Santo Dominguito de Val: Inocencia crucificada por Cristo

Historia

En la España del siglo XIII, bajo el reinado de Jaime I el Conquistador, vivían en Zaragoza Sancho de Val, notario de la catedral, y su esposa Isabel. Ambos eran esposos virtuosos, y en 1240 recibieron como don de Dios a un hijo al que llamaron Dominguito, en honor a Santo Domingo de Guzmán. Desde el inicio, la vida del pequeño estuvo marcada por signos extraordinarios: en su cabecita se dibujaban huellas semejantes a una corona de espinas, y en su hombro derecho se notaba el signo de la cruz. Sus padres comprendieron que Dios le destinaba a una vida singular.

Dominguito fue criado en la fe con gran ternura y devoción. A los seis años ingresó en la catedral de Zaragoza como niño de coro, donde se distinguió por su pureza, su fervor en el canto y su amor al Santísimo Sacramento. Su voz angelical se elevaba en los oficios, su alma sencilla ardía de amor a la Virgen María, y servía en el altar con el recogimiento de un pequeño Samuel del Antiguo Testamento.

Pero el Señor quiso aceptar el sacrificio de este inocente como hostia pura. El 31 de agosto de 1250, cuando volvía a casa después de cantar en la catedral, fue sorprendido en el barrio judío por un hombre llamado Mosé Albayucet. Llevado a una casa cercana a la sinagoga, fue entregado a un grupo de hombres que, en odio a Cristo, decidieron crucificar al niño como burla de la Pasión del Señor.

El pequeño Dominguito fue despojado de sus vestiduras, coronado de espinas, clavado contra un muro y atravesado con una lanza, repitiendo en su cuerpo la Pasión de Jesucristo. Durante su tormento, el niño rezaba, perdonaba y ofrecía su sufrimiento como había aprendido en el coro de la catedral. Finalmente, su alma pura voló al cielo, dejando en la tierra un testimonio de amor fiel hasta la muerte.

Los verdugos intentaron ocultar el crimen arrojando el cuerpo al río, pero una luz celestial brillaba cada noche sobre el lugar de su sepultura. Gracias a este signo, sus restos fueron encontrados y trasladados con gran veneración a la iglesia de San Gil, y luego a la catedral de Zaragoza. Allí el pueblo lo reconoció como mártir de Cristo, y pronto comenzaron a multiplicarse los milagros por su intercesión.

El mismo Mosé, su verdugo, conmovido por los milagros del niño y arrepentido de su crimen, pidió el bautismo y se convirtió al cristianismo. Este hecho muestra que la sangre del mártir, al igual que la de Cristo, no clama venganza, sino que es semilla de fe y de conversión.

Con el paso de los siglos, Santo Dominguito de Val fue venerado en Zaragoza y en toda España como patrono de los niños de coro. Su memoria sigue viva como un llamado a la pureza, la fidelidad y el amor sin reservas a Cristo crucificado. Su historia es dura, pero también profundamente consoladora, pues nos recuerda que la santidad no depende de la edad, sino de la gracia y la entrega total a Dios.

Lecciones

1. La pureza y la inocencia agradan inmensamente a Dios. Dominguito, siendo niño, conquistó el cielo con su sencillez y su amor a la liturgia.

2. El martirio es el camino más alto de unión con Cristo. Su crucifixión repitió la Pasión del Señor, mostrando que hasta los pequeños pueden participar de su cruz.

3. El perdón cristiano convierte los corazones. El verdugo de Dominguito se convirtió, mostrando que la gracia de Dios es más fuerte que el odio.

4. La liturgia forma santos. Su vida en el coro lo preparó a ofrecerse como hostia viva, recordándonos la importancia de vivir con devoción la Santa Misa.

“Santo Dominguito de Val, mártir inocente, nos enseña que hasta un niño puede alcanzar la corona del cielo ofreciendo su vida por amor a Cristo.”

Fuentes: FSSPX, VidasSantas, Wikipedia

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