Sermón sobre la Conversión para los Clérigos

San Bernardo de Claraval

Descripción

Este libro representa una crítica profunda, sobria y atemporal contra las llagas de la ambición, la simonía, la incontinencia y la tibieza en el estado clerical. San Bernardo opera aquí como un verdadero médico de las almas, desnudando la miseria del pecado personal para conducir al sacerdote hacia la única fuente de sanación: la verdadera conversión de corazón y la conformidad con Jesucristo.

San Bernardo articula su exhortación sobre las Bienaventuranzas evangélicas (San Mateo 5), aplicándolas sistemáticamente al itinerario de conversión que todo clérigo debe recorrer desde las tinieblas de la concupiscencia hasta la paz de la contemplación:

1. La iniciativa divina y el despertar de la conciencia (Capítulos I–V)

El santo Abad establece en primer lugar que la conversión no es una obra meramente humana o voluntarista, sino el resultado de la gracia preveniente y de la voz interior de Dios. Dios llama al alma al interior del corazón mediante un rayo de luz que ilumina la conciencia. En esta fase, la razón del hombre actúa como un tribunal donde se despliega el «libro de la conciencia». Bernardo utiliza analogías de profunda sobriedad: la memoria del pecador es comparada con una sentina o depósito de inmundicia donde han corrido las faltas y los placeres efímeros pasados, dejando una lepra interior amarga y purulenta. Exhorta a no sofocar la mordedura del «gusano de la conciencia» en el presente, sino a permitir que este queme la podredumbre mientras aún hay tiempo de remedio.

2. La batalla interior y la rebelión de la voluntad (Capítulos VI–XII)

Cuando el clérigo intenta poner freno al pecado e imponer disciplina sobre sus miembros corporales (gula, lujuria, avaricia, vanidad), se produce una feroz resistencia interior. Bernardo personifica a la voluntad carnal como una «anciana furiosa y tullida» que recluta a las pasiones y a los sentidos para rebelarse contra los mandatos de la razón. Aquí, el alma experimenta la pobreza de espíritu (“Bienaventurados los pobres de espíritu”): reconoce que no tiene en sí misma dónde reclinar la cabeza y se ve obligada a recurrir a la misericordia de Dios. Mediante las lágrimas de la compunción (“Bienaventurados los que lloran”) y la mansedumbre para frenar los ímpetus de la voluntad carnal (“Bienaventurados los mansos”), el pecador purifica su mirada para poder contemplar la vanidad engañosa del mundo.

3. Las delicias de la vida de gracia y la purificación de la memoria (Capítulos XIII–XVII)

Una vez sometida la voluntad y desengañada de las falsas promesas de las riquezas y placeres mundanos —que solo producen náusea y nunca sacian el alma humana—, el clérigo es introducido en el «paraíso del corazón». Este paraíso no es terrenal, sino un jardín interior donde florecen las virtudes y se degusta el maná escondido de la caridad y la paz de la buena conciencia (“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”). Sin embargo, resta el obstáculo más difícil: purificar la memoria. Las manchas del pecado no se borran rascando el pergamino de la mente, sino únicamente mediante el perdón divino (“Tus pecados te son perdonados”). La misericordia divina transforma el recuerdo del pecado: ya no infecta al alma con la culpa, sino que la mueve a dar gracias de forma humilde al Redentor. Así se alcanza la pureza de corazón (“Bienaventurados los de limpio corazón”) para ver a Dios.

4. Fuerte reprenda contra los clérigos indignos y llamados a las Órdenes Sagradas (Capítulos XVIII–XXII)

Los capítulos finales contienen los pasajes más enérgicos y graves del sermón:

  • Denuncia de la ambición y la simonía: San Bernardo arremete contra aquellos que, sin haber iniciado siquiera su conversión ni haberse reconciliado con Dios, usurpan impúdicamente las dignidades eclesiásticas y los cargos sagrados (“¡Ay de los hijos de la ira que se proclaman ministros de la gracia!”).
  • Ataque contra la incontinencia y la profanación: Censura con vehemente gravedad la falta de castidad y los vicios vergonzosos que contaminan el santuario. Advierte que la corona del celibato requiere una fortaleza divina y que es infinitamente mejor salvarse en el estado laical humilde que arder en la sublimidad del estado clerical por haber profanado los sagrados misterios.
  • El verdadero pastor frente al mercenario: Exhorta a los clérigos a huir de la impiedad, abrazar la penitencia y el espíritu monástico o eclesial auténtico, y comportarse como verdaderos pacificadores e hijos de Dios (“Bienaventurados los pacificadores”; “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia”). Los anima a no huir ante las tribulaciones ni buscar los bienes temporales, sino a entregar la vida por el rebaño como el Buen Pastor.

San Bernardo de Claraval (1090–1153), Abad de Claraval y Doctor de la Iglesia (llamado el Doctor Melífluo), es una de las figuras más influyentes del monacato cisterciense, de la teología ascético-mística y de la Cristiandad medieval. Dotado de una elocuencia ardiente y profundamente impregnada de la Santa Escritura, San Bernardo dedicó su vida a la reforma de la Iglesia, a la defensa de la fe contra las herejías y a la dirección espiritual de almas hacia la unión mística con Dios a través del amor, la humildad y la devoción filial a la Santísima Virgen María.

Scroll al inicio