
Historia
El Beato Francisco de Morales nació en Madrid en el año 1567 e ingresó desde muy joven al convento dominico de Valladolid. Su corazón fue ganado para las misiones orientales al escuchar al padre Miguel de Benavides relatar los frutos y peligros en las islas Filipinas, lo cual lo impulsó a alistarse y embarcarse en Cádiz en 1598. Tras enseñar teología con gran fruto y gozar de la total confianza de sus superiores como prior y definidor en Manila, partió gozoso en 1602 hacia el difícil campo del Japón.
Al desembarcar en el reino de Satsuma en junio de ese año, los misioneros fueron alojados en una pagoda pagana, lugar que purificaron de inmediato para convertirlo en un santuario del Dios verdadero. Allí levantaron un altar a Nuestra Señora y bautizaron a sus primeros compañeros de viaje japoneses, causando la admiración de los isleños por su pobreza, austeridad y el canto de maitines a medianoche. Con noble cortesía, rechazaron las cabalgaduras del rey para dirigirse a pie hacia la capital, donde fueron recibidos inicialmente con grandes honores.
No obstante, los bonzos e idólatras se declararon enemigos encarnizados de la fe y sembraron calumnias ante el monarca, logrando que se aplazara la licencia para edificar iglesias. Sin desalentarse, el padre Morales y sus hermanos se recogieron en una humilde choza viviendo en estricta observancia regular y alimentándose apenas del arroz enviado por el soberano. Gracias al ejemplo de su santa vida, a las oraciones dirigidas a la Reina de los Ángeles y al milagroso restablecimiento de un cortesano bautizado, el rey desoyó a los bonzos y les permitió predicar libremente.
El desinterés del padre Francisco brilló con fuerza al rehusar las rentas de una rica heredad ofrecida por el rey, prefiriendo la pobreza evangélica, lo que motivó al monarca a darles doce hombres pagados por palacio para escoltarlos. Desde su nueva casa en Quedemari, multiplicaron sus esfuerzos administrando los sacramentos e instruyendo neófitos con incansable celo. Su labor fructificó tanto que la moribunda princesa Isabel hizo prometer a su hijo, el príncipe Jaime, permanecer fiel a Cristo, promesa que mantendría aun a costa de perder todos sus bienes temporales durante la persecución.
El demonio interpuso nuevos obstáculos cuando el inconstante rey de Satsuma, cediendo ante los bonzos y usando el pretexto de la falta de edicto imperial, prohibió la religión cristiana. Aunque el padre Morales obtuvo una recepción favorable del mismísimo emperador, el soberano local decretó el encierro de los misioneros sin permitir que se les suministrara alimento, siendo milagrosamente sostenidos por un pobre leproso. Viendo que el mal no tenía remedio, el beato guió a sus fieles en un doloroso destierro voluntario hacia Nagasaki en mayo de 1609, llevando consigo incluso las vigas desarmadas de su iglesia y las reliquias del mártir León.
En 1614 la persecución se generalizó y un decreto imperial ordenó la expulsión de todos los sacerdotes hacia Manila o Macao. Los fieles de Nagasaki, habiendo formado una cofradía de mártires comprometida a morir antes que renegar de Cristo, vieron partir las naves, pero el padre Morales y otros compañeros burlaron la vigilancia regresando secretamente en barcas a las costas japonesas. Tras vivir oculto entre privaciones, fue traicionado y arrestado, recibiendo al oficial con inmensa alegría y solicitando vestir su hábito dominico para ser encadenado por amor a Jesucristo.
Conducido a prisiones rigurosas, primero en la isla de Yukinocima donde celebraba la Santa Misa diariamente, fue trasladado luego al pavoroso calabozo de Omura. Esta prisión era una estrecha jaula expuesta a las inclemencias del tiempo, tan hacinada que los presos no podían acostarse, y plagada de innumerables insectos que consumían sus ropas. Lejos de quejarse, el padre Morales escribió que amaba esa cárcel como a una esposa y que la contemplación de Cristo sufriente transformaba ese infecto lugar en un paraíso de delicias, manteniendo allí un coro regular de oración, ayunos y disciplinas.
Finalmente, el 10 de septiembre de 1622, tras más de dos años de cautiverio, fue llevado a Nagasaki para ser quemado vivo junto a veinticuatro compañeros, cuyos postes de suplicio besaron con tierno amor. Los verdugos encendieron el fuego a la distancia para prolongar el tormento por varias horas, durante las cuales el beato no cesó de rezar y confortar a sus hermanos hasta expirar en el holocausto. Sus cenizas fueron arrojadas al mar para borrar su memoria, pero el Señor manifestó la gloria de sus atletas haciendo brillar resplandores celestiales sobre el sitio del martirio.
Lecciones
1. El Desinterés y la Opción por la Pobreza Evangélica: El Beato Francisco nos enseña a rechazar las riquezas temporales y las heredades de los reyes para abrazar la pobreza de Cristo, ganando con este testimonio el respeto de los mismos infieles.
2. La Conversión de los Espacios Paganos para el Verdadero Culto: Su ejemplo al purificar una pagoda idolátrica y transformarla en un templo de la Santísima Virgen demuestra que el celo apostólico debe reclamar valientemente todo lugar para el culto del Dios verdadero.
3. El Amor a la Cruz en medio del Cautiverio: La admirable disposición del mártir al desposarse con su dolorosa prisión y considerarla un paraíso nos instruye en que el sufrimiento aceptado por Dios une al alma profundamente con los dolores de la Pasión.
4. La Fidelidad Sacerdotal hasta el Último Aliento: Su decisión de burlar el destierro y regresar clandestinamente para pastorear a sus neófitos nos recuerda el deber de anteponer el bien espiritual de las almas a la seguridad de la propia vida corporal.
“El Beato Francisco de Morales enseña que el verdadero Sacerdote prefiere las cadenas del cautiverio y el Martirio antes que abandonar a sus fieles en manos de los enemigos de la Fe.”
