La Pequeña Historia de mi Larga Historia

Monseñor Marcel Lefebvre

Descripción

Escrita con la sencillez de un alma sacerdotal que vivió toda su existencia por amor a Nuestro Señor Jesucristo y a su Santa Iglesia, La Pequeña Historia de mi Larga Historia es la autobiografía espiritual de Monseñor Marcel Lefebvre, Arzobispo misionero y fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. En estas páginas, el lector descubre no solo los grandes acontecimientos de su vida —su formación en la Congregación del Espíritu Santo, su misión en África, su participación en el Concilio Vaticano II y su defensa de la Tradición católica—, sino sobre todo el corazón de un pastor profundamente unido a Cristo Sacerdote.

Con estilo sobrio, directo y lleno de fe, Monseñor Lefebvre narra cómo la gracia divina lo condujo a servir a la Iglesia en tiempos de prueba, conservando intacto el tesoro del sacerdocio católico y de la Misa de siempre. Lejos de ser una mera crónica biográfica, esta obra es un testimonio de fidelidad, caridad y fortaleza sobrenatural, donde resplandece el celo apostólico por las almas y el amor filial a Roma y al Papa, incluso en medio de las controversias más dolorosas.

La Pequeña Historia de mi Larga Historia es, en definitiva, un testamento espiritual que ilumina el sentido profundo del sacerdocio y de la Tradición. Quien lo lea encontrará el ejemplo de un obispo que, con humildad y valentía, procuró permanecer fiel a todo lo que la Iglesia ha creído siempre, enseñado siempre y celebrado siempre, para mayor gloria de Dios y salvación de las almas.

Monseñor Marcel Lefebvre (1905-1991) fue un obispo misionero y el fundador de nuestra Hermandad Sacerdotal San Pío X, cuya vida fue un sacrificio constante por la preservación del Sacerdocio Católico y la Misa de siempre. Como un nuevo Atanasio, prefirió ser tildado de “rebelde” por los hombres antes que ser infiel a la Tradición recibida de los Apóstoles. Su labor de recopilación y defensa de estas Actas no nació de un espíritu de ruptura, sino de un amor profundo a la Roma Eterna y al Papado, entendiendo que la mayor caridad que se puede ejercer hacia el Papa y hacia los fieles es transmitirles, sin alteraciones, el depósito de la Fe tal como fue custodiado por sus antecesores.

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