y todo lo dispone para nuestro bien.

Día 2: Cierra los ojos …

Entregarte a mí no significa inquietarte ni estar amargado, ni perder la esperanza, ni tampoco significa ofrecerme una oración pidiéndome que la siga, y transformar la preocupación en oración. Está en contra de esta entrega, profundamente en contra, la preocupación, el estar nervioso y pensar en las consecuencias de todo; es como la confusión que sienten los niños cuando le piden a su madre atender sus necesidades y luego intentan ocuparse de esas necesidades por sí mismos con el fin de que sus intentos se entrometan en las acciones de su madre.

Rendirse significa cerrar plácidamente los ojos del alma, rechazar los pensamientos de tribulación y ponerte bajo mi cuidado para que solo yo actúe, diciéndome ocúpate Tú de todo Jesús.

Oh, Jesús yo me rindo a ti, me abandono a ti, ocúpate Tú de todo

Explicación (“Cierra los ojos”: aprender a dejar actuar a Dios): En el segundo día de la novena, Jesús profundiza lo que significa abandonarse de verdad. Nos aclara, ante todo, lo que no es la entrega auténtica. Abandonarse a Dios no significa vivir inquieto, amargado o desesperanzado. Tampoco significa rezar mientras seguimos aferrados al problema, diciéndole a Dios qué debe hacer y cómo debe hacerlo. Muchas veces decimos que confiamos, pero en realidad solo hemos cambiado la preocupación por una “oración ansiosa”, donde seguimos mandando nosotros.

Jesús señala con mucha claridad que la preocupación, el nerviosismo y el pensar continuamente en las consecuencias futuras están en contra del abandono. No son signos de responsabilidad ni de madurez espiritual. Al contrario, muestran que el alma no ha querido soltar el control. Cuando una persona se entrega de verdad, deja de anticipar escenarios, deja de imaginar resultados y deja de discutir interiormente con Dios.

Para ayudarnos a entenderlo, Jesús usa una imagen muy simple y profunda: la de un niño con su madre. El niño le pide ayuda, pero luego intenta resolverlo solo, metiéndose en medio de lo que su madre está haciendo. Así actuamos nosotros con Dios. Le entregamos el problema, pero inmediatamente volvemos a tomarlo con la mente, con la ansiedad y con el miedo, impidiendo que Él actúe con libertad. Esta actitud no solo no ayuda, sino que estorba la acción divina.

Por eso Jesús nos dice: “Cierra los ojos”. Esta expresión no significa huir de la realidad, sino cerrar los ojos del alma. Es un acto interior por el cual rechazamos voluntariamente los pensamientos de tribulación, de miedo y de control. Cerrar los ojos del alma es decir: “No quiero pensar más en esto, no quiero analizarlo, no quiero anticipar nada; confío en Ti”.

Rendirse, entonces, es ponerse bajo el cuidado de Cristo para que solo Él actúe. No se trata de dejar de cumplir los deberes propios del estado de vida, sino de dejar de cargar con lo que no nos corresponde. Dios no nos pide que resolvamos el futuro, sino que seamos fieles en el presente. El abandono verdadero deja a Dios la conducción y a nosotros la obediencia confiada.

La frase central de este día es sencilla y muy concreta: «Jesús, ocúpate Tú de todo». Decirla bien implica una renuncia real al control interior. Cada vez que aparece un pensamiento de preocupación, no debemos dialogar con él ni analizarlo, sino rechazarlo con serenidad y repetir esta oración. Si la inquietud vuelve, se vuelve a repetir. Así se educa el alma en la confianza y en la paz.

Mientras seguimos mirando el problema con ansiedad, no dejamos espacio a la gracia. Cuando cerramos los ojos del alma, Dios abre caminos que nosotros no veíamos. La verdadera entrega no consiste en hacer más, sino en dejar hacer a Dios, con humildad, fe y perseverancia.

