
Historia
Nació Bernardo en el mes de junio del año 923 en el imponente castillo de Mentón, situado a las pintorescas orillas del lago de Annecy, en Saboya, siendo hijo de los nobles Ricardo de Mentón y Bernolina de Duint. Educado con sumo esmero cristiano por sus padres, el niño creció con una piedad angelical que custodió intacta su inocencia mariana. A los catorce años fue enviado por obediencia a estudiar filosofía y artes liberales a París, acompañado por su piadoso preceptor Germán, quien actuó como su ángel tutelar visible para mantener la limpieza de su alma frente a los peligros de la gran capital. Fue en ese tiempo donde Bernardo sintió el ardiente llamado del Cielo al sacerdocio, deseando consagrarse a Dios mediante el voto de castidad perpetua.
Tras regresar a Saboya con sus estudios teológicos concluidos, el joven varón debió enfrentar la más dura de las pruebas familiares cuando su padre, ignorando sus santos deseos, le preparó un brillante matrimonio con Margarita, la única hija del varón de Miolans. Ante la firme y respetuosa negativa de Bernardo, el anciano Ricardo se encendió en ira, despidiendo injuriosamente al preceptor Germán y acelerando los preparativos de la boda en el castillo. La misma víspera del enlace, rodeado de la nobleza regional, Bernardo se retiró a su aposento a llorar y suplicar el auxilio divino, instante en que su patrono San Nicolás se le apareció en una visión celestial, ordenándole huir hacia la ciudad de Aosta para cumplir su excelsa vocación.
Fortalecido por la gracia, el joven escribió una sentida nota de despedida a sus padres declarando su aspiración exclusiva a la dicha del paraíso y, por un patente milagro, logró romper los enormes barrotes de su ventana. Saltó en la más completa oscuridad desde una altura de dieciséis pies hacia el abismo, logrando caminar milagrosamente por las escarpadas rocas alpinas hasta ponerse a salvo. Al amanecer, mientras el castillo se sumía en la consternación, la virtuosa prometida Margarita calmó los ánimos y, tocada por el ejemplo de desapego de Bernardo, decidió tiempo después consagrarse ella también como monja, alcanzando una gran reputación de santidad en un convento de Grenoble.
El fugitivo llegó finalmente a Aosta, donde fue paternalmente recibido por el arcediano Pedro de Laval, integrándose a los canónigos regulares de San Agustín bajo la rigurosa vida comunitaria de la regla de Hipona. Ordenado sacerdote a los treinta años, su celo por las almas y su elocuencia en la predicación causaron la admiración de toda la comarca, siendo elegido unánimemente como arcediano en el año 966 tras la muerte de su protector. Revestido de esta altísima dignidad eclesiástica en pleno “siglo de hierro”, Bernardo consagró los siguientes cuarenta años de su vida a reformar las costumbres del clero, fundar escuelas y recorrer los valles alpinos como un infatigable misionero de la fe.
El celoso arcediano contemplaba con profundo dolor los terribles peligros espirituales y materiales que acechaban a los peregrinos franceses y alemanes que cruzaban los desfiladeros de los Alpes en su piadoso viaje hacia Roma. En las cumbres del monte Hox, el demonio conservaba su último reducto a través de un ídolo de Júpiter custodiado por Procus, un mago gigante que desvalijaba y sacrificaba cruelmente a los viajeros perdidos. Animado nuevamente por San Nicolás, Bernardo subió a la montaña acompañado de algunos fieles, desafiando una espantosa tormenta de granizo y alaridos infernales desatada por los espíritus malignos para amedrentarlos.
Al encontrarse frente al ídolo y ante un dragón rugiente que pretendía devorarlos, el santo sacerdote hizo la señal de la Santa Cruz y arrojó con intrepidez su estola, la cual se trocó milagrosamente en una pesada cadena de hierro que sometió al monstruo. Derribado el ídolo pagano y aniquilado el poder del mago, Bernardo erigió en aquella cumbre, hacia el año 970, una hospedería monástica dedicada a la oración y a la caridad fraterna, la cual los pueblos agradecidos bautizaron con el nombre del Gran San Bernardo, edificando otra similar en el Pequeño San Bernardo. Así comenzó una obra milagrosa de hospitalidad que subsiste hasta nuestros días, salvando la vida de miles de hombres.
Años más tarde, la fama de santidad del fundador atrajo a las puertas de la hospedería a los ancianos varones de Mentón y Beaufort, quienes, agobiados por los años y el dolor, buscaban el consuelo de aquel hombre de Dios sin saber que era su propio hijo. Bernardo los recibió con su acostumbrada amabilidad y, tras escuchar conmovido el relato de sus pasados infortunios, se retiró a la capilla a consultar la voluntad divina. Al volver, se arrojó llorando en sus brazos exclamando: “Yo soy vuestro hijo Bernardo”. Inundados de un gozo celestial, los padres glorificaron los inescrutables designios de la Providencia y cedieron todos sus cuantiosos bienes materiales para el sostenimiento de la santa obra del monte Hox.
San Bernardo continuó su vida de extrema mortificación, vistiendo paño burdo sobre un áspero cilicio y alimentándose ordinariamente con pan de cebada y agua cenagosa mezclada con hiel. Habiendo alcanzado una venerable ancianidad y con el cuerpo minado por los dolores, entregó dulcemente su alma a Dios el 28 de mayo de 1008, a los ochenta y cinco años de edad, en el convento benedictino de Novara. Sus santos restos se veneran hoy en la catedral de dicha ciudad, y el Papa Pío XI lo declaró solemnemente como el Patrono Celestial de los montañeses y de todos los alpinistas, perpetuando el recuerdo de una caridad católica que solo puede florecer cuando está fundada en el amor a Dios.
Lecciones
1. La Fidelidad Heroica a la Vocación Divina: San Bernardo de Mentón nos enseña que el llamado de Dios está por encima de los intereses familiares y de las grandezas de la tierra, debiendo el cristiano romper con cualquier lazo humano que pretenda encadenar su alma al siglo.
2. El Poder de los Sacramentales y la Oración contra el Demonio: Su victoria sobre el dragón y los ídolos del monte Hox demuestra que las fuerzas del infierno son impotentes ante el valor de un sacerdote armado con la señal de la Cruz, la estola sagrada y una fe inquebrantable.
3. La Hospitalidad como Expresión del Amor Cristiano: La fundación de sus célebres hospederías en las cumbres heladas instruye en la obligación de socorrer al prójimo en sus necesidades más extremas, viendo en el viajero desamparado la persona misma de Nuestro Señor.
4. La Humildad en el Triunfo y las Austeridades: El ejemplo del santo, quien a pesar de su inmensa fama dormía sobre rudas tablas y se mortificaba con hiel, enseña que el verdadero apóstol debe ocultar sus virtudes bajo el velo de la penitencia para dar toda la gloria a Dios.
“San Bernardo de Mentón enseña que la fidelidad a la vocación divina exige el desapego total de los honores del mundo.”
