
Historia
Santa Rosa de Lima, cuyo nombre de bautismo fue Isabel, nació el 20 de abril de 1586 en Lima, Perú. Su madre la llamó “Rosa” al ver cómo en su rostro parecía abrirse un rosal de pétalos frescos. Más tarde, cuando el arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo la confirmó, ratificó este nombre providencial. La Virgen misma le reveló que debía llamarse “Rosa de Santa María”, anticipando su misión como alma consagrada.
Desde niña, Rosa mostró un temple extraordinario. Soportaba enfermedades, cirugías dolorosas y llagas sin quejarse, ofreciendo todo como sacrificio. Los sufrimientos que otros temían, ella los convertía en flores para Cristo. Así aprendió a abrazar la cruz desde la niñez, viendo en cada prueba una oportunidad de unión con su Esposo.
A los cinco años consagró su virginidad al Señor. Rechazó la vanidad, las galas y perfumes, y prefirió vestir pobremente. Esto la llevó a choques con su madre, pero nunca abandonó la obediencia. Quiso agradar solo a Cristo, despreciando lo que el mundo valora. Cuando le propusieron matrimonio, se mantuvo firme en su consagración, a ejemplo de su protectora, Santa Catalina de Siena.
Rosa se unió a Cristo Crucificado con penitencias heroicas: ayunos prolongados, disciplina con cadenas de hierro, coronas de clavos, lechos de espinas y largas noches en oración. Dormía muy poco y ofrecía sus dolores por la conversión de pecadores, la Iglesia, las almas del purgatorio y los misioneros. Quería colocarse a las puertas del infierno para impedir la condenación de las almas.
Ingresó a la Tercera Orden de Santo Domingo en 1610 y llevó vida de penitencia y oración en una ermita construida en el jardín de su casa. Allí pasaba largas horas en contemplación, recibiendo favores místicos: veía al Niño Jesús, a la Virgen y a los santos. Para Rosa, el silencio y la soledad eran encuentro íntimo con Dios.
Su corazón no se encerraba en sí mismo: ardía por la salvación de las almas. Lloraba al pensar en tantos pueblos que no conocían a Cristo: indios, chinos, turcos y herejes. Su deseo era ser misionera con la oración y el sacrificio. Amaba tanto a los hombres porque amaba apasionadamente a Jesucristo.
El 24 de agosto de 1617, a los 31 años, entregó su alma al Creador. Su entierro fue un clamor popular: multitudes acudieron, se produjeron conversiones, restituciones y reconciliaciones. El pueblo de Lima comprendió que aquella joven frágil había sido un faro de luz. Su vida escondida en Cristo transformó la ciudad entera.
El Papa Clemente IX la beatificó en 1668 y Clemente X la canonizó en 1672, proclamándola Patrona del Perú y de toda Hispanoamérica. Santa Rosa es la primera santa de América, signo de que también este continente está llamado a florecer en santidad y ofrecer a la Iglesia perfumes de pureza, penitencia y amor.
Lecciones
1. La santidad no depende de la edad ni del lugar: Rosa, siendo joven y viviendo en un hogar común de Lima, llegó a la cumbre de la unión con Dios. La santidad es posible para todos, en cualquier estado de vida.
2. El sufrimiento tiene valor redentor: Ella nos enseña que el dolor, ofrecido con amor, se convierte en fuerza de salvación. Lo que el mundo llama absurdo, la fe lo transforma en semilla de eternidad.
3. La pureza y el desprendimiento son camino seguro al cielo: En medio de un mundo que buscaba belleza y vanidad, Rosa eligió la sencillez, la virginidad consagrada y la pobreza voluntaria. Quien ama a Cristo debe renunciar a lo que lo aparte de Él.
4. Amor por las almas hasta el sacrificio: Santa Rosa ardía de celo por los pecadores y los pueblos que no conocían a Cristo. Su vida fue un continuo ofrecimiento misionero. La verdadera caridad busca salvar las almas.
“Santa Rosa de Lima, patrona de América, enséñanos a amar tanto a Cristo que nuestra vida entera se convierta en sacrificio de amor por la salvación de las almas.”