San Hilario de Poitiers: Esposo y Padre, luego Obispo que Desafió a la Herejía Arriana

Historia

San Hilario nació en Poitiers, en la Galia, entre los años 310 y 320, dentro de una familia noble, pero profundamente sumida en el paganismo. Educado en las letras humanas, la filosofía y la elocuencia, llevó desde joven una vida honesta y recta, aun en medio de la corrupción moral de su tiempo. Su inteligencia aguda y su corazón sincero lo llevaron pronto a desconfiar de las supersticiones paganas.

Iluminado progresivamente por la gracia, comenzó a buscar la verdad con seriedad interior. La sola razón lo condujo al reconocimiento de un Ser eterno y soberano, principio y fin de todas las cosas. Providencialmente, llegaron a sus manos los libros de Moisés y de los profetas, que leyó con avidez, hasta que el Evangelio se convirtió en la luz definitiva que disipó todas las tinieblas de su espíritu.

Recibió el santo Bautismo con gran gozo y su conversión fue profunda y completa. Su esposa y su hija Abra siguieron su ejemplo, abrazando también la fe cristiana. Desde entonces, San Hilario sintió un profundo rechazo por la ciencia profana y un amor ardiente por la Sagrada Escritura, mostrando ya desde el inicio una madurez espiritual propia de un maestro y padre de la Iglesia.

Hacia el año 350, siendo aún seglar y hombre casado, fue elegido unánimemente obispo de Poitiers por el clero y el pueblo. Con el libre consentimiento de su esposa, ambos abrazaron la continencia perfecta. Desde ese momento, San Hilario se entregó por entero al cuidado de su grey, destacándose por la santidad de su vida y su celo infatigable por la verdad.

En tiempos en que la herejía arriana, protegida por el emperador Constancio, se extendía con violencia, San Hilario se convirtió en un defensor intrépido de la fe de Nicea. No vaciló en enfrentarse a obispos poderosos ni al mismo emperador, prefiriendo el destierro antes que traicionar la divinidad de Jesucristo.

Desterrado a Frigia, en Asia Menor, lejos de su diócesis, continuó gobernando a su pueblo mediante cartas y escritos doctrinales. Durante el exilio compuso importantes obras, como el Libro de los Sínodos, defendiendo la igualdad eterna del Padre y del Hijo, y mostrando un espíritu firme en la verdad y prudente con los que aún vacilaban.

De regreso a su patria hacia los años 360–361, fue recibido como un héroe de la fe. Su retorno estuvo marcado por milagros, conversiones y una intensa labor pastoral. Reconstruyó la fe devastada por los arrianos, atrajo a grandes santos como San Martín de Tours y fundó, junto a él, el primer monasterio de la Galia.

Agotado por trabajos y combates doctrinales, San Hilario murió santamente el 14 de enero del año 366, 367 o 368. En la hora de su muerte, una luz celestial llenó la estancia, signo de la gloria prometida al fiel servidor de Cristo. La Iglesia lo venera como Padre y Doctor, campeón de la fe católica y testigo luminoso de la verdad eterna.

Lecciones

1. San Hilario nos enseña que la razón recta, iluminada por la gracia, conduce necesariamente a Cristo.
La búsqueda sincera de la verdad no termina en la filosofía, sino en el Evangelio.

2. San Hilario nos enseña que la fe debe ser defendida aun cuando el poder del mundo se oponga.
Prefirió el destierro antes que una paz comprada con la traición a la verdad.

3. San Hilario nos enseña que el verdadero pastor no abandona a su pueblo ni en el exilio.
Gobernó su diócesis con cartas, doctrina y oración, aun estando lejos.

4. San Hilario nos enseña que la caridad y la firmeza doctrinal no se oponen, sino que se perfeccionan.
Fue inflexible con el error, pero paciente con las almas que buscaban volver a la verdad.

San Hilario nos enseña que la fidelidad a la verdad de Cristo transforma todas las vocaciones en un mismo Combate por la Fe Católica.

Fuentes: FSSPX; El Santo de cada día

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