Día 3: Yo intervendré…

Escucha a Jesús que habla a tu corazón: Cuántas cosas realizo cuando el alma, tanto en sus necesidades espirituales como en aquellas materiales, se vuelve a mí, me mira y me dice: Jesús ocúpate de ello, cierra los ojos y reposa. Obtienes pocas gracias cuando te atormentas por producirlas. Sin embargo obtienes muchísimas cuando la oración es un encomendarse plenamente a mí. En el dolor tú oras para que yo obre, pero para que obre como crees que debo obrar.

No te diriges a mí sino que quieres que yo me adapte a tus ideas. No eres un enfermo que le pide al médico que lo cure, sino que le sugieres la cura. No obres así, sino como te he enseñado en el Padre Nuestro: santificado sea tu nombre, es decir, sé glorificado en esta necesidad mía. Venga a nosotros tu reino, o sea, que todo contribuya a tu reinado en nosotros y en el mundo.

Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, es decir, dispón Jesús en esta necesidad como mejor te parezca en nuestra vida temporal y eterna. Si me dices, de verdad, hágase tu voluntad, que es lo mismo que decir Jesús ocúpate de ello, yo intervendré con toda mi omnipotencia y venceré las mayores dificultades.

Oh, Jesús yo me rindo a ti, me abandono a ti, ocúpate Tú de todo

Explicación (“Yo intervendré”: dejar que Dios actúe con su omnipotencia): En el tercer día de la novena, Jesús nos revela un secreto fundamental de la vida espiritual: Dios actúa plenamente cuando el alma deja de agitarse y se abandona con confianza. Él mismo dice que obra grandes cosas cuando el alma, tanto en sus necesidades espirituales como materiales, se vuelve hacia Él, lo mira con fe y le dice con sencillez: “Jesús, ocúpate de ello”, cerrando los ojos y reposando en su cuidado. Este reposo no es pereza ni indiferencia, sino una confianza viva y humilde en la providencia divina.

Jesús nos advierte que muchas veces obtenemos pocas gracias porque queremos producirlas nosotros mismos. Nos esforzamos, nos inquietamos, nos angustiamos, como si la gracia fuera el resultado de nuestra tensión interior. Sin embargo, las gracias más abundantes llegan cuando la oración deja de ser un forcejeo y se convierte en un acto de entrega total, donde el alma se confía sin condiciones a la acción de Dios.

El problema aparece cuando, incluso al rezar, seguimos queriendo mandar. En el dolor o en la dificultad pedimos que Dios actúe, pero en realidad le pedimos que actúe como nosotros creemos que debe hacerlo. No nos dirigimos a Él como a un Padre sabio, sino como quien intenta imponerle un plan. Jesús lo explica con una comparación muy clara: somos como un enfermo que no se limita a pedir la curación, sino que pretende indicarle al médico qué medicina debe darle. Esta actitud revela falta de fe y exceso de confianza en el propio juicio.

Por eso Jesús nos enseña a rezar de otra manera, tal como Él mismo nos enseñó en el Padre Nuestro. Cuando decimos “Santificado sea tu nombre”, le estamos diciendo a Dios: “Sé glorificado también en esta dificultad”. Cuando decimos “Venga a nosotros tu reino”, pedimos que incluso este problema sirva para que Dios reine más en nuestra alma y en el mundo. Y cuando decimos “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, estamos haciendo el acto supremo de abandono: dejar que Dios disponga las cosas como Él sabe que es mejor, no solo para nuestra vida temporal, sino también para nuestra salvación eterna.

Jesús nos asegura algo muy consolador: cuando decimos de verdad “Hágase tu voluntad”, estamos diciendo en realidad “Jesús, ocúpate de ello”. Y cuando esta entrega es sincera, Él promete intervenir con toda su omnipotencia. No con una ayuda parcial, ni con un consuelo superficial, sino con la fuerza misma de Dios, capaz de vencer incluso las dificultades más grandes y humanamente imposibles.

El alma que aprende a decir con verdad “Jesús, ocúpate de todo” deja de vivir en la angustia y comienza a vivir en la paz profunda de los que saben que están en manos de Dios.

