Conversión de San Pablo: De perseguidor de Cristo a Apóstol de las Naciones

Historia

Después de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, los enemigos de la verdad creyeron haber triunfado. La sinagoga se gloriaba, pensando que la voz del Mesías había sido silenciada para siempre. Sin embargo, la Verdad no puede ser encadenada. Cristo resucitado envió a sus apóstoles a predicar el Evangelio a todas las naciones, y la Iglesia comenzó a crecer con fuerza divina, aun en medio de persecuciones sangrientas.

Entre los más encarnizados enemigos de la Iglesia naciente se encontraba Saulo de Tarso, fariseo formado a los pies de Gamaliel. Desde joven había bebido el odio contra los cristianos y se convirtió en su perseguidor más cruel. Estuvo presente en el martirio de San Esteban y, lejos de conmoverse, su furor aumentó. Entraba en las casas, arrastraba a hombres y mujeres, y los enviaba a la cárcel y al tormento.

No contento con devastar Jerusalén, Saulo pidió autorización para extender la persecución hasta Damasco, donde florecía la fe cristiana. Lleno de soberbia y violencia, emprendió el camino como un conquistador. Pero Dios había dispuesto ese mismo camino como el escenario del mayor triunfo de la gracia sobre el pecado.

De repente, una luz del cielo lo derribó del caballo. Ciego y tembloroso, oyó una voz terrible y misericordiosa a la vez:
«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»
—«¿Quién sois, Señor?» —respondió.
«Yo soy Jesús, a quien tú persigues».
Aquel instante quebró su soberbia y abrió su alma a la verdad.

Ciego del cuerpo pero iluminado interiormente, Saulo fue conducido a Damasco, donde pasó tres días en ayuno, oración y profunda contrición. Allí el Señor envió a Ananías, quien, obedeciendo a Dios, le impuso las manos, le devolvió la vista y lo bautizó. Las escamas cayeron de sus ojos, signo visible de la transformación interior que ya se había obrado en su alma.

El perseguidor murió, y nació Pablo, el Apóstol. Aquel que antes destruía la Iglesia se convirtió en su defensor más ardiente. Toda la fuerza que había puesto al servicio del error la entregó ahora a Cristo. Él mismo lo confesará más tarde:
«Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí».

San Pablo recorrió incansablemente pueblos y naciones, predicó a judíos y gentiles, sufrió hambre, azotes, cárceles y persecuciones. Sus epístolas se convirtieron en un tesoro doctrinal para la Iglesia. Fue rayo contra el error, padre de las almas, doctor de las gentes y modelo perfecto de conversión radical.

Finalmente selló su testimonio con el martirio. La Iglesia celebra de modo singular su conversión porque en ella resplandece el poder absoluto de la gracia: Dios no solo perdona al pecador, sino que lo transforma en santo y apóstol. San Pablo es prueba viva de que nadie está demasiado lejos para ser alcanzado por Cristo.

Lecciones

1. Dios puede convertir al mayor pecador
No hay pecado que supere la misericordia divina cuando el alma se rinde humildemente a la verdad.

2. La gracia puede actuar de modo extraordinario, pero exige respuesta
San Pablo preguntó: «Señor, ¿qué queréis que haga?». Toda conversión verdadera exige obediencia.

3. El verdadero convertido ama la Cruz
San Pablo no buscó honores, sino sufrimientos por Cristo, completando en su carne lo que faltaba a la Pasión.

4. La conversión auténtica produce frutos para la Iglesia
De un solo hombre convertido, Dios sacó innumerables almas para el cielo.

San Pablo nos enseña que la Gracia de Dios puede transformar al pecador en Santo cuando el alma se rinde totalmente a Cristo.

Fuentes: FSSPX; El Santo de cada día

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