
Historia
En los albores de la cristiandad, cuando el Imperio Romano extendía sus vías de comunicación por el occidente europeo, la Divina Providencia dispuso que el joven clérigo Materno fuera escogido por el propio apóstol San Pedro para evangelizar las comarcas de la Primera y Segunda Germania en compañía de san Eucario y san Valerio. Sin embargo, en los primeros compases de su labor apostólica en tierras de Alsacia, una fiebre maligna abatió sus fuerzas y le condujo prematuramente al sepulcro, sumiendo a sus compañeros en el dolor más profundo.
Fiel a la promesa de sostener la labor de sus enviados, San Pedro entregó a los afligidos discípulos su propio báculo pastoral, ordenándoles que lo colocasen sobre el difunto invocando el nombre del Hijo de Dios vivo. Al cumplirse el mandato del Príncipe de los Apóstoles, el cuerpo de Materno —que llevaba más de cuarenta días sepultado— abrió los ojos, cobró vigor ante la multitud atónita y se levantó para proseguir la misión encomendada.
Este prodigio descomunal constituyó el cimiento irrefutable de su predicación, pues la palabra de un hombre devuelto a la tumba por milagro divino conmovió los corazones más empedernidos y doblegó la resistencia de los pueblos paganos. Dotado de una gracia irresistible y sostenido por la oración constante, el santo misionero recorrió las márgenes del Rin y del Mosela, multiplicando los altares y fundando comunidades cristianas sólidamente estructuradas.
La conquista espiritual de las grandes urbes imperiales, como la populosa Tréveris y la imponente Colonia, exigió vencer la furia de los sacerdortes de los ídolos y las artimañas de un paganismo arraigado en templos suntuosos y tradiciones seculares. Con el auxilio de la gracia y el poder de exorcizar los demonios, el santo obispo desmanteló los focos de la idolatría, consagrando santuarios a la verdadera fe y atrayendo a las muchedumbres hacia los misterios de la redención.
Su celo pastoral no conocía el descanso ni el desaliento, multiplicándose incansablemente entre la predicación, la asistencia a los menesterosos y la dirección espiritual de sus rebaños. Semejante ardor apostólico fue recompensado por Dios con el don de la bilocación, permitiéndole celebrar de pontifical simultáneamente en las ciudades de Tréveris, Colonia y Tóngres en el día solemne de la Pascua de Resurrección.
Riguroso consigo mismo mediante ayunos continuos, breves horas de sueño y una mortificación corporal constante, supo conjugar la severidad de la penitencia con una dulzura y caridad entrañables que ganaron la voluntad de los gobernantes y de los sencillos por igual. Su vida entera se convirtió en un holocausto de amor a Cristo, reflejando fielmente la dignidad y la autoridad de la Iglesia docente frente a un mundo sumido en las tinieblas del error.
Cercano ya a la edad centenaria y tras un fructífero pontificado de cuarenta años, recibió en visión la amonestación consoladora de sus antiguos compañeros, san Eucario y san Valerio, quienes le anunciaron la inminente corona celestial que le aguardaba en la patria definitiva. Fortalecido con el santo viático y rodeado de sus discípulos, entregó su alma al Creador en la paz de los justos, dejando a la cristiandad un legado perenne de fidelidad heroica.
El litigio providencial por sus reliquias, resuelto de manera milagrosa cuando la embarcación funeraria navegó contra corriente hacia Tréveris, permitió que los tres grandes apóstoles de Germania descansaran unidos en la misma morada, esperando la resurrección gloriosa de los cuerpos.
Lecciones
1. La resurrección milagrosa como sello de autenticidad: El retorno a la vida de San Materno por medio del báculo de San Pedro ilustra que Dios respalda con prodigios visibles la misión de aquellos a quienes confía la salvación de las almas.
2. La firmeza inquebrantable frente al paganismo: La conquista espiritual de Tréveris y Colonia enseña que el apóstol de Cristo no debe temer la furia del mundo moderno ni ceder ante las estructuras del error.
3. La caridad pastoral unida a la severa penitencia: El celo incansable por los necesitado y los ayunos rigurosos del santo recuerdan que la eficacia del ministerio sacerdotal nace de la conjunción entre el sacrificio personal y el amor al prójimo.
4. La perseverancia hasta el final de la peregrinación: Los cuarenta años de fructífero pontificado coronados con la visión celestial demuestran que la fidelidad constante a la gracia garantiza la recompensa eterna.
“San Materno enseña que la fidelidad a la misión recibida y el poder de la gracia vencen las mayores resistencias del error.”