Día 4: Yo me ocuparé

Escucha a Jesús diciendo a tu corazón: Mira, tu ves que la enfermedad se hace cada vez más fuerte en vez de disminuir, no te turbes, cierra los ojos y dime con confianza hágase tu voluntad, Jesús ocúpate tú de ello. Te digo que así lo haré y que intervendré como médico y que hasta obraré un milagro cuando fuere necesario.

¿Ves que el enfermo empeora? no te desanimes, sino cierra los ojos y dime Jesús ocúpate tú de ello. Te digo que yo me ocuparé y que no hay medicina más poderosa que una intervención mía de amor. Me ocuparé de ello sólo cuando cierres los ojos.

Oh, Jesús yo me rindo a ti, me abandono a ti, ocúpate Tú de todo

Explicación (“Yo me ocuparé”: confiar cuando todo parece empeorar): En el cuarto día de la novena, Jesús toca una de las situaciones más difíciles para el alma: cuando, a pesar de rezar, las cosas no mejoran, sino que parecen empeorar. Aquí se pone a prueba la verdadera confianza. El Señor nos dice claramente: cuando ves que la enfermedad avanza, que el problema crece o que la situación se vuelve más pesada, no te turbes. La turbación interior es el primer signo de que estamos volviendo a tomar el control y dejando de abandonarnos.

Jesús nos pide un acto muy concreto y sencillo: cerrar los ojos del alma. Esto significa dejar de mirar el problema con ansiedad humana y comenzar a mirarlo con fe sobrenatural. No se trata de negar la realidad ni de ignorar el sufrimiento, sino de dejar de juzgarla con nuestros propios criterios. En ese momento, el alma debe decir con confianza: “Hágase tu voluntad, Jesús, ocúpate Tú de ello”. Esa frase, dicha con fe, es una verdadera entrega.

El Señor nos asegura que cuando el alma actúa así, Él interviene personalmente. Se presenta como médico, recordándonos que Él conoce mejor que nadie la enfermedad del cuerpo, del alma o de la situación que nos aflige. Jesús no promete siempre una curación inmediata según nuestros tiempos, pero sí promete algo mucho más seguro: su intervención llena de amor, que es siempre la mejor medicina.

Cuando el enfermo empeora, cuando el problema se agrava, el corazón humano tiende al desaliento. Jesús nos advierte contra esta reacción: “no te desanimes”. El desánimo nace cuando dejamos de confiar y volvemos a medirlo todo con criterios humanos. En cambio, Él nos invita nuevamente a cerrar los ojos y repetir con fe: “Jesús, ocúpate Tú de ello”. Esta repetición no es una fórmula mágica, sino un acto renovado de abandono.

Jesús afirma algo muy profundo: no existe medicina más poderosa que su intervención de amor. Esto no niega los medios humanos ni los tratamientos legítimos, pero nos recuerda que toda verdadera curación, visible o invisible, viene finalmente de Dios. Cuando el alma se abandona, Él actúa como Señor y Médico divino, obrando incluso milagros cuando así conviene a nuestra salvación.

El Señor concluye con una enseñanza decisiva: “Me ocuparé de ello sólo cuando cierres los ojos”. Esto significa que mientras sigamos vigilando con ansiedad, calculando, discutiendo interiormente y queriendo dirigir el resultado, Dios permite que aprendamos nuestra impotencia. Pero cuando renunciamos sinceramente al control y nos ponemos en sus manos, Él actúa con libertad y poder.

El abandono verdadero se prueba cuando todo parece ir mal. Allí donde la razón humana se desespera, la fe cristiana se apoya con más fuerza en Dios. El alma que aprende a decir con serenidad “Jesús, ocúpate Tú de todo” descubre que, aun en medio del dolor, puede vivir en paz, porque sabe que está en las manos más seguras: las manos del Sagrado Corazón de Jesús.

Día 5: Te llevaré en brazos

Él habla hoy a tu corazón:

Cuando yo tenga que guiarte por un camino diferente al que vas yo te prepararé, te llevaré en brazos, dejaré que te encuentres como cuando un niño duerme en brazos de su madre al otro lado del río. Lo que te preocupa y te duele inmensamente son tu razón, tus pensamientos y preocupaciones y tu deseo de controlar lo que te afecta.

