
Historia
San Alejandro, sexto Papa después de San Pedro, fue un pastor cuya santidad y milagros conmovieron los cimientos de la Roma idólatra. Su vida fue un imán para las almas; por su intermedio se convirtió el prefecto Hermes tras la resurrección de su hijo, liberando a más de mil esclavos y repartiendo sus bienes entre los pobres. Esta eclosión de fe despertó la rabia del general Aureliano, quien veía con espanto cómo sus templos quedaban desiertos y los hombres abandonaban a los falsos dioses para seguir al Crucificado.
Arrojado a la cárcel, el Papa Alejandro fue el instrumento de Dios para la conversión del tribuno Quirino. En una noche donde la fe desafió a los cerrojos, un niño celestial con una antorcha condujo al Pontífice, a través de muros sellados, hasta la celda del prefecto Hermes para que pudieran orar juntos. Quirino, herido por el rayo de la gracia ante tal prodigio y la curación milagrosa de su hija Balvina, reconoció que no había más magia que el poder de Cristo, quien escucha y otorga a sus siervos lo que le piden.
La prisión, antes lugar de tormento, se transformó bajo la autoridad de Alejandro en un cenáculo de instrucción cristiana. Mandó traer ante él a los sacerdotes Ebencio, un anciano de ochenta y un años, y a Teódulo, venido de Oriente, quienes también gemían en las mazmorras. Allí, entre ladrones y asesinos cargados de maldad, el Papa predicó con tal inspiración que todos pidieron el bautismo, naciendo a la vida de la gracia en el mismo sitio donde el mundo los había condenado.
La furia de Aureliano no tardó en descargar su odio contra Quirino y Hermes, quienes prefirieron ser decapitados antes que renunciar a su nuevo timbre de gloria. El Papa Alejandro, lejos de amedrentarse, agradeció a Dios el triunfo de estos mártires y se pertrechó para su propio combate. Ante el tribunal del delegado imperial, mantuvo una majestad divina, recordándole que la omnipotencia de la que se vanagloriaba pronto quedaría reducida a la nada por la justicia del Altísimo.
El suplicio fue atroz: Alejandro fue extendido en el potro y desgarrado con garfios de hierro mientras se le aplicaban teas encendidas a las llagas. El mártir, en un estado de perfecta tranquilidad, no cesaba de orar, afirmando que el cristiano solo habla con Dios durante el tormento. A su lado, el anciano Ebencio confesaba con júbilo que sus setenta años de cristiano eran su mayor honor, exhortando incluso a su juez a abrazar la luz antes de que fuera tarde.
Teódulo, el más joven de los tres, desafió a Aureliano con santa audacia, pidiendo al Señor la gracia de ser asociado al martirio de sus compañeros. El magistrado, en un arrebato de maldad, ordenó repetir el milagro de los jóvenes hebreos: mandó arrojar a Alejandro y Ebencio a un horno ardiendo y colocó a Teódulo a la entrada para que presenciase su fin. Pero las llamas, lejos de consumir a los santos, se convirtieron en un coro de alabanzas donde los tres, milagrosamente unidos, entonaban salmos al Señor que los probaba con el fuego.
Furioso al ver que el elemento ígneo no hallaba iniquidad en ellos, el verdugo ordenó sacarlos para darles muerte violenta. Ebencio y Teódulo fueron decapitados, mientras que Alejandro sufrió una agonía más lenta, siendo atravesado con aceradas puntas hasta entregar su alma el 3 de mayo del año 115. Mientras sus cuerpos eran enterrados por la matrona Severina, el cielo dictaba sentencia contra Aureliano, quien moriría poco después consumido por una fiebre espantosa y el delirio de sus propios crímenes.
El legado de San Alejandro perdura en la Santa Misa, pues fue él quien insertó fórmulas rituales que hoy conservamos, como la mezcla del agua y el vino en memoria de la llaga del Redentor y el uso del pan ácimo. Su nombre, inscrito en el Canon, nos recuerda que la Iglesia se edifica sobre la roca de una fe que prefiere el horno encendido antes que la apostasía, y que encuentra en el sacrificio diario del altar la fuerza para vencer al mundo.
Lecciones
1. La Verdadera Libertad del Cristiano: San Alejandro y el prefecto Hermes nos enseñan que las dignidades terrestres son sombras caprichosas, mientras que las celestiales son eternas. El cristiano no pierde su posición al sufrir por la fe, sino que la cambia por una infinitamente mejor, viendo en los hierros de la prisión un honor superior a cualquier prefectura humana.
2. La Eficacia de la Oración en el Sufrimiento: Durante los interminables tormentos en el potro, San Alejandro nos da el ejemplo de hablar solo con Dios. Esta lección nos instruye en que el alma unida al Creador puede mantener una paz inalterable incluso cuando el cuerpo es desgarrado, pues la oración es el escudo que nos pertrecha para los combates decisivos.
3. El Gozo de la Fidelidad en la Vejez: El anciano Ebencio, con ochenta y un años, confesó que el año más feliz de su vida fue el pasado en un calabozo por el nombre de Cristo. Aprendamos que la verdadera felicidad no depende de las comodidades del mundo, sino de la constancia en la fe desde la juventud hasta la última hora, abrazando la cruz como la corona de toda una vida.
4. La Fuerza del Ejemplo Apostólico: Teódulo se arrojó voluntariamente al horno al ser llamado por sus hermanos, deseando no ser privado de la gloria del martirio. Esta lección nos muestra que el ejemplo de los pastores y de los hermanos mayores en la fe debe encendernos en el deseo de santidad, impulsándonos a buscar la compañía de los santos incluso en medio de las pruebas más ardientes.
San Alejandro enseña que el poder del mundo es nada frente a Dios, pues el Alma fiel prefiere el martirio antes que renunciar a la verdad de su Fe.
