San Onésimo: Discípulo de San Pablo, Obispo y Mártir

Historia

En los primeros siglos del cristianismo, cuando el mundo romano gemía bajo el peso de la esclavitud, aparece la figura providencial de San Onésimo. Su vida nos sitúa ante uno de los problemas más graves de la antigüedad: la condición del esclavo, considerado como cosa, privado de derechos y sometido al capricho de su amo. En aquel ambiente endurecido por el orgullo y el desprecio del trabajo manual, la Iglesia naciente comenzó, con prudencia sobrenatural, la gran obra de la rehabilitación del hombre.

Onésimo era esclavo de Filemón, uno de los principales propietarios de Colosas y cristiano fervoroso. Habiendo cometido un robo contra su amo, huyó para evitar el castigo que le aguardaba. Pensando ocultarse mejor en la multitud, se dirigió a Roma, donde la Providencia divina le tenía preparada una gracia inmensa.

En Roma encontró a San Pablo, que se hallaba prisionero pero con libertad para recibir visitas. El gran Apóstol se compadeció del fugitivo. No solo lo instruyó en la fe cristiana y le administró el santo Bautismo, sino que descubrió en aquella alma, desmoralizada por la esclavitud, preciosas disposiciones que podían dar frutos abundantes. Lo llamó “mi hijo, a quien he engendrado entre cadenas”.

Pero antes de elevarlo a mayores dignidades, era necesario regularizar su situación. San Pablo, pudiendo quizás quebrantar las cadenas por su autoridad moral, prefirió apelar a la caridad. Envió a Onésimo de regreso a su amo con una carta admirable, suplicando a Filemón que lo recibiese no ya como siervo, sino como hermano muy amado. “Si te ha causado algún detrimento, apúntalo a mi cuenta”, escribe el Apóstol, manifestando así la delicadeza de la caridad cristiana.

Filemón, movido por la gracia, otorgó gustosamente el perdón y la libertad a Onésimo. Este volvió junto a San Pablo y fue ordenado sacerdote. Aquel que había sido considerado inútil según el mundo, se convirtió verdaderamente en “provechoso”, como lo indica el significado de su nombre.

Con el tiempo, Onésimo llegó a ocupar la sede episcopal de Éfeso, sucediendo a quienes antes la habían gobernado. Así, un antiguo esclavo fue elevado al episcopado, signo claro de la transformación obrada por el cristianismo. En la Iglesia, el esclavo podía arrodillarse junto a su amo ante el altar; más aún, podía ejercer el ministerio sagrado mientras el patricio permanecía entre los fieles.

Perseguido por su fe, fue arrestado y conducido a Roma. Rehusó sacrificar a los ídolos y padeció tormentos crueles. Finalmente murió apedreado, sellando con su sangre la fe que había recibido de labios del Apóstol. El martirologio romano recuerda que su cuerpo fue sepultado con honor y que el Señor obró milagros en su honra.

He aquí la triple diadema que ciñó su cabeza: discípulo de San Pablo, obispo y mártir. En su persona se confirma la obra pacífica pero firme de la Iglesia: proclamar la dignidad humana, rehabilitar al esclavo, ennoblecer el trabajo y conducir las almas a la verdadera libertad, que es la de los hijos de Dios.

Lecciones

1. Ninguna caída es definitiva cuando se encuentra a Cristo.
Onésimo fue ladrón y fugitivo; la gracia lo transformó en sacerdote y mártir. La Iglesia no desespera de nadie.

2. La caridad cristiana transforma el orden social sin violencia.
San Pablo no incita a la rebelión, sino que apela al corazón. Así la Iglesia destruyó la esclavitud desde dentro, proclamando la dignidad del alma.

3. La verdadera libertad nace del Bautismo.
Onésimo fue más libre como cristiano que como hombre emancipado. La libertad exterior sin la gracia no salva.

4. La dignidad no depende del estado social sino de la santidad.
Un esclavo puede llegar a obispo y mártir. En la Iglesia, lo que ennoblece es la fidelidad a Cristo.

“San Onésimo nos enseña que la Gracia de Cristo transforma al pecador en un Santo.”

Fuentes: FSSPX; El Santo de cada día

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