Oh, Jesús yo me rindo a ti, me abandono a ti, ocúpate Tú de todo

Explicación (“Te levantaré en brazos”: dejarse llevar por Dios cuando no entendemos): En el quinto día de la novena, Jesús toca uno de los miedos más profundos del alma: el miedo a que Dios nos lleve por un camino distinto al que habíamos planeado. Muchas veces decimos que confiamos en Él, pero solo mientras el camino coincida con nuestros deseos, proyectos o cálculos. Cuando Dios comienza a conducirnos por una vía que no comprendemos, surge la resistencia interior, la inquietud y la angustia.

Jesús nos revela que, cuando Él decide guiarnos por un camino diferente, no lo hace bruscamente ni con dureza, sino con una ternura infinita. Nos dice que nos preparará y que nos llevará en brazos. Esta imagen es profundamente consoladora: el alma no camina sola, no es empujada ni forzada, sino sostenida como un niño pequeño que no comprende el trayecto, pero confía en quien lo lleva.

El Señor compara esta entrega con un niño que duerme en brazos de su madre mientras es llevado al otro lado del río. El niño no analiza la profundidad del agua, no calcula los riesgos ni se pregunta cómo llegará; simplemente descansa. Así debe ser el abandono cristiano: una fe que descansa en Dios incluso cuando no entiende.

Jesús nos muestra con claridad cuál es la verdadera causa de nuestra inquietud: nuestra razón, nuestros pensamientos y nuestro deseo de controlarlo todo. No es tanto la situación externa lo que nos hace sufrir, sino la lucha interior por dirigirlo todo según nuestros criterios. El alma sufre porque quiere ver, prever y dominar lo que solo Dios puede ordenar correctamente.

Este día nos enseña que el abandono exige renunciar a una falsa seguridad: la seguridad de entenderlo todo. Dios no nos pide comprender sus caminos, sino fiarnos de Él. Cuando intentamos comprenderlo todo antes de obedecer o confiar, nos agotamos, nos confundimos y perdemos la paz.

El alma que se abandona descubre una verdad profunda: Dios no quita nada, lo transforma todo para el bien eterno (por la salvación de nuestra alma). El que se deja llevar en brazos por Cristo puede atravesar los ríos más oscuros sin ahogarse, porque no camina por sus propias fuerzas. En este día, Jesús nos enseña que la verdadera paz no nace de controlar el camino, sino de confiar plenamente en Aquel que nos lleva.

Día 6: Confía solo en mí

No descansas nunca. Quieres valorarlo todo, escudriñarlo todo, pensar en todo… y te abandonas a las fuerzas humanas o peor aún, a los hombres, confiando sólo en su intervención. Esto es lo que obstaculiza mis palabras y mis planes. ¡Cómo deseo tu abandono para beneficiarte y cuánto me aflige el verte turbado!

Satanás busca precisamente esto, turbarte para apartarte de mi acción y arrojarte a la mercedes de las iniciativas humanas. Confía por eso sólo en mí, reposa en mí, abandónate a mí en todo.

Oh, Jesús yo me rindo a ti, me abandono a ti, ocúpate Tú de todo

Explicación (“Confía solo en Mí”: descansar en Dios): En este sexto día, Jesús señala con firmeza una enfermedad muy común del alma moderna: no saber descansar en Dios. El alma está siempre inquieta, pensando, calculando, analizando, buscando soluciones humanas a todo. Confía más en su propio razonamiento, en estrategias humanas o en personas, que en la acción divina.

La Iglesia siempre ha enseñado que el cristiano debe usar la razón, obrar con prudencia y pedir consejo. El error comienza cuando el alma se apoya solo en lo humano, como si Dios fuera un recurso secundario o una ayuda opcional. Esto es lo que obstaculiza la acción de la gracia.

Dios actúa a través de los sacramentos, de un buen confesor, de un buen director espiritual y de la obediencia a los 10 mandamientos. Confiar solo en Dios significa poner la esperanza solo en Dios.

