Itinerario de la mente a Dios

San Buenaventura

Descripción

Escrito en el monte Alverna en octubre de 1259, este tratado es un mapa de ascensión mística y teológica inspirado en la visión que tuvo San Francisco de Asís de un Serafín alado bajo la figura del Crucificado. San Buenaventura enseña que el alma, en su condición de peregrina (viator), debe emprender una jornada de elevación espiritual dividida en seis grados de iluminación que corresponden a las seis potencias del alma (sentido, imaginación, razón, entendimiento, inteligencia y el ápice de la mente o centella de la sindéresis):

  • La contemplación de Dios fuera de nosotros (Los Vestigios): El alma aprende a contemplar la potencia, sabiduría y bondad del Creador reflejadas en el orden, la belleza, el peso, el número y la medida del universo físico. Dios es contemplado tanto a través del espejo de la creación material como en ella misma.
  • La contemplación de Dios dentro de nosotros (La Imagen): Al replegarse sobre sí misma, la mente descubre que el alma humana es imagen de la Trinidad Santísima a través de sus tres potencias naturales: la memoria (que conduce a la eternidad), la inteligencia (que conduce a la verdad eterna) y la voluntad o facultad electiva (que conduce al Sumo Bien). Esta imagen, dañada por el pecado original, es purificada y reformada únicamente mediante la gracia, la justicia y las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad).
  • La contemplación de Dios sobre nosotros (La Luz): El alma se eleva para contemplar la unidad divina bajo su nombre primordial, que es el Ser (el acto puro), y la Trinidad de personas bajo su nombre, que es el Bien (la difusión suprema de amor).
  • El exceso mental y místico (Apex Mentis): En el grado supremo, el alma debe suspender toda operación del intelecto. El entendimiento descansa y el afecto es transformado enteramente en Dios mediante un fuego místico que solo se enciende en el alma a través del amor a Cristo Crucificado, quien es la escala, el vehículo y la única puerta de entrada al descanso divino.

Este breve pero fundamental tratado establece con firmeza el principio tradicional de que la Teología es la Reina de las Ciencias, y que todo conocimiento humano debe ser reconducido y subordinado a ella. El Doctor Seráfico clasifica el conocimiento en cuatro luces fundamentales que Dios concede al hombre:

  1. La luz exterior: Dirigida al conocimiento de las siete artes mecánicas (como la agricultura, la medicina, el tejido, etc.) para remediar las flaquezas del cuerpo.
  2. La luz inferior: El conocimiento sensible que nos permite percibir el macrocosmos a través de los cinco sentidos corporales.
  3. La luz interior: La luz de la filosofía (dividida en racional, natural y moral), que investiga la verdad natural por medio de la razón especulativa.
  4. La luz superior: La luz de la gracia y de la Sagrada Escritura, que revela de manera infalible las verdades saludables para la salvación eterna.

San Buenaventura demuestra mediante la analogía que cada una de estas ciencias inferiores contiene, de forma oculta, una semejanza de la verdad divina. Por lo tanto, ninguna ciencia natural tiene su fin en sí misma; todas deben ser “reducidas” (reconducidas) al saber teológico, pues en cada criatura y en cada acto de conocimiento late e irradia la sabiduría multiforme de Dios.

San Buenaventura, cuyo nombre de pila fue Giovanni Fidanza, nació en Bagnoregio (Italia) en 1221 y se erigió, junto a su contemporáneo Santo Tomás de Aquino, como una de las dos cumbres absolutas del pensamiento cristiano del siglo XIII. Discípulo de Alejandro de Hales en la Universidad de París, este ilustre franciscano defendió con celo inquebrantable los derechos de las órdenes mendicantes y, tras ser elegido Ministro General de su Orden en 1257, desempeñó una labor tan providencial de unificación y pacificación que la historia lo consagró como el “segundo fundador” de los Frailes Menores. Cardenal de la Santa Iglesia Romana y vicario papal en el Concilio de Lyon, entregó santamente su alma al Creador el 15 de julio de 1274. Su legado, imperecedero para la Iglesia de Cristo, nos enseña que el intelecto humano alcanza su verdadera dignidad solo cuando se arrodilla ante la revelación y se deja inflamar por el fuego abrasador de la caridad divina.

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