Jesús revela también la estrategia del demonio: turbarnos interiormente. Satanás sabe que un alma inquieta, ansiosa y agitada no escucha a Dios, discierne mal y termina tomando decisiones apresuradas que no cumplen con la voluntad de Dios. El demonio fomenta el activismo sin oración, la preocupación excesiva y la dependencia desordenada de opiniones de personas que viven en pecado mortal.

El abandono que Jesús pide es interior. Consiste en hacer lo que corresponde según los 10 mandamientos y el deber de estado de cada uno, pero sin ansiedad, sin desesperación, sin ese torbellino mental que busca controlar los resultados. El alma hace lo que debe hacer, y luego deja a Dios la obra final.

Este día nos enseña a preguntarnos:
¿Recurro a Dios solo después de haber agotado todas las soluciones humanas?
¿Busco más opiniones de personas que viven en pecado mortal que hacer la voluntad de Dios?
¿Me inquieto cuando no tengo respuestas inmediatas?

Este día nos invita a reducir el ruido interior, a dejar de “pensarlo todo”, y a hacer actos concretos de fe: callar la mente, detener el razonamiento obsesivo y repetir con sencillez:Oh, Jesús yo me rindo a ti, me abandono a ti, ocúpate Tú de todo

Jesús promete descanso, no ausencia de lucha. Confiar solo en Cristo es el antídoto contra la turbación. Y el alma que aprende esto comienza a experimentar la verdadera paz: la paz de quien hace lo que debe hacer porque sabe que Dios gobierna lo que él no puede controlar.

Día 7:Yo obro milagros

Escucha a Jesús hablando a tu corazón:

Yo obro milagros en proporción al pleno abandono en mí y a la ausencia de tus preocupaciones. Yo derramo tesoros de gracia cuando tú estás en plena pobreza y necesidad de mí. Nadie que solo razona o pondera ha hecho milagros, ni siquiera entre los santos:

Obra divinamente quien se abandona a Dios. Cuando veas que las cosas se complican di con los ojos del alma: Jesús ocúpate Tú de ello, apártate de ti porque tu mente es penetrante y para ti es difícil ver el mal que te afecta y tener confianza en mí. Haz así para con todas tus necesidades; obra así y verás grandes, continuos y silenciosos milagros. Te lo prometo, por mi amor, yo me ocuparé de ello.

Oh, Jesús yo me rindo a ti, me abandono a ti, ocúpate Tú de todo

Explicación (“Yo obro milagros”: la omnipotencia de Dios y la pobreza del alma): En este séptimo día, Nuestro Señor revela una verdad profunda y exigente: Dios actúa con mayor libertad cuando el alma deja de apoyarse en sí misma. Jesús no habla aquí de soluciones fáciles, sino de la acción de la gracia en un alma verdaderamente pobre y abandonada.

Cuando Jesús dice que obra milagros “en proporción al pleno abandono”, no quiere decir que el hombre “fuerce” a Dios a intervenir. El milagro no se produce porque el hombre haga algo especial, sino porque deja de estorbar la acción divina. El obstáculo principal es la confianza excesiva en el propio razonamiento, en los cálculos humanos o en la ansiedad.

Jesús afirma con claridad que nadie ha obrado milagros solo razonando. Esto no desprecia la inteligencia —que es un don de Dios—, sino que recuerda su límite. Incluso los santos, cuando Dios obró maravillas por medio de ellos, no confiaron en su capacidad, sino que se reconocieron instrumentos pobres en manos del Señor. Dios obra divinamente cuando el alma se reconoce incapaz y dependiente.

Aquí es fundamental evitar un error grave: abandonarse no significa dejar de pensar, dejar de discernir o dejar de cumplir los deberes de cada uno según su estado de vida. El cristiano tiene que continuar rezando, confesándose, comulgando en estado de gracia, consultando a un buen director espiritual y cumpliendo su deber de estado. Lo que deja es la obsesión por controlar cómo y cuándo Dios debe actuar.

Cuando Jesús pide que “te apartes de ti”, no pide que renuncies a la razón, sino que no absolutices la gracia. La mente humana es limitada y suele ser incapaz de ver el verdadero bien. Por eso, confiar en Dios es aceptar que Él ve lo que nosotros no vemos y actúa de un modo que muchas veces supera nuestra lógica.

El acto concreto que Jesús propone es sencillo y profundo: cuando las cosas se complican, no analizar más, no multiplicar pensamientos, no anticipar catástrofes, no hacer más cosas, sino solo hacer un acto interior de fe:“Jesús, ocúpate Tú de ello.”

Este acto no reemplaza la oración ni los sacramentos. El alma que se abandona de verdad es la que vive en gracia, busca la confesión frecuente y se apoya en la vida sacramental. El abandono no es un atajo, sino una actitud sobrenatural que acompaña toda la vida cristiana.

Jesús promete “grandes, continuos y silenciosos milagros”. Silenciosos, porque muchas veces no son espectaculares, sino interiores: paz en medio de la prueba, luz en la confusión, fortaleza en la debilidad, soluciones inesperadas que solo Dios podía preparar. Son milagros que el mundo no entiende, pero que el alma reconoce como obra divina.

Este día enseña al cristiano una verdad esencial para la santidad: Dios no necesita nuestra fuerza, sino nuestra confianza. Cuanto más el alma se vacía de sí misma, más espacio da a la omnipotencia divina. Se trata de depender más de Dios.

Y así, sin ruido y sin ansiedad, Dios actúa.

Día 8: Confía en mí

Jesús dice al siervo de Dios don Dolindo Ruotolo Y nos dice a nosotros también:

Cierra los ojos y déjate llevar por la fluida corriente de mi gracia. Cierra los ojos y no pienses en el presente alejando también del futuro los pensamientos igual que lo harías con la tentación. Reposa en mí, confía en mí, confía en mi bondad y te prometo, por mi amor, que si dices Jesús ocúpate de mí, que yo me ocuparé de todo, yo te consolaré, te libraré y te guiaré.

Oh, Jesús yo me rindo a ti, me abandono a ti, ocúpate Tú de todo

Explicación (“Confía en Mí”: dejarse conducir por la gracia): En este octavo día, Nuestro Señor insiste con ternura en una actitud esencial para la vida espiritual: la confianza filial. Jesús invita al alma a “cerrar los ojos”. Significa cerrar los ojos a la ansiedad, a la imaginación desordenada y a la preocupación constante por el presente y el futuro.

El alma moderna sufre porque quiere verlo todo, entenderlo todo y asegurarlo todo. Jesús propone algo distinto: reposar en su Providencia. Reposar no es quedarse inmóvil, sino actuar sin angustia, sabiendo que Dios guía incluso cuando no comprendemos el camino.

Cuando Jesús habla de “la fluida corriente de mi gracia”, se refiere a la acción constante y silenciosa de Dios en el alma que vive en estado de gracia. La gracia no actúa en el desorden ni en la rebeldía, sino en el alma que ora, se confiesa, comulga y busca cumplir la voluntad de Dios día a día. Confiar en Dios es permitir que esa gracia actúe sin resistencias interiores.

Jesús pide que tratemos los pensamientos sobre el futuro del mismo modo que tratamos una tentación: no dialogar con ellos. El cristiano no se deja arrastrar por el miedo a lo que puede pasar mañana. Hace lo que corresponde hoy, y el mañana lo deja en manos de Dios. Así como no se dialoga con una tentación impura o de desesperación, tampoco se dialoga con pensamientos obsesivos sobre el futuro.

El Señor promete tres cosas muy concretas a quien confía de verdad: consuelo, liberación y guía.
El consuelo no siempre significa ausencia de sufrimiento, sino paz interior. La liberación no siempre es inmediata, pero es real. La guía no siempre es clara al instante, pero nunca falta. Dios conduce paso a paso al alma que se abandona.

Es importante subrayar algo fundamental: Dios guía a través de medios concretos. Guía mediante la oración, la lectura espiritual, el confesor, el director espiritual, el cumplimiento de los mandamientos y los sacramentos. Confiar en Dios significa usar estos medios, sino usarlos con fe y sin ansiedad.

Este día enseña al alma a vivir el presente con fidelidad y el futuro con confianza. El cristiano no se paraliza por el miedo ni se adelanta con preocupaciones inútiles. Vive en gracia hoy, y deja a Dios el mañana.

Quien aprende esta lección descubre que: Dios se ocupa de todo cuando el alma confía de verdad en Él.

Día 9: Yo me ocuparé de todo

Ruega siempre con esta disposición de abandono y tendrás gran paz y grandes frutos, incluso cuando yo te concediera la gracia de la inmolación de reparación y de amor que conlleve el sufrimiento.

¿Te parece imposible? Cierra los ojos y di con toda el alma Jesús ocúpate tú de ello, no temas me ocuparé de ello y bendecirás mi nombre humillándote. Mil plegarias no valen lo que un sólo acto de abandono vale. Recuérdalo bien no hay novena más eficaz que esta.

Oh, Jesús yo me rindo a ti, me abandono a ti, ocúpate Tú de todo

Explicación (“Ya me ocuparé de todo”: la paz que nace del abandono perfecto): En este último día de la novena, Jesús lleva el abandono a su plenitud. Ya no se trata solo de confiar en momentos concretos, sino de vivir habitualmente en una actitud de entrega total a la Providencia divina. El Señor promete algo muy claro: gran paz y grandes frutos para el alma que ora siempre con esta disposición de abandono.

Jesús no oculta una verdad exigente: el camino por el cual Dios actúa incluye el sufrimiento. Habla incluso de la “inmolación de reparación y de amor”. Esto significa aceptar con fe las cruces que Dios permite, uniéndolas a la Pasión de Cristo. El sufrimiento, vivido así, es ofrenda redentora.

Es importante aclarar con firmeza: abandonarse a Dios no significa desear el sufrimiento, ni pensar que todo sufrimiento viene de Dios. Significa aceptar que, cuando Dios permite una cruz, Él sabe sacar de ella un bien mayor para nuestra santificación y para la salvación de las almas. El cristiano no debe huir de la cruz.

Jesús sabe que al alma le parece imposible vivir así. Por eso repite el gesto esencial de toda la novena: cerrar los ojos del alma, es decir, dejar de medir, de calcular, de exigir explicaciones. El abandono verdadero comienza cuando el alma deja de apoyarse en sus seguridades y se humilla delante de Dios, reconociendo su pobreza.

Cuando el Señor dice que “mil plegarias no valen lo que un solo acto de abandono vale”, no desprecia la oración, sino que enseña cómo debe ser la oración. Muchas oraciones pueden convertirse en palabras vacías si están cargadas de ansiedad, exigencia o desconfianza. En cambio, un solo acto de abandono hecho con fe pura abre el alma completamente a la acción de la gracia.

Este día enseña que el abandono es la forma más alta de oración, porque es un acto de fe, esperanza y caridad al mismo tiempo. En él, el alma reconoce a Dios como Padre, se reconoce criatura y se entrega sin condiciones.

Jesús promete algo más: “bendecirás mi nombre humillándote”. La humillación no es desprecio de uno mismo, sino reconocimiento de la verdad: Dios es Dios y nosotros no lo somos. En esa verdad nace la paz profunda que el mundo no puede dar.

El Señor concluye afirmando que no hay novena más eficaz que esta. ¿Por qué? Porque no se basa en multiplicar palabras, sino en cambiar el corazón. El alma que termina esta novena no sale con todas las respuestas, pero sale con algo mejor: confianza sobrenatural.

El fruto final de esta novena no es que todo se resuelva como el alma esperaba, sino que todo se ordena según la voluntad de Dios, que es siempre amorosa, sabia y salvadora. En ese abandono humilde y perseverante, comienza la verdadera Paz.

Esta novena enseña al alma bautizada que sin la gracia nada puede. El verdadero abandono es un acto profundo de Fe, Esperanza y Caridad. Al decir “Jesús, ocúpate Tú de todo”, el alma renuncia al orgullo, a la ansiedad y a la falsa autosuficiencia moderna, y encuentra la verdadera Paz que nace de Confiar plenamente en la Providencia Divina.

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